Antes de Decir Amor: Lo que Calla Ciro

CAPITULO 11 - INSTAGRAM

Bastián podía hacerse el valiente para muchas cosas.

Podía responderle a un profesor si algo no le cerraba.

Podía pasar al frente, aunque estuviera nervioso.

Podía bailar delante de gente sin sentir vergüenza.

Podía reírse de sí mismo antes de que alguien más lo hiciera.

Pero había cosas mínimas que lo volvían un desastre.

Como mandar una solicitud de seguimiento.

Era ridículo.

Lo sabía.

Una parte de él se lo repetía con crueldad: es solo Instagram, Bastián. No era una declaración. No era una carta escrita a mano. No era pararse frente a Ciro y decirle que desde hacía días su cabeza no podía soltarlo.

Era apretar un botón.

Nada más.

Pero para Bastián, ese botón parecía una puerta.

Y las puertas daban miedo.

Después de la escena de la ventana, la tarde le quedó dando vueltas. Había vuelto a su casa con la mochila pesada, el cuerpo cansado y una mezcla insoportable de risa, vergüenza y ansiedad. En teoría, no había pasado nada grave.

Ciro lo había llamado en medio del aula.

Le había pedido que abriera una ventana.

Bastián no quiso.

Después Ciro le dijo a Brisa que él estaba en falta.

Una pavada.

Un comentario.

Un juego.

Y, sin embargo, Bastián no podía dejar de pensar en la forma en que Ciro había dicho su nombre. En cómo había marcado frente a todos que estaba hablando con él. En esa frase que, aunque no tuviera nada de romántico, se le había quedado pegada al cuerpo.

Estoy hablando con el Bastian, no con vos.

Bastián dejó el celular sobre la cama.

Lo agarró otra vez.

Lo volvió a dejar.

Después lo desbloqueó.

Abrió Instagram.

No buscó a Ciro enseguida. Primero hizo lo que hacía siempre cuando quería fingir que no estaba haciendo algo: miró historias de gente que no le importaba, pasó publicaciones sin leer, respondió un mensaje viejo, entró al perfil de una compañera, salió, volvió al inicio.

Todo para no escribir el nombre.

Pero el nombre estaba ahí.

Ciro Ferreyra.

O, más bien, el apodo por el que todos lo conocían.

El Ciro.

Bastián apoyó la cabeza contra la pared y suspiró.

  • Soy un boludo —murmuró.

El cuarto estaba en silencio. Afuera se escuchaba algún perro, una moto pasando a lo lejos, el sonido apagado de la casa acomodándose a la noche. La pantalla del celular le iluminaba la cara.

Buscó el perfil.

Cuando apareció, se quedó quieto.

No había nada extraordinario. Una foto de perfil. Algunas publicaciones. Historias destacadas. Un nombre que no debería haberle movido nada y, aun así, le aceleró el pulso.

Entró.

Miró la foto de perfil más tiempo del necesario.

Ciro salía serio, con esa expresión suya de no pedir permiso. El pelo corto, los laterales prolijos, la ropa oscura. No sonreía demasiado. No lo necesitaba. Tenía esa presencia que a Bastián le molestaba porque parecía natural, como si no hiciera ningún esfuerzo para llamar la atención.

Bastián bajó un poco.

No quiso mirar demasiado.

Miró igual.

Fotos en el gimnasio. Alguna en una salida. Una con amigos. Una de esas publicaciones donde no había gran cosa, pero el simple hecho de verlo fuera del aula lo volvía más real. Más cercano y más lejano al mismo tiempo.

El botón decía Seguir.

Bastián lo miró como si fuera una amenaza.

Podía apretarlo.

Podía no hacerlo.

Podía cerrar la aplicación y seguir fingiendo que no le importaba.

Pero ya no era tan fácil fingir.

Después de la fiesta, la tortita y la ventana, algo había cambiado. Ciro ya no era solo el chico del piso de arriba, ni el compañero distante de la facultad, ni el recuerdo de una secundaria vieja. Era alguien que aparecía, hacía gestos pequeños y después se iba como si nada.

Y Bastián se quedaba con todo.

Con las preguntas.

Con las dudas.

Con las ganas.

Tomó una captura de pantalla del perfil.

Abrió el chat de Brisa.

Le mandó la imagen.

Después escribió:

El que no arriesga no gana.

No llegó a arrepentirse porque Brisa respondió casi enseguida.




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