Bastián no pensaba ver a Ciro esa noche.
De hecho, no pensaba en Ciro.
O al menos eso se decía.
Había pasado todo primer año intentando convencerse de que Ciro Ferreyra era apenas una presencia más dentro de la Universidad Muza. Alguien que conocía de la secundaria, alguien que había reaparecido en la facultad, alguien que se sentaba algunas veces unas filas más adelante y que no tenía por qué significar nada.
Y durante un tiempo, esa mentira había funcionado.
Ciro estaba ahí, sí. Pero no se acercaba. No hablaban. No había gestos raros. No había señales. No había nada que Bastián pudiera usar en su contra para empezar a imaginar una historia.
Entonces Bastián siguió con su vida.
Con sus clases, con Brisa, con los trabajos prácticos, con el cansancio de la carrera, con las caminatas por la ciudad, con el café barato de Coffee Moe y con esa frase que repetía cada vez que alguien hablaba de amor:
Lo decía como si fuera una verdad.
Lo decía como si no le doliera un poco.
Lo decía como si no fuera exactamente lo contrario de lo que quería.
Porque Bastián sí quería algo.
Quería una historia.
Una de esas que lo hicieran sentir elegido.
Una de esas donde no tuviera que adivinar todo.
Una de esas donde alguien lo mirara sin miedo, sin esconderse, sin convertir cada gesto en una duda.
Pero pedir eso era demasiado.
Así que prefería bailar.
Esa noche había salido con algunas amigas. No era una salida demasiado planeada. Una de esas invitaciones que empiezan con un “vamos un rato” y terminan con todos arreglándose como si fuera el evento del año. Bastián aceptó porque necesitaba despejarse, porque Brisa le había insistido en que dejara de hacerse el profundo por una noche, y porque la música siempre había sido un lugar donde podía respirar distinto.
El lugar estaba lleno.
Luces bajas, música fuerte, cuerpos moviéndose cerca, risas mezcladas con vasos de plástico, perfumes, calor, voces gritando canciones que nadie cantaba bien pero todos sentían como propias. El aire estaba cargado de una energía espesa, de fiesta, de verano encerrado entre paredes.
Bastián se movía entre sus amigas con una libertad que no tenía en otros lugares.
Cuando bailaba, algo en él cambiaba.
No necesitaba explicar quién era.
No necesitaba defenderse.
No necesitaba decir que no quería nada con nadie.
El cuerpo hablaba primero.
Y esa noche, Bastián quería dejar que hablara.
Él sonrió, levantó los brazos y se dejó llevar por la música. El bajo le golpeaba en el pecho. Las luces pasaban de azul a violeta, de violeta a rojo, de rojo a sombra. Todo era movimiento.
Por un rato, no hubo facultad.
No hubo pasado.
No hubo Ciro.
Hasta que lo vio.
Fue de costado.
Apenas una imagen entre muchas.
Bastián giró en medio del baile y, al mirar hacia la entrada del salón, lo vio pasar.
Ciro.
No estaba solo. Iba con un grupo de chicos, caminando con esa tranquilidad suya, como si incluso en una fiesta pudiera conservar la misma seriedad que tenía en los pasillos de la universidad. Llevaba ropa oscura. Una remera negra que le marcaba el cuerpo, una campera liviana abierta, pantalón cómodo y zapatillas. El pelo corto, prolijo, con los laterales más marcados. La cara seria, la postura segura.
Bastián lo reconoció de inmediato.
Y por un segundo, dejó de bailar.
No completamente. Su cuerpo siguió moviéndose por inercia, pero la atención se le fue hacia él. Ciro cruzó el lugar sin mirar hacia donde estaba Bastián, o al menos eso pareció. Habló con uno de sus amigos, se acercó a la barra, desapareció entre gente.
Bastián tragó saliva.
La palabra salió demasiado ensayada.
Nada.
Siempre nada.
Ciro era nada.
Una coincidencia.
Un compañero de facultad.
Un recuerdo de la secundaria.
Un chico que caminaba por la fiesta como cualquier otro.
Bastián volvió a bailar.
Lo hizo con más fuerza, como si pudiera sacarse de encima esa sensación moviéndose más rápido. Sus amigas lo siguieron. La música cambió y todos gritaron porque conocían la canción. Alguien lo tomó de la mano para hacerlo girar. Él se rió.