Durante un tiempo, Ciro Ferreyra volvió a ser casi nada.
Eso fue lo más raro.
Bastián había pensado que verlo otra vez después de tantos años iba a provocar algo más claro. Una incomodidad fuerte, una emoción difícil de esconder, alguna señal del destino de esas que en las películas aparecían con música de fondo y una cámara lenta innecesaria.
Pero no.
La vida siguió.
La Universidad Muza siguió llenándose de estudiantes, de horarios, de carteles pegados en las paredes, de profesores que explicaban demasiado rápido y de compañeros que preguntaban cosas que ya habían sido respondidas cinco minutos antes.
Y Ciro estuvo ahí.
Pero no pasó nada.
Al menos nada importante.
A veces Bastián lo veía en el pasillo. Otras veces en alguna clase compartida. Algunas mañanas lo encontraba de espaldas, hablando con otros chicos, con la mochila colgada de un hombro y esa postura seria que parecía acompañarlo desde la secundaria. En ocasiones entraba al aula y se sentaba varias filas más adelante, hacia un costado, como el día de la reunión.
Bastián lo registraba.
Eso sí.
Lo veía, lo reconocía, lo ubicaba dentro del espacio. Pero no se quedaba atrapado en él. No todavía.
Ciro era un recuerdo que caminaba por la facultad.
Nada más.
Bastián la miró con fastidio.
Bastián se detuvo apenas.
Brisa sonrió, acomodándose la mochila.
Bastián siguió caminando.
El pasillo estaba lleno. Algunos estudiantes estaban sentados en el piso con apuntes abiertos, otros tomaban mate en ronda, otros corrían de un aula a otra como si llegar tarde fuera una materia más. La universidad tenía ese caos particular que, con el tiempo, empezaba a sentirse familiar.
A Bastián le gustaba más de lo que decía.
No lo hubiera reconocido fácilmente, porque reconocer que algo le gustaba era darle la posibilidad de doler después. Pero la facultad empezó a convertirse en un espacio donde podía moverse con más seguridad. Ya sabía qué aulas estaban siempre frías, cuáles tenían sillas incómodas, qué profesores llegaban con cara de pocos amigos y cuáles hablaban como si estuvieran dando una conferencia para salvar al mundo.
También sabía dónde se sentaba Brisa cuando llegaba tarde.
Casi siempre a su lado, con alguna excusa.
Brisa era así. Entraba tarde, hablaba rápido, encontraba información donde nadie la buscaba y convertía cualquier situación común en algo digno de ser comentado. Gracias a ella, el primer año fue menos pesado.
Con ella, Bastián podía reírse.
Y eso, para él, no era poco.
Había días en los que salían de cursar y caminaban un tramo juntos por la ciudad. Pasaban por el boulevard, por veredas con árboles que dejaban sombras largas sobre el cemento, por esquinas donde siempre parecía haber alguien conocido. A veces compraban algo en Coffee Moe, el local donde los estudiantes se salvaban del hambre con café, tortitas, masitas o cualquier cosa que entrara en el presupuesto.
Brisa siempre decía que iba a comprar una sola cosa.
Siempre salía con tres.
Él miraba hacia otro lado.
Bastián rodaba los ojos.
Esa frase ya se había vuelto parte de él. La decía cuando alguien hablaba de parejas, cuando veía a compañeros besándose en el pasillo, cuando Brisa le contaba algún chisme romántico o cuando alguien le parecía demasiado lindo y prefería negar antes de exponerse.