Antes de Decir Amor: Lo que Calla Ciro

CAPITULO 3 - IRSE

Bastián no supo que estaba mirando a Ciro por última vez.

Eso era lo injusto de algunas despedidas: no avisaban. No llegaban con una música triste ni con una escena preparada para que uno pudiera guardar todo como correspondía. A veces la vida simplemente seguía, una mañana cualquiera, con el mismo ruido de siempre, los mismos pasillos, los mismos bancos rayados, los mismos recreos, y recién después uno entendía que algo había terminado sin pedir permiso.

Aquel día, la escuela Agostari parecía igual a todos los días.

Los alumnos entraban y salían de las aulas. Las preceptoras levantaban la voz. En el patio, algunos corrían, aunque estuviera prohibido. En las escaleras, los chicos más grandes bajaban de a grupos, riéndose, empujándose, ocupando el espacio con esa seguridad que Bastián todavía no tenía.

Ciro apareció en medio de ese movimiento.

No hizo nada especial.

Bajó las escaleras con su mochila al hombro, hablando con uno de sus amigos. Llevaba el uniforme apenas desordenado y caminaba sin apuro, como si nada pudiera alcanzarlo del todo. Pasó por la planta baja, cerca del aula donde Bastián estaba con sus compañeros, y siguió de largo.

No lo miró.

No se detuvo.

No hubo nada que pudiera llamarse importante.

Bastián lo siguió con la vista apenas unos segundos. Después volvió a lo suyo, como tantas otras veces. A esa edad, todavía no sabía que algunas imágenes se vuelven importantes no por lo que pasa en ellas, sino porque después ya no se repiten.

Ciro desapareció por el pasillo.

Y Bastián no lo sabía, pero ese recuerdo iba a quedarse así durante años: incompleto, silencioso, detenido en una escalera.

La noticia de que tenía que irse no llegó como una noticia enorme al principio. Llegó mezclada con conversaciones de adultos, discusiones que se cortaban cuando él entraba a una habitación, frases dichas en voz baja y una tensión en la casa que se podía sentir, aunque nadie explicara demasiado.

Bastián tenía quince años, o estaba cerca de cumplirlos, cuando entendió que su vida iba a cambiar de lugar.

No era una mudanza simple.

No era solo empacar ropa, guardar carpetas, despedirse de algunos compañeros y empezar de nuevo en otro sitio.

Había cosas detrás que él prefería no ordenar todavía. Cosas familiares. Enojos. Heridas. Palabras que se habían dicho mal o que no se habían dicho nunca. Asuntos que, incluso años después, Bastián no iba a tener ganas de explicar con detalle.

Porque no todo dolor necesita testigos.

A veces alcanza con saber que existió.

La provincia a la que se fue quedaba lejos de todo lo que conocía. Para la novela, más adelante, Bastián iba a recordarla con otro nombre: Neuquén. No porque el nombre real importara demasiado, sino porque en su memoria ese lugar se sentía como otra vida.

Otro aire.

Otro cielo.

Otra versión de sí mismo.

Los días anteriores a la mudanza fueron raros. Bastián caminaba por la escuela con la sensación de estar viendo todo desde afuera. Las aulas parecían las mismas, pero ya no le pertenecían de la misma forma. Los pasillos seguían llenos, pero él ya empezaba a sentirse de paso.

Había algo triste en saber que uno se va antes de que los demás lo sepan de verdad.

Algunos compañeros se enteraron y le preguntaron cosas.

  • ¿Te vas posta?
  • ¿A dónde?
  • ¿Y volvés?

Bastián respondía lo que podía.

  • Sí.
  • Lejos.
  • No sé.

No tenía respuestas mejores.

No sabía si quería irse. No sabía si podía quedarse. No sabía si alguien le estaba preguntando realmente cómo se sentía o si solo querían llenar el momento con palabras. Entonces hacía lo que mejor sabía hacer: se cerraba.

Sonreía poco.

Hablaba menos.

Observaba más.

Y, en algún momento de esos últimos días, volvió a ver a Ciro.

Fue durante un recreo.

Bastián estaba cerca del patio, con la mochila apoyada contra una pierna y la mirada perdida en cualquier parte. Sus compañeros hablaban alrededor, pero él no estaba del todo ahí. Pensaba en cajas, en ropa, en la casa, en la discusión que había escuchado la noche anterior, en el viaje que se acercaba como una pared.

Entonces Ciro apareció con su grupo.

Venían desde el primer piso, bajando la escalera de siempre. Uno de sus amigos decía algo que hacía reír a los demás. Ciro sonreía de costado, con esa seguridad tranquila que Bastián le había visto tantas veces.

Y por alguna razón, esa vez le dolió un poco mirarlo.

No porque hubiera pasado algo entre ellos.

No porque Ciro significara algo claro.




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