Antes de Decir Amor: Lo que Calla Ciro

CAPITULO 4 - VOLVER A EMPEZAR

Volver no siempre se parecía a regresar.

A veces uno volvía a un lugar y todo seguía ahí: las calles, las esquinas, los negocios, las veredas rotas, los árboles inclinados por el viento, las casas con las mismas rejas y los mismos perros ladrando detrás de los portones. Todo estaba en su sitio, como si el tiempo hubiera pasado con cuidado, sin mover demasiado las cosas.

Pero uno no volvía igual.

Eso era lo que Bastián Ríos entendió cuando regresó.

Tenía veintitrés años cuando volvió a la provincia que había dejado siendo adolescente. Ya no era el chico de quince que se había ido mirando por la ventana de un auto, con una mochila llena de cosas mal guardadas y una tristeza que todavía no sabía explicar. Había crecido. Había cambiado. Había aprendido a callarse de otras maneras.

La ciudad lo recibió con ese calor conocido que parecía levantarse desde el cemento. Un calor seco, insistente, de esos que se metían en la ropa y hacían que todo se sintiera un poco más lento. Las tardes seguían teniendo olor a tierra, a árboles viejos, a calle caliente. Los barrios parecían iguales y distintos al mismo tiempo.

Bastián caminaba por lugares que conocía y, sin embargo, sentía que ya no le pertenecían del todo.

Tal vez porque la memoria era tramposa.

O tal vez porque uno no podía volver exactamente al lugar del que se había ido.

Había pasado años lejos. Años en otra provincia, en otra vida, con otros paisajes, otras rutinas, otras versiones de sí mismo intentando sobrevivir como podían. No le gustaba hablar demasiado de los motivos de aquella mudanza. Había asuntos familiares que prefería dejar en zonas cerradas, no porque no dolieran, sino porque explicarlos siempre parecía abrir algo que costaba volver a guardar.

Así que cuando alguien preguntaba, Bastián resumía.

  • Me fui un tiempo.

Y si insistían:

  • Cosas de familia.

Nada más.

Había aprendido que no todo el mundo merecía una explicación completa.

También había aprendido a usar el humor como escudo. A decir frases filosas antes de que alguien pudiera acercarse demasiado. A fingir desinterés cuando algo le importaba. A mirar con cara de “no me pasa nada” mientras por dentro sentía demasiado.

El amor, por ejemplo, era uno de esos temas que prefería empujar lejos.

No porque no creyera en él.

Ese era el problema.

Creía demasiado.

Bastián quería una historia de amor de esas que no se decían en voz alta sin dar vergüenza. Una historia intensa, elegida, con alguien que lo mirara como si quedarse fuera fácil. Pero también tenía miedo. Miedo de entregar algo y que se lo rompieran. Miedo de abrir la puerta y que alguien entrara solo para dejar desorden.

Por eso decía cosas como:

  • No quiero nada con nadie.

Y lo decía tan bien que a veces hasta él intentaba creerlo.

Cuando volvió, no sabía exactamente qué hacer con su vida. Tenía edad para haber empezado muchas cosas antes, para haber decidido, para haber avanzado como parecían avanzar los demás. Pero él sentía que algunas partes de su historia habían quedado suspendidas, como si la mudanza de años atrás hubiera cortado algo que recién ahora estaba intentando retomar.

Entonces apareció la carrera.

Educación Física.

Al principio fue una idea. Después una posibilidad. Después una inscripción, papeles, horarios, materias, expectativas y esa mezcla de miedo y entusiasmo que traen los comienzos.

A los veinticuatro años, Bastián empezó la facultad.

Y aunque intentó decirse que era solo una carrera, en el fondo sabía que era más que eso.

Era una forma de volver a empezar.

La Universidad Muza tenía algo que lo intimidaba. No por el edificio en sí, ni por los profesores, ni por las materias. Lo intimidaba la idea de entrar en un lugar donde todos parecían saber cómo vincularse. Cómo hablar. Cómo hacer grupos. Cómo sentarse al lado de alguien y convertirlo en amigo sin atravesar un examen mental antes.

El primer día llegó temprano.

Demasiado temprano.

Eso también era muy de él: llegar antes para poder observar el lugar, entender el movimiento, ubicarse sin que nadie notara su incomodidad. Caminó por los pasillos con la mochila al hombro, mirando carteles, aulas, escaleras, estudiantes que se saludaban como si ya se conocieran de toda la vida.

Él no conocía a casi nadie.

Y esa sensación lo hizo sentirse otra vez un poco adolescente.

No como en la escuela Agostari, no exactamente. Pero había algo parecido: esa forma de estar en un lugar nuevo sintiendo que todos los demás ya tenían un mapa y uno apenas estaba aprendiendo a leer las paredes.

Se sentó en un banco del pasillo y sacó el celular.

No tenía ningún mensaje importante.




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