Antes de Decir Amor: Lo que Calla Ciro

CAPITULO 10 - LA VENTANA

Después de la tortita, Bastián quedó peor.

No lo admitió, por supuesto.

No frente a Brisa.

No frente a sus compañeros.

Mucho menos frente a sí mismo.

Pero quedó peor.

Porque una cosa era recordar un beso en el cachete durante una fiesta, con música fuerte, luces bajas y el cuerpo confundido por el calor del momento. Una cosa era decirse que Ciro había actuado así porque la noche lo permitía, porque la fiesta aflojaba los límites, porque a veces la gente hacía cosas sin pensar.

Pero otra cosa muy distinta era verlo entrar al aula, con su café y sus dos tortitas, detenerse junto a su banco y dejarle una sobre la mesa sin dar explicaciones.

Eso ya no pertenecía a la fiesta.

Eso había pasado en la Universidad Muza.

En la mañana.

En clase.

Delante de todos.

Con la luz entrando por las ventanas y el profesor hablando al frente como si el mundo no se estuviera moviendo debajo de los pies de Bastián.

Y, aun así, Ciro había seguido como si nada.

Esa era la parte que más lo desesperaba.

Ciro hacía algo.

Bastián se desordenaba.

Ciro continuaba tranquilo.

Como si no supiera.

Como si no midiera.

Como si no entendiera que un gesto mínimo podía quedarse dando vueltas durante días en la cabeza de alguien que sentía demasiado.

Brisa, en cambio, sí entendía.

Por eso no lo dejaba en paz.

  • Una tortita no se le da a cualquiera —dijo, por tercera vez esa semana.

Bastián caminaba a su lado por el pasillo de la universidad, con la mochila colgada de un hombro y pocas ganas de entrar a clase.

  • Era comida, Brisa.
  • Era una señal.
  • Era harina.
  • Era amor con grasa.
  • Sos un asco.

Brisa se rió, satisfecha con su propia frase.

  • Me tenés que reconocer que fue raro.
  • Sí, fue raro.

Ella se detuvo un segundo, sorprendida.

  • ¿Qué?

Bastián la miró.

  • ¿Qué?
  • Lo admitiste.
  • Admití que fue raro, no que significaba algo.
  • Para vos eso ya es un avance emocional enorme.
  • No exageres.
  • Estoy orgullosa.
  • No me hables como si fuera tu hijo.
  • A veces lo pareces.

Bastián rodó los ojos y siguió caminando.

Habían pasado algunos días desde la escena de la tortita y, aunque intentaba actuar normal, cada vez que veía a Ciro sentía una mezcla incómoda de nervios y enojo. Nervios porque no podía evitar esperar otra señal. Enojo porque odiaba esperarla.

Odiaba esa versión de sí mismo que se quedaba pendiente.

La versión que miraba hacia la puerta cuando alguien entraba.

La que reconocía la voz de Ciro incluso entre varias conversaciones.

La que fingía leer apuntes mientras prestaba atención a cualquier movimiento suyo.

La que se decía “no me importa” mientras el cuerpo hacía exactamente lo contrario.

Ese día tenían Recreación Libre, una materia práctica y teórica a la vez, de esas que mezclaban juegos, dinámicas grupales, planificación y debates sobre cómo usar el tiempo libre de manera educativa. Bastián todavía no sabía si la materia le gustaba o si solo le parecía soportable porque solían pasar cosas.

Entraban a la una de la tarde.

La peor hora posible.

El aula estaba pesada, cerrada y caliente. El calefactor seguía prendido aunque el ambiente ya no lo necesitara, y las ventanas estaban cerradas como si alguien quisiera cocinar a todos lentamente. Había ruido de bancos, mochilas, carpetas y compañeros hablando fuerte antes de que llegara el profesor.

Ciro no estaba.

Bastián lo notó apenas entró.

Eso fue lo primero que le molestó.

No que Ciro no estuviera.

Sino haberlo notado.

Miró hacia el lugar donde a veces se sentaba. Nada. Solo un banco vacío y un par de compañeros acomodándose más adelante.

Brisa estaba en otra parte del aula, hablando con una compañera.

El profesor llegó con una carpeta bajo el brazo y empezó a ordenar la clase. No parecía tener ninguna intención de hacer algo simple. Cuando un profesor entraba con esa cara, Bastián ya sabía que venía una actividad larga.

  • Hoy vamos a trabajar en grupos de cinco —anunció.




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