Antes de Decir Amor: Lo que Calla Ciro

CAPITULO 15 - OBSERVA BIEN

Bastián leyó el mensaje de Ciro tantas veces que, para cuando apagó el celular, ya no sabía si la frase seguía en la pantalla o en su cabeza.

Entonces observa bien.

Porque no siempre voy a decirlo dos veces.

No había respondido.

No esa noche.

Había dejado el celular sobre la mesa de luz y se había quedado mirando el techo, con la habitación oscura y el cuerpo demasiado despierto para la hora que era. Afuera, la ciudad sonaba baja: una moto pasando lejos, algún perro, el viento moviendo apenas la ventana.

Pero adentro de él todo hacía ruido.

Ciro había escrito eso.

No lo había dicho en un pasillo, donde una mirada podía confundirse con otra cosa. No lo había dejado caer entre risas o en medio de una broma con Seba. Lo había escrito. Con intención. En una conversación que había empezado con un emoji de mate y terminó con Bastián sintiendo que alguien le había puesto una mano en el pecho.

Observa bien.

¿Qué tenía que observar?

¿Sus gestos?

¿Sus miradas?

¿La forma en que se acercaba y después se iba?

¿La manera en que lo buscaba sin decirlo?

Bastián no sabía.

O sí.

Tal vez ese era el problema.

Quizás entendía demasiado y por eso no se animaba a responder.

Porque responderle a Ciro implicaba aceptar que ya no eran solo señales sueltas. Que entre ellos había algo, aunque todavía fuera confuso, aunque todavía no tuviera nombre, aunque Ciro siguiera moviéndose como si todo pudiera esconderse detrás de una broma.

Bastián cerró los ojos.

No se durmió enseguida.

La frase volvió.

Porque no siempre voy a decirlo dos veces.

A la mañana siguiente se despertó antes de que sonara la alarma.

El celular estaba boca abajo.

Lo miró.

No lo tocó.

Se levantó, se lavó la cara y se miró al espejo. Tenía el pelo desordenado, los rulos cayéndole sobre la frente, algunos mechones claros marcados por la luz del baño. La barba suave le endurecía un poco el rostro. Ya no se veía como el chico que una vez miraba a Ciro desde las escaleras de la secundaria sin saber qué hacer con lo que sentía.

Pero por dentro, a veces, seguía siendo exactamente ese.

Un chico mirando hacia arriba.

Solo que ahora Ciro estaba mucho más cerca.

Y eso daba más miedo.

Se vistió de negro casi sin pensarlo: remera, pantalón cómodo, zapatillas. Se puso la cadena, el aro de cruz, acomodó la mochila y salió.

No le escribió a Brisa.

Sabía que, si le contaba el mensaje de Ciro antes de verla, ella iba a explotarle el celular con audios, teorías y amenazas amorosas.

Prefería contárselo en persona.

O eso pensó.

Porque apenas llegó a la Universidad Muza y Brisa lo vio entrar, supo que no iba a poder esconder nada.

Ella estaba en la entrada, sentada sobre un banco, con una carpeta sobre las piernas y un café en la mano. Levantó la vista apenas lo vio.

  • Tenes cara.

Bastián frenó.

  • Buen día.
  • Tenes cara de que pasó algo.
  • Tengo sueño.
  • No. El sueño te deja cara de muerto. Esto es otra cosa.

Bastián suspiró y se sentó a su lado.

Brisa lo miró con atención.

  • ¿Respondió?

Él no contestó.

Ella abrió los ojos.

  • Respondió.
  • Sí.
  • ¿Y qué dijo?

Bastián sacó el celular, abrió el chat y se lo mostró.

Brisa leyó.

Primero una vez.

Después otra.

Después levantó la mirada lentamente.

  • Bastián.
  • No digas nada.
  • ¿Cómo no voy a decir nada?
  • No empieces.
  • Él empezó.
  • Brisa.

Ella le agarró el celular de la mano para leer otra vez.

  • “Entonces observa bien. Porque no siempre voy a decirlo dos veces.” ¿Vos entendés lo que es esto?
  • No.
  • Sí entendés.
  • No quiero entender.

Brisa le devolvió el celular, pero no dejó de mirarlo.

  • Eso no es una pavada.
  • Puede ser una frase más.
  • No.
  • Puede estar jugando.
  • También. Pero está jugando con una frase bastante directa.




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