Antes de dejarte ir

Ashley 7

Si había algo que había cambiado últimamente, era la manera en que Michael empezó a bromear con que yo era su novia.

Al principio me causaba gracia.

Después empezó a confundirme.

Todo comenzó una mañana en el salón.

Yo estaba sentada hablando con una compañera cuando Michael llegó.

—Buenos días.

—Buenos días —respondí.

Él dejó su mochila junto a mi silla.

—¿Ya me extrañabas?

—Ni siquiera sabía que venías.

—Qué mala novia.

Lo miré inmediatamente.

—¿Tu novia?

Él se rio.

—Era una broma.

—Más te vale.

—¿Por qué? ¿Te molesta?

—No.

—Entonces.

Se sentó como si nada.

Yo intenté seguir hablando con mi compañera, pero ya no estaba prestando demasiada atención.

Mi novia.

Sabía que había sido una broma.

Pero había algo en escucharlo decirlo que me hacía sentir diferente.

Durante el recreo estábamos varios compañeros juntos cuando uno preguntó:

—Michael, ¿Ashley viene con nosotros?

Antes de que yo pudiera responder, él dijo:

—Obvio. Mi novia siempre viene conmigo.

Todos comenzaron a reírse.

Yo lo miré.

—¡Michael!

—¿Qué?

—Deja de decir eso.

—¿Qué dije?

—Eso.

—¿Que eres mi novia?

—¡Sí!

Él se rio todavía más.

—Bueno, bueno. No te enojes.

Uno de nuestros compañeros nos miró.

—Algún día van a dejar de decir que no son novios.

Yo crucé los brazos.

—No somos novios.

Michael levantó las manos.

—Eso dice ella.

Todos volvieron a reírse.

Yo también terminé riéndome.

Pero por dentro no podía evitar pensar en lo mismo.

Si él lo decía tanto, aunque fuera de broma...

¿por qué?

Esa tarde, mientras estaba en casa, me llegó un mensaje de Michael.

Michael: ¿Qué haces?

Yo: Nada.

Michael: Qué aburrida.

Yo: Tú me escribiste.

Michael: Porque te extraño.

Sonreí mirando la pantalla.

Yo: Qué mentiroso.

Michael: Mi novia desconfiando de mí.

Yo: Otra vez con eso.

Michael: Jajaja.

Negué con la cabeza.

Siempre hacía lo mismo.

Y aunque yo fingiera que me molestaba, una parte de mí disfrutaba esas bromas mucho más de lo que quería admitir.

Unos días después, mientras estábamos en clase, vi que Michael recibió un mensaje.

No le presté atención al principio.

Él miró el teléfono y sonrió.

—¿Quién es? —pregunté sin pensar.

Me miró.

—Una muchacha de otro grupo.

—Ah.

No pregunté nada más.

Continué con lo mío.

Pero después, cuando terminó la clase, Michael volvió a revisar el teléfono.

No sabía quién era ella.

Solo sabía que estudiaba en nuestra misma escuela y que habían empezado a hablar porque ella le había escrito.

No me pareció importante.

O al menos eso intenté pensar.

Esa tarde, cuando estábamos hablando por WhatsApp, él me contó un poco más.

—La muchacha que te mencioné ayer me escribió otra vez.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿Y qué quiere?

—Nada. Estamos hablando.

—Ah.

—¿Por qué ese “ah”?

—Por nada.

—Estás rara.

—Tú siempre dices que soy rara.

—Porque lo eres.

Me reí.

—Idiota.

No quería admitirlo, pero me había dado curiosidad.

No porque pensara que estaba pasando algo.

Todavía no.

Simplemente quería saber quién era.

Al día siguiente, una de mis amigas me preguntó:

—¿Sabes quién es la muchacha que le escribe a Michael?

La miré.

—¿Cómo sabes?

—La he visto.

—Ah.

—Parece que se conocen bastante.

Me quedé callada.

—Pero se conocieron acá en la escuela —añadió—. Creo que ella fue la que le escribió primero.

Asentí.

Eso coincidía con lo que Michael me había contado.

—Bueno, son amigos.

Mi amiga me miró.

—Sí, pero tú sabes cómo eres.

—¿Cómo soy?

—Te vas a poner a pensar demasiado.

Me reí.

—No.

Pero sabía que tenía razón.

Porque desde ese momento empecé a prestar un poco más de atención.

No quería hacerlo.

No quería convertirme en esa persona que analizaba cada mensaje, cada mirada o cada conversación.

Además, Michael y yo ni siquiera éramos novios.

Eso era algo que yo misma repetía constantemente.

Entonces no tenía sentido sentirme celosa.

¿O sí?

Esa noche, antes de dormir, Michael volvió a escribirme.

Michael: Buenas noches, novia.

Miré el mensaje durante unos segundos.

Sonreí.

Yo: Buenas noches, pesado.

Dejé el teléfono sobre la cama.

Me gustaban esas bromas.

El problema era que empezaba a gustarme demasiado la idea detrás de ellas.

Porque cada vez que Michael decía “mi novia”, aunque fuera jugando, una parte de mí quería creer que algún día lo diría en serio.

Y mientras yo empezaba a descubrir que quería algo más de lo que teníamos, una pregunta comenzaba a aparecer en mi cabeza:

¿Michael sentía lo mismo o simplemente estaba jugando?




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