Antes de dejarte ir

1 Ashley

Yo tenía novio

Y, aunque decirlo así parecía sencillo, la verdad era bastante más complicada.

No estaba con él porque realmente hubiera querido empezar una relación. Había influido la presión de mis padres, de las personas que me rodeaban y, en cierta forma, de todo lo que me hacía sentir que tener novio era lo correcto, ya que me presionaron hasta para conocerlo y una parte de mí no quería, porque ya sabía la respuesta. Él no me hacía sentir lo suficiente como para tenerlo en una relación. Yo no lo quería, simplemente lo veía como otro que quiere estar conmigo y ya está. Con él los temas de conversación eran muy simples y no había muchos, siempre hablábamos de lo mismo y yo me aburría de esa monotonía. Cada vez me daban menos ganas de verle, y no sentía esa química, no sentía que me gustaba. Yo me había dejado llevar de una manera ausente.

Pero había algo que no podía ignorar: necesitaba conocerlo más.

Para mí no tenía sentido estar con una persona sin conocerla realmente, sin saber cómo era, qué quería o siquiera si de verdad quería estar a su lado. Desde hacía un tiempo sentía que las cosas no iban bien y que, tarde o temprano, tendría que tomar una decisión.

Pero ese día intenté no pensar demasiado en eso.

Era el primer día de clases.

Sexto de bachillerato. Humanístico.

Llegué al liceo alrededor de la 1:30 aunque en realidad entrábamos a la 1:45. Había llegado antes porque estaba demasiado emocionada como para quedarme en casa esperando.

Era el comienzo de un año nuevo y, aunque no sabía exactamente qué iba a pasar, tenía esa sensación de que algo iba a cambiar.

El liceo era enorme. Los pasillos se extendían de un lado a otro y las paredes estaban llenas de pinturas, dibujos y colores. Había estudiantes por todas partes: algunos buscando sus salones, otros saludando a amigos que no habían visto durante las vacaciones y otros simplemente caminando sin tener demasiada idea de dónde tenían que ir.

Yo estaba entre los últimos.

Pero antes de eso me encontré con Madison.

—¡Ashley! —me llamó apenas me vio.

Sonreí y fui hacia ella.

—¿Cómo estás? —me preguntó Madison.

—Bien. Emocionada, pero también medio perdida.

—Yo estoy igual —dijo riéndose—. Pero primero

—¿Dónde se supone que queda nuestro salón? —pregunté, mirando nuevamente el número que tenía anotado.

—Creo que por allá —respondió Madison.

—¿Creés?

—Bueno... no estoy cien por ciento segura.

Las dos nos miramos y empezamos a reírnos.

Madison había sido mi compañera el año anterior y nos habíamos hecho muy amigas. Era de esas personas con las que podía hablar durante horas y que siempre tenía algún consejo para darme, incluso cuando yo no sabía que lo necesitaba.

Con ella también estaban Emily, una chica rubia de ojos claros que siempre había sido muy linda, Sophie, que tenía el pelo castaño, y Ethan, el único chico del grupo.

—Al final vamos a terminar perdidos —dijo Ethan.

—Callate, que bastante poco ayudás —le respondió Madison.

—Yo solo estoy acompañando.

—Exacto. Acompañando, no ayudando.

Volvimos a reírnos.

Después de buscar un rato, finalmente encontramos el salón que yo necesitaba.

—Bueno, nos vemos en el recreo —dijo Madison.

—Sí.

—Y después me contás qué tal.

—Dale.

Nos despedimos y entré.

El entusiasmo que había sentido al llegar empezó a mezclarse con otra cosa.

Nervios.

No conocía a casi nadie de ese salón. Mientras buscaba un lugar donde sentarme, intentaba parecer tranquila, aunque por dentro pensaba demasiado en qué iba a hacer durante las próximas horas.

Me senté y esperé a que comenzara la primera clase.

Al principio todo fue bastante raro. Yo estaba callada porque, simplemente, no conocía a nadie. Escuchaba las conversaciones de los demás y trataba de ubicarme un poco.

En una de las primeras clases, la profesora decidió que sería buena idea que todos nos presentáramos.

—Bueno, vamos a empezar por conocernos —dijo mientras miraba al salón—. Quiero que cada uno diga su nombre y su película o serie favorita.

Uno por uno comenzaron a presentarse.

Cuando llegó mi turno, me levanté un poco de mi asiento.

—Soy Ashley, tengo 18 y mi serie favorita es Diarios de Vampiros.

La profesora asintió.

—Muy bien. Siguiente.

Y eso fue todo.

Nadie comentó nada sobre mi serie. Yo simplemente volví a sentarme y continué escuchando a mis compañeros.

Después tuvimos Derecho y otras clases. En determinado momento nos tocó cambiar de salón para Filosofía. El día iba pasando entre profesores, cuadernos, salones diferentes y esa sensación constante de estar intentando acostumbrarme a un lugar nuevo.

Hasta que llegó Historia.

La profesora nos dijo que teníamos que trabajar en equipos.

Yo estaba mirando alrededor, sin saber muy bien con quién juntarme, cuando unas chicas se acercaron.

—¿Querés trabajar con nosotras?

Las miré y sonreí.

—Sí, obvio.

Me hicieron un lugar en el grupo y comenzamos a hablar mientras hacíamos el trabajo. Eran buena onda y, contra lo que había pensado al principio, no tardé demasiado en sentirme cómoda.

—¿Vos de dónde venías? —me preguntó una de ellas.

—De liceo un liceo que está por acá cerca,–respondí–

—Ah, entonces ya conocés gente acá.

—Sí, pero están en otro salón.

—Bueno, ahora nos conocés a nosotras —dijo otra, sonriendo.

Y me reí.

Tenían razón.

El día estaba empezando a mejorar.

Sin embargo, cuando llegó aproximadamente la mitad del día, volví a pensar en Madison y en los demás. Me había gustado conocer a las chicas nuevas, pero extrañaba la comodidad de estar con personas que ya conocía.

Cuando tuve la oportunidad de hablar con mis compañeros del año anterior, se los dije.

—Creo que me quiero cambiar de salón.




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