Nunca entendí por qué a todo el mundo le importaba tanto saber qué era Ashley para mí.
Cada vez que nos veían juntos aparecía la misma pregunta.
—¿Ustedes son novios?
Y yo siempre respondía lo mismo.
—No.
Porque no lo éramos.
Al menos, oficialmente.
Pero tampoco podía negar que Ashley se había convertido en alguien demasiado importante para mí.
Me había acostumbrado a buscarla apenas llegaba al salón. A sentarme junto a ella. A mandarle mensajes cuando llegaba a casa. A contarle cosas que normalmente no le contaba a cualquiera.
Simplemente había pasado.
Y no me molestaba.
Al contrario.
Me gustaba.
Una mañana llegué al salón y la encontré sentada, escribiendo en su cuaderno.
Dejé mi mochila en la silla de al lado.
—Buenos días.
Levantó la mirada.
—Buenos días.
—¿Qué haces?
—La tarea.
Miré su cuaderno.
—Eso está mal.
Lo cerró inmediatamente.
—Ni siquiera lo miraste.
—No necesito hacerlo.
—Qué insoportable eres.
Me reí.
Era increíble lo fácil que era hacerla enojar por cosas pequeñas.
Y también lo fácil que era hacerla reír después.
Uno de nuestros compañeros pasó junto a nosotros y nos miró.
—¿Otra vez juntos los novios?
Ashley respondió inmediatamente:
—¡No somos novios!
Yo me reí.
—Ya te expliqué que no nos van a creer.
—Es culpa tuya.
—¿Mía?
—Sí.
—¿Y qué hago yo?
—No sé. Deja de sentarte conmigo.
La miré.
—No quiero.
Ella intentó esconder una sonrisa.
—Entonces no te quejes.
No dije nada.
Porque la verdad era que no quería dejar de sentarme con ella.
Durante el recreo salimos al patio.
Ashley estaba contándome algo cuando escuché que alguien me llamaba.
—¡Michael!
Me giré.
Era una muchacha de otro grupo.
La conocía desde hacía tiempo. No éramos especialmente cercanos, pero teníamos buena relación.
—¿Qué pasa?
Empezamos a hablar.
Me preguntó por algunas cosas del colegio y terminamos recordando una situación de hacía tiempo.
Me estaba riendo cuando me di cuenta de que Ashley estaba unos pasos atrás.
La miré.
—Ah, ella es Ashley.
Las presenté y las dos se saludaron.
Después seguimos hablando un rato.
Cuando sonó el timbre, la muchacha se despidió.
—Después hablamos.
—Dale.
Me giré hacia Ashley.
—¿Nos vamos?
—Sí.
Empezamos a caminar.
Después de unos segundos la miré.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Seguro.
—Sí, Michael.
No quise insistir.
Pero sentí que estaba un poco diferente.
Más tarde, mientras hablábamos por WhatsApp, ella me preguntó algo que me hizo pensar.
Ashley: ¿Te acuerdas de cuando todos decían que éramos novios?
Yo: Lo siguen diciendo.
Ashley: Ya sé.
Yo: ¿Te molesta?
Tardó en responder.
Ashley: No sé.
Me quedé mirando la pantalla.
Yo: A mí no.
Pasaron unos segundos.
Ashley: ¿Ah, no?
Yo: No.
Y era verdad.
No me molestaba.
Había algo curioso en que todo el mundo nos viera como una pareja.
A veces hasta yo entendía por qué lo pensaban.
La forma en que nos hablábamos.
La confianza.
La cantidad de tiempo que pasábamos juntos.
Pero aun así, nunca habíamos hablado de ser novios.
Y yo tampoco sentía que fuera necesario hacerlo todavía.
Uno de mis amigos me preguntó por ella unos días después.
Estábamos hablando cuando soltó:
—¿Qué pasa contigo y Ashley?
—Nada.
—¿Nada? Si parecen novios.
—Somos amigos.
—Claro.
Lo miré.
—¿Qué?
—Nada. Solo digo que quizá ella no piensa igual.
Me quedé callado.
Nunca había pensado demasiado en eso.
O quizá sí.
Solo que no quería complicarlo.
Porque Ashley me gustaba.
Eso lo sabía.
Me gustaba estar con ella.
Me gustaba cómo era cuando entraba en confianza.
Me gustaba que conmigo pudiera ser completamente ella.
Incluso aquellas cosas que al principio me parecían raras.
Los dibujitos.
Sus ocurrencias.
La forma en que podía emocionarse por cualquier tontería.
Al principio pensaba que era rara.
Ahora, cuando hacía alguna de esas cosas, me daban ganas de reírme.
No porque me pareciera ridícula.
Sino porque me gustaba verla así.
Esa tarde volví a encontrarme con la muchacha del otro grupo.
Estábamos hablando de una materia cuando vi a Ashley al final del pasillo.
Nuestros ojos se cruzaron.
Ella levantó la mano para saludarme.
Le sonreí.
Después siguió caminando.
No pensé demasiado en eso.
Para mí, la situación era sencilla.
Ashley era mi amiga.
Una amiga que me gustaba.
Una persona con la que había creado una conexión que no tenía con cualquiera.
Pero todavía no sabía si quería convertir aquello en una relación.
No porque no me importara.
Precisamente porque me importaba.
No quería decir algo solo porque todos los demás esperaban que lo dijera.
Quería que las cosas siguieran ocurriendo de manera natural.
Lo que yo no sabía era que, mientras para mí todavía era fácil dejar las cosas sin nombre, Ashley empezaba a necesitar una respuesta.
Y probablemente esa diferencia entre los dos iba a terminar siendo importante.
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Editado: 25.09.2026