Bastián se despertó con una notificación que no era de Ciro.
Eso lo decepcionó.
Y esa decepción le dio vergüenza.
Se quedó mirando la pantalla unos segundos, con el celular todavía apoyado sobre la almohada. Era un mensaje de un grupo de la facultad. Algo sobre una fecha de entrega, un archivo que nadie encontraba y una compañera preguntando si el profesor había dicho que el trabajo era individual o grupal.
Nada importante.
Nada de Ciro.
Bastián bloqueó el celular y lo dejó boca abajo.
Después volvió a agarrarlo.
Entró a Instagram.
No había ninguna historia nueva. Ningún mensaje. Ningún movimiento raro. Ciro seguía ahí, en la lista de personas que lo seguían, como una prueba mínima de que lo de la noche anterior había sido real.
Se seguían.
Eso era todo.
Pero para Bastián, ese “todo” se sentía demasiado.
Se sentó en la cama y se pasó una mano por el pelo. En el espejo del placard, medio desenfocado por la luz de la mañana, se vio distinto. No porque hubiera cambiado de un día para otro, sino porque algo en él empezaba a acomodarse de otra manera.
Ya no era el chico de la secundaria mirando hacia el primer piso.
Ya no era solo el estudiante nuevo que se sentaba atrás para controlar quién entraba.
Ya no era únicamente el que se ponía nervioso porque alguien como Ciro le había dado una tortita.
Seguía siendo sensible.
Seguía siendo intenso.
Seguía teniendo miedo.
Pero también había algo más.
Una parte de él estaba cansada de esconderse detrás de la frase de siempre.
Yo no quiero nada con nadie.
La había repetido tanto que ya ni siquiera sabía si era una defensa o una condena.
Se levantó, se lavó la cara y se miró otra vez.
El pelo revuelto, la barba apenas marcada, el cuerpo todavía tibio de sueño. Ya no se veía tan frágil como se sentía. Eso a veces le daba gracia. Por fuera podía parecer seguro, incluso provocativo cuando quería. Por dentro, en cambio, bastaba una notificación para dejarlo pensando media hora.
Pero no sonrió.
Ese día tenía cursada.
Y eso significaba una posibilidad.
Ver a Ciro.
O no verlo.
Las dos opciones lo incomodaban.
Cuando llegó a la Universidad Muza, el edificio ya estaba lleno de movimiento. Estudiantes entrando con mochilas, otros sentados cerca de la entrada tomando mate, algunos repasando apuntes como si estuvieran por salvar una vida. La mañana tenía ese calor denso que hacía que las paredes parecieran guardar el cansancio del día anterior.
Bastián cruzó el hall con el celular en la mano.
No lo estaba mirando.
Solo lo tenía.
Como si llevarlo ahí le diera alguna conexión invisible con lo que había pasado la noche anterior.
Brisa lo vio antes de que él la viera.
Estaba apoyada contra una pared, con una carpeta en un brazo y un vaso de café en la otra mano. Apenas lo tuvo cerca, levantó las cejas.
Bastián frenó frente a ella.
Bastián le quitó el vaso de café y tomó un sorbo.
Brisa lo miró indignada.
Él le devolvió el vaso.
Caminaron juntos hacia el aula. El pasillo estaba lleno de voces y pasos. Bastián intentó no mirar demasiado alrededor, pero Brisa caminaba a su lado con esa sonrisa insoportable de quien ya sabía lo que estaba pasando.
Brisa se detuvo.
Bastián siguió caminando.