Bastián no respondió el último mensaje de Ciro.
No porque no quisiera.
No porque no le importara.
No porque no hubiera leído la frase veinte veces antes de dormir.
Simplemente no respondió porque no sabía cómo contestar algo que se le había metido tan directo en el cuerpo.
La próxima no la bajes.
La próxima.
Ciro había escrito eso como si fuera obvio que iba a haber otra mirada. Otra escena. Otro momento en el que Bastián tuviera que decidir si sostener o escapar.
Y eso era lo que lo tenía inquieto.
No la parte de la mirada.
La parte de la próxima.
Porque una próxima significaba continuidad.
Significaba intención.
Significaba que Ciro estaba pensando en algo que todavía no decía de frente.
Bastián dejó el celular sobre la mesa de luz y apagó la pantalla.
La habitación quedó oscura.
Pero la frase siguió encendida.
No la bajes.
Se dio vuelta en la cama, cerró los ojos y trató de dormir. No pudo enseguida. Cada vez que estaba por quedarse dormido, volvía a imaginar el pasillo, la hoja que Ciro le había devuelto, la distancia mínima entre los dos, la forma en que le había dicho que respirara, como si supiera exactamente qué le pasaba.
Eso lo molestaba.
Que Ciro pareciera saber.
Que Ciro se animara a tocar ciertos lugares sin decir nada claro.
Que le pidiera que mirara, que no escapara, que no bajara la mirada.
Como si fuera fácil.
Como si sostenerle los ojos no fuera una manera de quedarse desnudo sin sacarse la ropa.
A la mañana siguiente, Bastián se despertó antes de la alarma.
Otra vez.
Miró el celular.
No había mensajes nuevos.
Eso debería haberlo tranquilizado.
No lo hizo.
Entró al chat con Ciro.
El último mensaje seguía ahí.
No. Miraremos.
Después:
La próxima no la bajes.
Bastián apoyó el celular sobre el pecho y miró el techo.
Nadie respondió.
Eso era lo bueno y lo malo de estar solo: podía decir cosas que jamás admitiría en voz alta frente a Brisa.
Se levantó, se bañó, se vistió de negro casi sin pensarlo. Remera, pantalón cómodo, zapatillas, mochila. Se acomodó los rulos frente al espejo, los mechones claros cayendo sobre la frente. La barba suave le marcaba la cara de una forma que lo hacía verse más seguro de lo que se sentía.
Se puso el aro de cruz.
Se miró un segundo más.
Pero no sonrió.
Camino a la Universidad Muza, intentó convencerse de que no iba a pasar nada.
Ciro podía no ir.
Podía no hablarle.
Podía actuar como si el chat no hubiera existido.
Podía volver a ser el mismo de siempre: serio, distante, ambiguo.
Esa posibilidad le daba bronca.
Porque si Ciro hacía eso, Bastián no sabría si todo había sido real o si otra vez había interpretado de más.
Cuando llegó, Brisa estaba esperándolo cerca de la entrada.
No dijo hola.
Dijo:
Bastián frenó.
Brisa lo miró como si estuviera evaluando su paciencia.
Brisa levantó una ceja.
Bastián la miró mal.