Antes de Decir Amor: Lo que Calla Ciro

CAPITULO 5 - LA REUNION

Bastián llegó a la reunión con la idea de sentarse atrás.

No porque quisiera pasar desapercibido, aunque un poco sí. Tampoco porque le molestara la gente, aunque a veces también. Era más simple que eso: desde atrás podía mirar mejor.

Podía ver quién entraba, quién saludaba a quién, quién parecía conocer a todos y quién estaba igual de perdido que él. Podía observar sin sentirse observado. Podía medir el lugar antes de decidir cómo moverse dentro de él.

La Universidad Muza había organizado una reunión introductoria para los estudiantes de primer año. Algo sobre la carrera, las materias, los horarios, las normas, la forma de cursar y todas esas explicaciones que supuestamente servían para orientarlos, aunque a Bastián le generaban más ansiedad que tranquilidad.

Había llegado temprano, como casi siempre.

El aula grande todavía no estaba llena. Algunos estudiantes se sentaban de a dos o de a tres, otros se quedaban parados cerca de la puerta, mirando el celular o esperando a alguien conocido. Había mochilas apoyadas en el piso, carpetas nuevas, botellas de agua, termos de mate y esa energía particular de los comienzos: todos queriendo pareceres tranquilos mientras intentaban entender dónde encajar.

Bastián eligió un lugar hacia el fondo.

Se sentó, apoyó la mochila contra una pata de la silla y sacó el celular. Lo desbloqueó sin tener nada que mirar. Lo volvió a bloquear. Miró hacia la puerta.

Brisa todavía no llegaba.

Eso lo hizo sentirse un poco más incómodo.

No dependía de ella, claro. Él podía estar solo. Había estado solo muchas veces. Sabía hacerlo bastante bien. Pero era distinto saber que había una cara conocida en medio de tantas caras nuevas. Brisa tenía esa forma de aparecer y volver menos pesada cualquier situación.

Miró la hora.

Faltaban diez minutos.

El murmullo del aula fue creciendo. Entraron más estudiantes, algunos con ropa deportiva, otros con remeras simples, otros con esa mezcla rara de primer día donde uno no sabe si vestirse como para estudiar, entrenar o sobrevivir.

Bastián empezó a mirar.

No con descaro. Nunca con descaro. Miraba de a poco, como quien observa detalles sueltos: una risa, una mochila, una voz fuerte, una forma de caminar. Algunas personas llamaban más la atención que otras, pero ninguna se le quedaba demasiado.

Al menos no al principio.

—Ah, estabas acá.

Bastián levantó la cabeza y vio a Brisa acercarse entre los bancos con una sonrisa apurada. Traía una carpeta contra el pecho, el pelo recogido de cualquier manera y esa expresión de quien ya tenía algo para contar, aunque no hubiera pasado nada todavía.

  • Llegaste tarde —dijo él.
  • Llegué cuando tenía que llegar.
  • Eso no significa nada.
  • Significa que llegué.

Bastián sonrió apenas.

Brisa se sentó a su lado sin pedir permiso. Apoyó la carpeta en el banco y miró alrededor, evaluando el aula con una velocidad que a Bastián le dio gracia.

  • Che, hay mucha gente.
  • Es una reunión, Brisa.
  • Bueno, pero una cosa es que haya gente y otra que parezca que regalaron algo.
  • Capaz regalan miedo.
  • Eso ya lo traje de mi casa.

Bastián soltó una risa baja.

Con Brisa era fácil reírse. Eso le gustaba. No tenía que explicar demasiado, ni actuar como alguien más simpático de lo que era. Ella hablaba, exageraba, preguntaba, opinaba, y él podía ir respondiendo con comentarios cortos, con ironías, con miradas.

Era cómodo.

La reunión empezó unos minutos después.

Una coordinadora se paró al frente y pidió silencio. Habló de la carrera, de la importancia de la asistencia, de los trabajos prácticos, de los horarios, de las materias anuales y cuatrimestrales. Bastián intentó prestar atención. De verdad lo intentó.

Anotó algunas cosas.

Después dejó de anotar.

La información venía demasiado junta, como si quisieran meter toda la vida universitaria en una sola charla. Brisa escribía algo en su hoja, pero cada tanto hacía comentarios en voz baja.

  • ¿Vos entendiste eso?
  • No.
  • Perfecto, estamos igual.
  • Anota igual.
  • Estoy dibujando un sol.

Bastián miró su hoja.

Efectivamente, había dibujado un sol.

—Muy académico lo tuyo.

—Es para manifestar energía positiva.

—Nos va a ir pésimo.

—Cállate.

La coordinadora siguió hablando.

Bastián apoyó la espalda contra la silla y dejó que su mirada recorriera el aula una vez más. No buscaba nada. O eso creía. Solo tenía esa costumbre de mirar a las personas cuando estaban distraídas, cuando escuchaban, cuando se acomodaban en sus asientos, cuando pensaban que nadie los estaba registrando.




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