Bastián caminó toda la tarde con una frase pegada en la cabeza.
Seguís en falta.
No era una frase profunda.
No era una confesión.
No era una promesa.
Era, en realidad, una pavada.
Una broma nacida de una ventana que no había querido abrir.
Pero con Ciro, las pavadas nunca quedaban en paz.
Ese era el problema.
Ciro podía decir algo simple y dejarlo sonando durante horas. Podía apoyarse contra una pared, sostener un mate en una mano, mirarlo con esa expresión seria de siempre y hacer que una frase común pareciera tener doble fondo.
Bastián odiaba eso.
Odiaba que algo tan mínimo pudiera moverle tanto.
Iban caminando por la vereda, alejándose de la Universidad Muza. La tarde estaba tibia, con el sol bajando entre los árboles y los autos pasando lentos por la calle. Algunos compañeros caminaban delante de ellos, otros se habían quedado en la puerta de la facultad hablando de trabajos, parciales y cosas que a Bastián en ese momento le parecían de otro planeta.
Brisa soltó una risa corta.
Bastián la miró de costado.
Bastián apretó los labios para no reírse.
Él la señaló con el dedo.
Bastián se detuvo un segundo.
Brisa lo miró con una sonrisa.
Bastián siguió caminando, pero la frase le quedó dando vueltas.
Con vos siempre es literatura.
Tal vez porque Brisa lo conocía demasiado. Sabía que Bastián no podía vivir las cosas de manera simple. Que para él una mirada no era solo una mirada, una tortita no era solo comida, una frase no era solo una frase.
Todo se volvía escena.
Todo se volvía pregunta.
Todo se volvía posibilidad.
Y eso era hermoso hasta que empezaba a doler.
Al llegar a la esquina, Brisa se despidió con un beso rápido en la mejilla.
Bastián abrió la boca.
Brisa levantó una ceja.
Él la cerró.
Ella se alejó riéndose.
Bastián la vio caminar unos metros y después siguió hacia su casa.
Durante el camino intentó pensar en otra cosa.
No pudo.
La imagen del pasillo volvía una y otra vez.
Ciro apoyado contra la pared.
Seba a su lado.
Brisa fingiendo mirar el celular.
El mate en la mano de Ciro.
La media sonrisa apenas insinuada.
La frase.
Seguís en falta.
Y después:
Después vemos.
Eso era peor.
Porque “después vemos” no cerraba nada.
Abría.
Dejaba algo pendiente.
Una puerta chiquita, casi invisible, que Bastián no sabía si debía cruzar o mantener cerrada.
Esa noche, como era de esperarse, entró a Instagram.