Después de salir del mirador, ninguno de los dos parecía tener demasiadas ganas de volver a casa.
Habíamos pasado un buen rato ahí, hablando, riéndonos y mirando cómo el cielo cambiaba de color. Cuando los demás empezaron a irse, Ashley y yo nos quedamos caminando un poco más.
—¿Y ahora qué hacemos? —me preguntó.
—No sé.
—Qué buen plan.
—Podemos ir al parque.
Me miró unos segundos.
—Bueno.
Así que seguimos caminando.
El parque no quedaba demasiado lejos. Cuando llegamos, nos sentamos en uno de los bancos y durante unos segundos ninguno dijo nada.
No era un silencio incómodo.
Era de esos silencios que se sienten tranquilos.
—Pregúntame algo —dijo Ashley de repente.
—¿Qué?
—Lo que quieras.
—¿Cualquier cosa?
—Sí.
Pensé un momento.
—¿Qué música te gusta?
Ella empezó a contarme algunos de sus artistas favoritos y yo hice lo mismo. Después pasamos a hablar de películas, comidas, lugares a los que queríamos viajar y cosas que nos gustaban hacer cuando estábamos aburridos.
Me sorprendió la cantidad de cosas que todavía no sabía de ella.
Yo creía que ya la conocía bastante.
Me había equivocado.
Había una parte de Ashley que solamente aparecía cuando se sentía cómoda.
Y esa parte era completamente diferente.
Se reía más.
Hablaba sin pensar demasiado.
Hacía gestos raros.
Se emocionaba por cosas pequeñas.
Y, para mi sorpresa, me gustaba verla así.
—¿Qué? —me preguntó cuando notó que la estaba mirando.
—Nada.
—Me estás mirando raro.
—Tú eres rara.
—Otra vez con eso.
Se rio y me dio un pequeño golpe en el brazo.
—Es verdad.
—No.
—Sí.
—Bueno, entonces tú también eres raro.
—Puede ser.
Ella sonrió.
—Eso sí te lo acepto.
Seguimos hablando.
En algún momento salió el tema de las series que veíamos cuando éramos más pequeños.
—A mí todavía me gustan los dibujitos —me confesó.
La miré sorprendido.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Todavía?
—Sí, ¿qué tiene?
Me reí.
—Nada. No me esperaba eso de ti.
—¿Y qué esperabas?
—No sé.
—Pues sí. Me gustan.
—Eres más rara de lo que pensaba.
Ashley empezó a reírse.
—Y tú más insoportable de lo que pensaba.
—Pero aquí estás.
—Porque no tengo nada mejor que hacer.
—Claro.
Aunque los dos sabíamos que no era exactamente por eso.
La conversación siguió hasta que el cielo empezó a oscurecer.
Ashley se acomodó en el banco y apoyó la cabeza cerca de mí.
Yo me quedé quieto.
No quería romper ese momento.
Había algo diferente en ella cuando estaba tranquila.
Ya no parecía la chica que intentaba aparentar que nada le afectaba.
Conmigo podía ser simplemente Ashley.
Y creo que eso fue lo que más me gustó.
No necesitaba estar fingiendo.
Podía reírse por cualquier tontería, hablar de dibujos animados, contarme cosas que probablemente no le contaba a cualquiera.
Y yo empezaba a conocerla de verdad.
Después de unos minutos, nuestras miradas se cruzaron.
Ninguno dijo nada.
Fue un momento corto, tranquilo, sin necesidad de hacerlo más grande de lo que era.
Nos acercamos y compartimos un beso pequeño y dulce.
Cuando nos separamos, los dos sonreímos un poco, como si ninguno supiera exactamente qué decir después.
Ashley bajó la mirada.
Yo también.
—Bueno... —dijo ella.
—Bueno.
Los dos nos reímos.
Después la abracé.
Fue un abrazo sencillo, pero se sintió diferente.
Mientras la tenía cerca, pensé en todo lo que había cambiado desde que la conocí.
Al principio me parecía una chica rara.
Y, siendo sincero, todavía me parecía rara.
Pero ahora empezaba a entender algo.
Las cosas que yo llamaba raras eran precisamente las cosas que más me llamaban la atención.
Su forma de reírse.
La manera en que se emocionaba con cosas pequeñas.
Su forma de hablar cuando entraba en confianza.
Los dibujitos.
Sus ocurrencias.
Todo eso que probablemente otra persona podría considerar extraño, a mí empezaba a gustarme.
Cuando finalmente nos levantamos para irnos, caminamos juntos hasta el lugar donde teníamos que separarnos.
—¿Llegas y me avisas? —le dije.
—Sí.
—En serio.
—Sí, Michael.
Sonrió.
—Qué mandón.
—Alguien tiene que serlo.
—Qué creído.
—También.
Se rio.
Y después se fue.
Me quedé mirándola alejarse durante unos segundos.
No sabía exactamente qué éramos.
Tampoco sabía qué iba a pasar después.
Pero sí sabía una cosa:
Ashley ya no era simplemente la chica con la que hablaba en clase.
Se había convertido en alguien que quería tener cerca.
Y, aunque todavía no quisiera ponerle un nombre a eso, empezaba a ser cada vez más difícil fingir que me daba igual.
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Editado: 25.09.2026