La conversación terminó con una sola palabra.
Mañana.
Bastián dejó el celular sobre la mesa de luz, apagó la pantalla y permaneció unos minutos mirando el techo.
No necesitaba seguir escribiendo.
Lo importante ya estaba dicho.
Mañana.
No era un "después vemos".
No era un "algún día".
Era mañana.
Y, por alguna razón, eso le aceleraba el corazón más que cualquier mensaje.
La alarma sonó demasiado temprano.
Bastián ya estaba despierto.
Se duchó, eligió una remera negra, pantalón oscuro y zapatillas blancas. Frente al espejo acomodó sus rulos claros, pasó una mano por la barba y acomodó el aro de cruz en su oreja izquierda.
Se miró unos segundos.
—Es una explicación... nada más.
Ni él se creyó.
Metió la carpeta en la mochila revisando dos veces que los apuntes estuvieran ahí.
Cuando llegó a la Universidad Muza, Brisa ya lo esperaba apoyada contra una columna con un café en la mano.
Lo vio acercarse y sonrió.
Bastián levantó una ceja.
—Porque tenés cara de haberlos revisado cinco.
Él resopló.
Brisa caminó a su lado hacia el edificio.
Bastián no respondió.
Porque, en el fondo, también quería eso.
El aula todavía estaba medio vacía.
Algunos estudiantes acomodaban bancos.
Otros cebaban mate.
Seba hablaba fuerte con dos compañeros mientras hacía reír a medio curso.
Brisa se sentó al lado de Bastián.
Él dejó la mochila en el piso.
Sacó la carpeta.
La volvió a guardar.
Brisa lo miró.
Bastián la empujó apenas con el hombro.
Ella sonrió.
Cinco minutos después apareció Ciro.
Entró tranquilo.
Remera negra oversize.
Pantalón cargo ancho.
Zapatillas urbanas blancas.
Mochila colgando de un solo hombro.
El mismo andar relajado de siempre.
Pero esta vez, apenas cruzó la puerta, buscó a Bastián.
Lo encontró enseguida.
Los dos se miraron.
Ya no había necesidad de recordar la frase.
Ninguno bajó la mirada.
Fue apenas un segundo.
Pero alcanzó.
Ciro hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza.
Como un saludo silencioso.
Bastián respondió igual.
Brisa observó todo.
La clase empezó.
El profesor explicó contenidos durante casi una hora.
Bastián tomó apuntes.
O al menos lo intentó.
Porque cada tanto levantaba la vista.
Y encontraba a Ciro haciéndolo exactamente al mismo tiempo.
No eran miradas largas.
Eran pequeñas coincidencias.
Pero ya empezaban a sentirse buscadas.