Había pasado aproximadamente un mes desde aquella tarde en el parque.
Un mes desde que Michael y yo habíamos empezado a acercarnos todavía más.
No sabía exactamente cuándo había ocurrido, pero de repente hablar con él se había vuelto parte de mi rutina.
Si llegaba al salón, lo buscaba.
Si tenía algo gracioso que contar, quería decírselo.
Si mi teléfono vibraba y veía su nombre, automáticamente sonreía.
Y lo peor era que ya ni siquiera intentaba disimularlo.
—Ashley, ¿dónde está tu novio? —me preguntó una compañera apenas entré al salón.
Dejé mi mochila sobre la silla.
—No es mi novio.
—Sí, claro.
—En serio.
—Entonces, ¿por qué te está esperando afuera?
Miré hacia la puerta.
Michael estaba ahí, apoyado contra la pared con el teléfono en la mano.
Cuando me vio, levantó la mirada.
—Por fin.
—¿Me estabas esperando?
—Sí.
—¿Para qué?
—Después te digo.
Lo miré con desconfianza.
—Eres misterioso cuando no tienes nada que decir.
—Y tú hablas demasiado.
—Mentiroso.
Sonrió.
Y yo también.
Era así casi siempre.
Nos molestábamos por cualquier cosa y, de alguna manera, siempre terminábamos riéndonos.
Durante la clase, Michael se sentó a mi lado.
La profesora estaba explicando mientras yo intentaba copiar todo lo que aparecía en el pizarrón.
Intentaba.
Porque Michael no paraba de molestarme.
Me pasó una hoja.
Estás copiando mal.
Lo miré y escribí debajo:
Ni siquiera estás copiando.
Me devolvió la hoja.
No necesito copiar.
Puse los ojos en blanco.
Qué creído.
Él respondió:
Pero tengo razón.
Tuve que contener la risa.
Desde atrás, uno de nuestros compañeros nos miró y dijo:
—¡Déjense de pelear, novios!
Me tapé la cara.
—Otra vez...
Michael se giró.
—No somos novios.
—Entonces dejen de comportarse como si lo fueran.
El salón se llenó de risas.
Yo miré a Michael.
Él simplemente sonrió y volvió a prestar atención.
Pero aquella frase se me quedó dando vueltas.
Porque, aunque todos lo decían como una broma, cada vez me costaba más negar que había algo diferente entre nosotros.
No éramos novios.
Eso estaba claro.
Pero tampoco sentía que fuéramos simplemente amigos.
A la salida, Michael caminó conmigo hasta la esquina.
Hablamos de cualquier cosa: de una película que queríamos ver, de comida y de un lugar al que podríamos ir algún día.
Antes de separarnos, me dijo:
—Escríbeme cuando llegues.
—¿Por qué?
—Para saber que llegaste bien.
Sonreí.
—Qué mandón.
—Hazlo.
—Bueno.
Cuando llegué a casa, hice exactamente lo que me había pedido.
Yo: Ya llegué.
La respuesta apareció casi enseguida.
Michael: Bien.
Esperé unos segundos.
Yo: ¿Eso era todo?
Michael: ¿Qué quieres?
Yo: No sé.
Michael: Entonces no te quejes.
Me reí sola mirando el teléfono.
Seguimos hablando durante bastante rato.
No era nada extraordinario. Hablábamos de cómo había sido nuestro día, nos molestábamos y terminábamos contando cualquier tontería.
Pero me gustaba.
Me gustaba demasiado.
Y eso empezaba a preocuparme.
Porque ya no podía decir que Michael me daba igual.
Unos días después estaba con mis amigas durante el recreo cuando una de ellas me preguntó:
—A ver, ¿qué son ustedes dos?
Me reí.
—Otra vez con eso.
—Es una pregunta seria.
—Somos amigos.
—Amigos que parecen novios.
—No somos novios.
—Pero te gusta.
Me quedé callada.
Mis amigas se miraron entre ellas.
—Te gusta —repitió una.
Suspiré.
—Sí.
Decirlo en voz alta me dio un poco de vergüenza, pero también sentí alivio.
—¿Y él?
—No sé.
—¿Nunca te ha dicho nada?
—No exactamente.
Mi amiga me miró con seriedad.
—Entonces ve despacio.
Asentí.
Sabía que tenía razón.
El problema era que cada vez me costaba más hacerlo.
Porque cuando alguien está tan presente en tu vida, es difícil no empezar a imaginar que quizá tú también estás ocupando un lugar importante en la suya.
Ese mismo día pasó algo que no esperaba.
Estaba caminando por uno de los pasillos cuando vi a Michael hablando con una muchacha.
La había visto algunas veces en el colegio, pero no sabía quién era.
Parecía conocerlo bastante.
Se reían y hablaban con mucha confianza.
Yo me quedé a unos metros.
No tenía ninguna razón para quedarme mirando.
Así que seguí caminando.
Pero entonces Michael me vio.
—¡Ashley!
Me acerqué.
—Hola.
—Ella es una compañera de otro grupo —me dijo—. Nos conocemos desde hace tiempo.
—Mucho gusto —le dije.
—Igualmente.
La muchacha volvió a mirar a Michael.
—Después hablamos, ¿sí?
—Dale.
Ella se fue.
Yo comencé a caminar junto a Michael.
—¿Qué pasa? —me preguntó.
—Nada.
—Estás rara.
Lo miré.
—Tú siempre dices que soy rara.
—Porque lo eres.
Sonreí a pesar mío.
—Idiota.
Él se rio.
Seguimos caminando como si nada.
Pero yo no podía dejar de pensar en aquella muchacha.
No porque hubiera visto algo malo.
No había hecho nada.
Simplemente no sabía quién era.
Y, por alguna razón, quería saberlo.
Quizá porque recién estaba empezando a reconocer algo que hasta entonces había intentado ignorar:
Michael me importaba mucho más de lo que quería admitir.
Y mientras todos en el salón seguían diciendo que éramos novios, yo empezaba a preguntarme algo que nadie podía responderme.
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Editado: 25.09.2026