Antes de Decir Amor: Lo que Calla Ciro

CAPITULO 1 - EL CHICO DEL PISO DE ARRIBA

Bastián Ríos no recordaba el día exacto en que Ciro Ferreyra empezó a llamarle la atención.

Quizá había sido en un recreo, entre el ruido de las zapatillas arrastrándose por los pasillos, las voces mezcladas de los cursos y ese olor a escuela que siempre parecía quedarse pegado a las paredes. O quizá había sido una mañana cualquiera, mientras todos se formaban para entrar a las aulas y él, desde la fila de los más chicos, levantó la vista sin querer hacia los alumnos de los últimos años.

No lo sabía.

Había recuerdos que no venían completos. Llegaban como pedazos sueltos: una escalera, una mochila colgada de un hombro, una risa entre amigos, una camisa del uniforme apenas desordenada, una mirada que no estaba dirigida a él, pero que igual se le quedaba guardada.

Ciro era eso al principio.

Una imagen.

Un chico del piso de arriba.

La escuela Agostari tenía dos plantas. Abajo estaban las aulas de los cursos más chicos, los que todavía caminaban con carpetas demasiado grandes, mochilas pesadas y esa mezcla de vergüenza y entusiasmo de quienes recién estaban aprendiendo a ocupar un lugar. Arriba estaban los más grandes, los que ya parecían conocer todos los rincones, todos los horarios y todas las formas de escaparse de una clase sin que nadie los notara.

Para Bastián, el primer piso era casi otro mundo.

No quedaba tan lejos, claro. Bastaba con subir una escalera. Pero a los trece o catorce años, algunas distancias no se medían en escalones. Se medían en edad, en seguridad, en grupos de amigos, en la forma de caminar por un pasillo como si uno perteneciera.

Bastián cursaba abajo.

Ciro cursaba arriba.

Y de alguna manera, esa diferencia explicaba todo.

En aquel tiempo, Bastián era más callado de lo que admitía. No porque no tuviera nada para decir, sino porque observaba demasiado antes de hablar. Miraba cómo se movían los demás, cómo se formaban los grupos, quién hablaba fuerte, quién se reía para llamar la atención, quién fingía no mirar a nadie y quién miraba cuando creía que nadie lo veía.

Él también miraba.

Solo que lo hacía en silencio.

Durante los recreos, el colegio se convertía en un desorden vivo. Los chicos salían de las aulas como si alguien hubiera abierto una jaula. Algunos corrían hacia el patio, otros se quedaban en los pasillos, otros buscaban a sus amigos de otros cursos. Las preceptoras levantaban la voz cada tanto, pidiendo que no corrieran, que no gritaran, que no se empujaran en las escaleras.

Bastián solía quedarse cerca de sus compañeros, pero no siempre estaba del todo con ellos. A veces respondía cuando le hablaban, se reía si alguien decía algo gracioso, seguía el movimiento del grupo como quien no quiere quedarse solo. Pero una parte de él estaba en otra cosa.

En mirar.

Y entre tantas caras, Ciro empezó a repetirse.

Lo veía bajar las escaleras con sus amigos, casi siempre en grupo, casi siempre con esa tranquilidad de los que no necesitaban pedir permiso para ocupar espacio. Tenía una forma de caminar distinta. No era algo exagerado, ni algo que Bastián pudiera explicar sin sentirse ridículo. Simplemente lo notaba.

Ciro aparecía y algo en el pasillo cambiaba.

O tal vez lo que cambiaba era Bastián.

Bajaba desde el primer piso con la mochila en un hombro, hablando con alguien, riéndose por algo que Bastián no alcanzaba a escuchar. A veces llevaba la camisa del uniforme un poco fuera de lugar, o la corbata floja, o el pelo apenas revuelto como si la mañana también le hubiera pasado por encima. Nada especial. Nada que justificara quedarse mirándolo.

Pero Bastián lo hacía igual.

Y cuando se daba cuenta, miraba para otro lado.

Como si alguien pudiera descubrirle algo que ni él mismo sabía.

No pensaba “me gusta”. No todavía. Esa frase era demasiado grande para lo que sentía. Demasiado directa. Demasiado peligrosa incluso dentro de su propia cabeza.

Lo que sentía era más confuso.

Una curiosidad.

Una incomodidad suave.

Una especie de alerta en el pecho cada vez que Ciro aparecía cerca.

A veces, durante la formación, Bastián levantaba la vista hacia los cursos de arriba. Los alumnos se acomodaban por filas, algunos con sueño, otros empujándose, otros riéndose sin motivo. Ciro estaba casi siempre con su grupo, rodeado de chicos que parecían compartir un idioma propio. Bastián podía verlo de lejos, sin que eso significara nada.

Y tal vez por eso se permitía mirar.

Porque Ciro no lo veía.

Porque Ciro estaba demasiado lejos.

Porque entre ellos había cursos, edades, pasillos, escaleras y un montón de cosas que Bastián todavía no sabía nombrar.

Un día, durante un recreo, lo vio bajar solo.

Eso sí lo recordó con más claridad.

Bastián estaba cerca de la planta baja, apoyado contra una pared, mientras algunos compañeros hablaban de una tarea que nadie había hecho. No estaba prestando demasiada atención. Tenía la mirada perdida hacia la escalera, como si esperara algo sin saber qué.




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