Antes de dejarte ir

Ashley 3

Supongo que hay personas con las que uno simplemente empieza a hablar.

No hay un momento exacto en el que puedas decir: “desde aquí nos hicimos amigos”. No hay una fecha, ni una conversación específica que marque el comienzo. Simplemente pasa.

Y con nosotros fue así.

Después de todo lo que había ocurrido, nuestra relación había cambiado de una manera que ninguno de los dos esperaba. Al principio apenas hablábamos. Eran conversaciones cortas, algún comentario durante las clases, una mirada cuando pasaba algo gracioso y poco más.

Pero, sin darnos cuenta, empezamos a tener confianza.

Primero fueron los mensajes.

Una tarde, mientras estaba en mi casa, apareció una notificación en mi teléfono.

Él:
¿Llegaste?

Me quedé mirando el mensaje unos segundos.

No porque fuera algo extraño, sino porque me sorprendía que me hubiera escrito.

Yo:
Sí jajaja, hace rato. ¿Vos?

La respuesta llegó casi enseguida.

Él:
Yo también.

Y pensé que ahí iba a terminar la conversación.

No terminó.

Él:
¿Qué haces?

Yo:
Nada, literalmente. Estoy acostada.

Él:
Qué vida de reina.

Yo:
Y sí, alguien tiene que vivirla.

Él:
JAJAJAJA.

A partir de ahí, empezamos a hablar de cualquier cosa.

De las clases.

De profesores.

De cosas que habían pasado durante el día.

De canciones.

De personas que conocíamos.

De cosas completamente absurdas que, en otro momento, probablemente ni siquiera nos hubiéramos contado.

A veces hablábamos durante unos minutos y otras veces la conversación se extendía durante horas.

Lo curioso era que nunca sentía que tenía que pensar demasiado qué decirle.

Podía mandarle cualquier cosa.

Una foto de algo que me había causado gracia.

Un comentario sin sentido.

Un “mirá esto”.

Y él siempre encontraba la manera de seguir la conversación.

Con el tiempo, los mensajes dejaron de sentirse como algo nuevo.

Se volvieron parte de nuestra rutina.

Y quizás fue ahí cuando empecé a darme cuenta de que nuestra confianza ya era diferente.

En persona también empezamos a hablar más.

Un día de clase, como tantas otras veces, estábamos esperando nuestro turno para hacer una actividad. Había varias personas delante de nosotros y el tiempo parecía ir demasiado lento.

Él me miró.

—¿Nos vamos?

—¿A dónde?

—A cualquier lado. Para no quedarnos esperando acá.

Me reí.

—¿Nos vamos a escapar?

—No. A hablar.

—Ah, bueno. Eso sí.

Terminamos apartándonos un poco del resto.

No era nada especial. No estábamos haciendo nada extraordinario. Simplemente nos fuimos a un lugar más tranquilo para hablar mientras esperábamos nuestro turno.

Y empezamos a conversar.

Al principio hablamos de cosas normales. De la clase, de lo aburrido que estaba todo, de cualquier tontería que encontráramos para comentar.

Hasta que, en algún momento, la conversación cambió.

Él me miró y preguntó:

—¿Vos tenés novio?

La pregunta me tomó un poco por sorpresa.

—No.

—¿Nunca tuviste?

—Sí.

Hizo una pequeña pausa.

—¿Y qué pasó?

Me quedé callada unos segundos.

No porque no quisiera responderle, sino porque era una historia que no acostumbraba contar completa.

No me gustaba hablar demasiado de eso.

—Terminamos —dije finalmente.

—¿Hace mucho?

—Más o menos.

Él esperó.

No me presionó.

Y eso fue probablemente lo que hizo que terminara contando un poco más.

—Fue complicado —continué—. Al principio todo estaba bien, pero después empezaron a cambiar algunas cosas. Y llegó un punto en el que entendí que seguir ahí no me hacía bien.

No le conté toda la historia.

Solo un pedacito.

Lo suficiente para que entendiera que no había sido una decisión fácil.

Él simplemente escuchó.

No hizo preguntas incómodas ni intentó sacar conclusiones.

—A veces es mejor terminar algo aunque todavía quieras a la persona —dijo.

Lo miré.

—Sí. Creo que aprendí eso.

Hubo unos segundos de silencio.

Pero no fue un silencio incómodo.

Era de esos silencios en los que ninguno siente la necesidad de llenarlo inmediatamente.

Después cambiamos de tema.

Y seguimos hablando.

De cosas más simples.

De nuestras familias.

De lo que queríamos hacer algún día.

De cosas que nos gustaban.

De cosas que nos molestaban.

Incluso de pequeños secretos que normalmente no contábamos.

Y mientras hablábamos, me di cuenta de algo.

No sabía exactamente cuándo había empezado a confiar en él.

Quizás había sido poco a poco.

Una conversación después de otra.

Un mensaje después de otro.

Una risa.

Una mirada.

Una historia compartida.

Era extraño pensar que alguien que al principio parecía simplemente una persona más de la clase ahora sabía cosas sobre mí que no todos conocían.

Y, de alguna manera, yo también empezaba a conocerlo a él.

No completamente.

Todavía había muchas cosas que no sabía.

Pero sí las suficientes para entender que detrás de la persona que veía todos los días había alguien con sus propias inseguridades, problemas, sueños y formas de ver las cosas.

Eso hizo que nuestra relación se sintiera diferente.

Más real.

Ese día, cuando finalmente llegó nuestro turno, volvimos con los demás como si nada hubiera pasado.

Pero algo sí había cambiado.

Quizás solo un poco.

Quizás ni siquiera era algo que se pudiera explicar.

Simplemente sentíamos que ahora existía una confianza que antes no estaba.




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