Ciro no solo pertenecía al piso de arriba.
A veces también bajaba.
Y cuando lo hacía, Bastián sentía que algo en la escuela se movía apenas, como si una presencia que no le correspondía a su mundo se filtrara por un rato en los pasillos de la planta baja.
No era algo que pasara todos los días. Tampoco era algo importante, al menos no para los demás. Ciro aparecía, decía algo, se reía, buscaba a alguien o desaparecía tan rápido como había llegado. Para cualquiera era una escena común de escuela. Un alumno de los últimos años cruzando un pasillo, molestando a una profesora, hablando con amigos, ocupando un lugar que ya conocía.
Para Bastián, en cambio, esos momentos tenían otra textura.
No porque pasara algo.
Sino porque Ciro estaba ahí.
La profesora de inglés era su mamá.
Bastián no recordaba cuándo lo supo. Tal vez alguien lo dijo en un recreo, como se dicen esas cosas que después quedan dando vueltas sin que uno sepa por qué. O tal vez lo entendió solo, después de verlo varias veces acercarse al aula con demasiada confianza para ser un alumno cualquiera.
La profesora tenía una forma particular de dar clases. Escribía palabras en el pizarrón con letra prolija, caminaba entre los bancos corrigiendo pronunciaciones y podía pasar de explicar un verbo a retar a alguien por hablar sin levantar la mano en menos de un segundo.
El aula de inglés tenía carteles pegados en las paredes. Días de la semana, colores, frases simples, dibujos que alguien había hecho años antes y que seguían ahí como si la escuela también tuviera memoria. Había un mapa viejo en una esquina, una biblioteca pequeña con libros gastados y una ventana por donde entraba una luz pálida durante las mañanas.
Bastián se sentaba casi siempre del lado de la pared.
Desde ahí podía ver la puerta.
No lo hacía por Ciro.
O eso se decía.
Pero cada vez que alguien se asomaba, levantaba la vista.
Una mañana, mientras la profesora explicaba algo sobre preguntas en pasado, la puerta se abrió sin demasiada ceremonia.
La clase se quedó en silencio por un segundo.
Bastián levantó la mirada.
Era Ciro.
Estaba apoyado en el marco de la puerta, con la mochila colgada de un hombro y esa tranquilidad de quien no necesitaba pedir permiso porque sabía que, de alguna forma, ya pertenecía al lugar. No llevaba el uniforme perfectamente acomodado. La camisa le quedaba un poco salida, la corbata floja, el pelo apenas desordenado. Parecía venir de otro recreo, de otro curso, de otra vida.
La profesora lo miró con una mezcla de cansancio y costumbre.
No sonrió del todo, pero algo en su cara hizo que algunos alumnos se rieran bajito.
Bastián no se rió.
Se quedó mirándolo.
La profesora suspiró.
Ciro entró apenas un paso, no demasiado. Como si supiera que no debía invadir la clase, pero tampoco tuviera ganas de quedarse afuera.
Él levantó las manos, fingiendo rendirse.
Algunos compañeros soltaron una risa corta. La profesora negó con la cabeza, pero no parecía realmente enojada. Había algo en ese intercambio que no pertenecía a la clase, algo de casa metido en medio del aula. Una confianza que hacía que Ciro se viera distinto.
Menos lejano.
Más real.
Bastián lo miró mientras se daba vuelta para irse. Vio cómo acomodaba la mochila en el hombro, cómo miraba hacia el pasillo, cómo desaparecía detrás de la puerta.
La clase siguió.
La profesora volvió al pizarrón.
Pero Bastián tardó unos segundos en volver.
Tenía la vista en la puerta, aunque Ciro ya no estaba.
No sabía qué le llamaba la atención. Eso era lo peor. No había pasado nada especial. Ciro no había dicho algo brillante, ni había mirado hacia su banco, ni había hecho nada que justificara que a Bastián se le quedara la escena dando vueltas.
Había entrado.
Había hablado con su mamá.
Se había ido.
Nada más.
Pero algunas personas podían convertir un “nada más” en algo que uno recordaba.
Durante varios días, Bastián lo vio aparecer de esa forma. No siempre en clase. A veces en el pasillo, cerca de la puerta del aula de inglés. Otras veces al final de la hora, cuando la profesora guardaba sus cosas y Ciro se acercaba a pedirle plata, una llave, una firma, cualquier excusa que no le importaba a nadie salvo a él.