Antes de dejarte ir

Michael Thoma 8

No sé en qué momento empezó a convertirse en costumbre decir que Ashley era mi novia.

Al principio lo decía para molestarla.

Después simplemente me salía.

Y lo peor era que cada vez me parecía más natural.

Una mañana entré al salón y uno de mis compañeros me preguntó:

—¿Y Ashley?

Miré hacia su lugar.

—Todavía no llegó.

—¿Y no la vas a buscar?

—¿Para qué?

—Es tu novia.

Me reí.

—Ya sabes que ella dice que no.

—Pero tú no dices que no.

No respondí.

Solo sonreí.

Porque, aunque sabía que era una broma, tampoco me molestaba que lo dijeran.

Cuando Ashley finalmente llegó, se sentó a mi lado.

—¿Qué hacías?

—Esperándote.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace cinco minutos.

—Mentiroso.

—Mi novia no debería desconfiar de mí.

Me miró inmediatamente.

—Otra vez.

—¿Qué?

—Eso de mi novia.

Me reí.

—Es una broma.

—Ya sé.

—Entonces no te enojes.

—No estoy enojada.

Pero estaba sonriendo.

Y eso me gustaba.

No sé por qué, pero me gustaba conseguir esa reacción de ella.

Ese día tuvimos una actividad en clase y terminamos trabajando juntos.

Ashley se quejaba de que yo quería hacer todo a mi manera.

—Porque mi manera es mejor.

—Qué creído.

—Pero funciona.

—A veces.

—Siempre.

Ella negó con la cabeza.

—No sé cómo te aguanto.

—Porque me quieres.

Me miró durante un segundo.

—No te emociones.

Me reí.

Era así todo el tiempo.

Pequeñas bromas.

Pequeñas discusiones.

Y después terminábamos hablando como si nada.

Por la tarde me llegó un mensaje de la muchacha que había conocido en la escuela.

Habíamos empezado a hablar porque ella me había escrito unos días atrás.

Nada raro.

Éramos compañeros y nos llevábamos bien.

Me preguntó por una tarea y terminamos hablando un rato.

Mientras escribía, Ashley me mandó un mensaje.

Ashley: ¿Qué haces?

Yo: Haciendo una tarea.

Ashley: ¿Cuál?

Yo: La de hoy.

Ashley: Ah.

Noté que había respondido más seca de lo normal.

Yo: ¿Qué pasa?

Ashley: Nada.

Yo: Estás rara.

Ashley: Estoy cansada.

No insistí.

Pensé que simplemente había tenido un día pesado.

Al día siguiente, uno de mis amigos volvió con el mismo tema.

—¿Entonces Ashley es tu novia o no?

—No.

—Pero la tratas como si lo fuera.

—¿Y?

—Nada. Solo digo.

Me quedé pensando.

Quizá tenía razón.

No sabía en qué momento habíamos empezado a comportarnos de esa manera.

Pero cuando estaba con Ashley, no sentía que tuviera que pensar demasiado en cómo actuar.

Simplemente me salía.

Si quería sentarme con ella, lo hacía.

Si quería escribirle, le escribía.

Si quería llamarla mi novia para molestarla, lo hacía.

Y si alguien decía que éramos pareja, ya ni siquiera sentía la necesidad de corregirlo inmediatamente.

Ese mismo día, durante el recreo, Ashley estaba hablando con sus amigas.

Yo estaba con los míos.

La miré desde lejos.

Se estaba riendo de algo.

No sé por qué me quedé mirándola unos segundos más de lo normal.

Uno de mis amigos lo notó.

—Te gusta.

—Ya sé.

—¿Y entonces?

—¿Entonces qué?

—Nada.

No contesté.

Porque no tenía una respuesta.

Sí, Ashley me gustaba.

Eso ya no era algo que pudiera negar.

Pero que alguien me gustara no significaba automáticamente que supiera qué quería hacer con eso.

Y todavía no estaba seguro.

Por la noche, Ashley y yo volvimos a hablar.

Ashley: ¿Ya terminaste la tarea?

Yo: Sí.

Ashley: ¿Seguro?

Yo: Sí.

Ashley: Milagro.

Yo: Qué poca fe me tienes.

Ashley: Es que te conozco.

Yo: Mi novia no debería hablar así de mí.

Tardó unos segundos en responder.

Ashley: Algún día voy a dejar de contestarte.

Yo: No puedes.

Ashley: ¿Por qué?

Yo: Porque me extrañarías.

Ashley: Qué seguro estás.

Yo: Siempre.

Ella mandó un emoji riéndose.

Yo sonreí.

No sabía si Ashley se daba cuenta de que algunas de mis bromas empezaban a tener algo de verdad.

Yo tampoco quería pensarlo demasiado.

Solo sabía que cuando ella no estaba, la notaba.

Cuando no me escribía, me preguntaba qué estaría haciendo.

Y cuando alguien más conseguía hacerla reír, sentía una pequeña incomodidad que no terminaba de entender.

Quizá estaba empezando a quererla más de lo que pensaba.

Pero todavía no sabía qué significaba eso.

Y por ahora prefería seguir como estábamos.

Sin nombres.

Sin preguntas.

Sin tener que decidir nada.

Aunque, viendo cómo estaban empezando las cosas, probablemente no iba a poder mantenerlas así para siempre.




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