Después de la fiesta, Bastián intentó actuar normal.
Lo intentó con todas sus fuerzas.
Se dijo que no iba a buscar a Ciro con la mirada. Que no iba a estar pendiente de si entraba al aula, si pasaba por el pasillo o si aparecía de golpe con esa seriedad tranquila que parecía no pedir permiso. Se dijo que lo de la fiesta había sido un saludo raro, un gesto impulsivo, una cosa de la noche, de la música, del calor, de la confianza falsa que a veces dan los lugares llenos de gente.
Se lo repitió tantas veces que casi sonó convincente.
Casi.
El problema era que Bastián no sabía olvidar una escena cuando algo dentro de él ya la había marcado como importante.
Y lo de Ciro, por más que quisiera negarlo, se le había quedado en la piel.
El brazo alrededor del cuello.
La cercanía.
El beso en el cachete.
El casi.
Ese casi era el que más le molestaba.
Porque no había pasado nada, pero su cabeza volvía todo el tiempo a ese lugar donde pudo haber pasado. A ese mínimo movimiento que, si hubiera sido distinto, si él hubiera girado apenas un poco más, si Ciro se hubiera acercado un segundo más tarde, si la música no hubiera sido tan fuerte, si la noche no hubiera estado tan cargada, quizás habría terminado de otra manera.
Pero no.
Había sido un beso en el cachete.
Nada más.
Brisa lo miró de costado.
Brisa se río, abrazando su carpeta contra el pecho.
La mañana estaba pesada. El sol pegaba en las veredas y el aire tenía esa tibieza que hacía que todo pareciera más lento. Cerca de la Universidad Muza había estudiantes entrando y saliendo, algunos con termos de mate, otros con apuntes doblados, otros caminando como si todavía no hubieran despertado del todo.
Bastián entró al edificio intentando parecer tranquilo.
Pero apenas cruzó la puerta, miró hacia el pasillo.
Brisa lo vio.
Por supuesto que lo vio.
Bastián no respondió. Siguió caminando hacia el aula, con la mochila en un hombro y la sensación molesta de que Brisa estaba disfrutando demasiado su incomodidad.
Ese día tenían examen.
Eso debería haber sido suficiente para ocuparle la cabeza. Debería haber estado repasando, pensando en conceptos, fechas, autores, cosas importantes. Pero mientras caminaba hacia el aula, una parte de él seguía pendiente de lo mismo.
Ciro.
Se odiaba un poco por eso.
Entró al aula y se sentó con Brisa. El salón ya estaba bastante lleno. Algunos compañeros repasaban en voz baja, otros fingían seguridad, otros hojeaban apuntes con la desesperación de quien intentaba aprender en cinco minutos lo que no estudió en una semana.
Bastián abrió su carpeta.
Miró las hojas.
Leyó la primera línea.
No entendió nada.
Brisa se sentó a su lado y sacó una lapicera.
Bastián la miró mal.
Ella sonrió.
El profesor entró unos minutos después y el aula se acomodó de golpe en ese silencio raro de los exámenes. Repartió las hojas, explicó consignas que todos escucharon con cara de no entender y después dejó que empezaran.
Bastián intentó concentrarse.
Y, para su sorpresa, lo logró.
Al menos por un rato.
Escribir le despejó la cabeza. Tener preguntas concretas, respuestas posibles, algo que resolver, lo obligó a salir de la nube absurda en la que venía metido desde la fiesta. Se aferró a eso. A la lapicera, a la hoja, a las palabras. A cualquier cosa que no fuera el recuerdo de Ciro demasiado cerca.