Era simplemente el comienzo de otro año. Llegar, encontrar el salón, sentarme con mis compañeros y aguantar las primeras clases después de las vacaciones.
No estaba pensando en conocer a nadie.
Hasta que ella apareció en el salón.
La vi cuando se cambió de salón.
Era bajita, de pelo largo, lacio y negro. Morena. No hablaba demasiado y, por lo que pude notar, estaba bastante más pendiente de ubicarse y de estar con sus amigos que de cualquier otra cosa.
La primera impresión que tuve fue que era... rara.
No rara de una manera mala.
Simplemente tenía algo diferente.
No parecía de esas personas que entran a un lugar intentando llamar la atención. Más bien parecía estar en su mundo, observando todo antes de decidir qué hacer.
Yo estaba sentado cuando pasó cerca de mí.
Y no sé por qué, pero estiré el pie.
Ella me miró.
Yo me reí.
Ella siguió caminando.
Volvió a pasar.
Lo hice otra vez.
Esta vez se rio.
No me dijo nada.
Eso me causó todavía más gracia.
—¿Qué hacés? —me preguntó uno de mis compañeros.
—Nada.
—La estás molestando.
—No.
—Sí.
Me reí y seguí con lo mío.
No sabía su nombre todavía.
Después me enteré.
Ashley.
Aunque, por alguna razón, nunca me salió llamarla así.
Todo el mundo la llamaba Ashley.
Yo prefería decirle cosas como “rara”.
—Sos rara.
—¿Yo?
—Sí, vos.
—¿Y por qué?
—No sé. Sos rara.
—Vos sos un tarado.
Me reí.
No sabía por qué me divertía tanto molestarla.
Quizás porque siempre tenía una respuesta.
Y si no tenía una respuesta, simplemente se reía.
Después organizaron los bancos y terminé sentado al lado de ella.
Cuando llegó y se sentó, la miré.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Estás callada.
—Acabo de llegar.
—Ah.
Me quedé unos segundos sin decir nada.
Después vi que estaba dibujando en el pupitre.
—¿Qué hacés?
—Una caricatura.
Me acerqué para mirar.
—Está horrible.
Ashley levantó la mirada.
—Entonces hacela vos.
—Dame.
—No.
—Dale.
—No te voy a dar la lapicera.
Igual terminé agarrándola.
Empecé a modificar el dibujo y le agregué músculos al hombrecito.
—Ahora sí.
Ashley se quedó mirando.
—¿Qué le hiciste?
—Lo mejoré.
—Lo arruinaste.
—No entendés de arte.
—Y vos tampoco.
Me reí.
Terminamos discutiendo por una caricatura como si fuera algo importante.
Después ella empezó a dibujarme cosas en la mano.
Primero unos carritos.
Después otros dibujos pequeños.
En un momento escribió su nombre.
—¿Qué hacés?
—Dejando mi marca.
Miré mi mano y me reí.
—Mi instructor del gym se va a burlar de mí por esto.
—Bueno, problema tuyo.
—Después no te quejes.
—Yo no me voy a quejar.
Y siguió dibujando.
No parecía tener ningún problema con hacer esas cosas.
Yo tampoco.
Ese día también terminé sacándome unas selfies con su celular. Ni siquiera recuerdo haberle pedido el teléfono formalmente. Simplemente pasó.
Después le di mi Instagram.
Ella me siguió.
Todavía no tenía su WhatsApp, pero ya empezábamos a hablar bastante.
Y cuanto más hablábamos, más me daba cuenta de que era difícil saber exactamente qué estaba pensando.
A veces estaba hablando con alguien y de repente me miraba.
Yo la miraba.
Se reía.
Yo también.
Y alguno de los dos terminaba apartando la mirada.
No sé qué era.
Solo sé que me daba curiosidad.
Había algo en ella que me hacía querer seguir molestándola.
Y creo que ella también se había acostumbrado a mis tonterías.
Aunque había una cosa que descubrí bastante rápido.
Si conseguía molestarla demasiado, cambiaba completamente.
—Michael.
No “Michael”.
Michael Thomas.
Ahí sabía que me había pasado.
Nadie me llamaba por mi nombre completo.
Todos me decían Michael y ya.
Pero ella no.
Ella solo decía “Michael Thomas” cuando estaba realmente cansada de mí.
—Michael Thomas, devolveme mi lapicera.
La miré y me reí.
—¿Qué?
—Mi lapicera.
—Es mía ahora.
—Michael Thomas.
—Bueno, bueno.
Se la devolví.
Ella negó con la cabeza.
—Sos insoportable.
—Y vos sos rara.
—Ya sé.
Lo dijo tan tranquila que me hizo reír otra vez.
No sé en qué momento empezó esa confianza.
No fue algo que ocurriera de golpe.
Simplemente un día estábamos hablando de cualquier cosa y, al siguiente, ya nos molestábamos como si nos conociéramos desde hacía mucho más tiempo.
Yo seguía pensando que era rara.
Pero cada vez me interesaba más saber qué había detrás de esa forma de ser.
También notaba que a veces se ponía nerviosa cuando nos mirábamos.
No sabía si era por mí o si simplemente era así.
Tampoco quería preguntárselo.
Prefería dejar que las cosas siguieran pasando solas.
Ese día del dibujo fue probablemente uno de los primeros momentos en los que sentí que realmente habíamos conectado.
No había pasado nada extraordinario.
Solo habíamos hablado.
Nos habíamos reído.
Ella me había llenado la mano de dibujos.
Yo había arruinado —según ella— su caricatura.
Me había quedado con su lapicera.
Nos habíamos mirado más de una vez.
Y, aun así, cuando terminó el día, me quedó la sensación de que había sido diferente.
No sabía qué iba a pasar después.
Tampoco estaba buscando una historia.
Pero Ashley había conseguido algo que no era tan fácil:
hacer que quisiera volver al salón al día siguiente.
Y eso, para mí, ya era bastante.
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Editado: 07.09.2026