Antes de dejarte ir

Ashley 9

Últimamente Michael estaba hablando mucho con Valentina.

No sabía exactamente cuánto hablaban porque tampoco quería preguntarle. De hecho, ese era el problema: no quería preguntar nada porque sentía que, si preguntaba, iba a quedar como una celosa cuando técnicamente no tenía derecho a serlo.

Valentina había entrado hacía poco en todo esto. Michael me había contado que ella le había escrito primero y que habían empezado a hablar. Nada más.

O al menos eso era lo que yo sabía.

Pero cada vez los veía hablar más.

Y aunque intentaba convencerme de que no me importaba, sí me importaba.

Muchísimo.

Ese lunes llegué al salón y Michael ya estaba ahí.

—Buenos días —me dijo.

—Buenos días.

Me senté y saqué mis cosas.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Otra vez con el nada.

—No me pasa nada, Michael.

Lo miré apenas y volví a mirar mi cuaderno.

La verdad era que sí me pasaba algo.

Me molestaba que me preguntara qué tenía cuando él mismo no parecía darse cuenta de lo que estaba haciendo.

Durante la clase lo vi revisar el teléfono varias veces. En una de ellas sonrió.

No quise mirar quién era.

Pero lo sabía.

Valentina.

Intenté concentrarme en lo que estaba explicando el profesor.

No pude.

Cuando sonó el timbre, Michael se acercó.

—Ashley.

—¿Qué?

—¿Podemos hablar?

—¿Ahora?

—Sí.

—Tengo que ir con mis amigas.

—Después.

—Bueno.

Me fui antes de que pudiera decirme algo más.

No quería hablar.

Porque sabía que si empezábamos esa conversación, probablemente iba a terminar diciendo cosas que llevaba días intentando guardar.

Y no estaba preparada.

Pero al siguiente recreo volvió a acercarse.

—Ashley, ven.

—¿Para qué?

—Para hablar.

—No quiero.

—¿Por qué?

—Porque no.

Me miró unos segundos.

—Estás enojada conmigo.

—No.

—Sí.

—Bueno, capaz.

—¿Y por qué?

Ahí estaba.

La pregunta que llevaba días evitando.

Lo miré.

—No sé.

—Ashley.

—¿Qué?

—Dímelo.

Suspiré.

—Me molesta que estés hablando tanto con Valentina.

Michael se quedó callado.

Me arrepentí inmediatamente de haberlo dicho.

—Ya está —dije—. Era eso.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—¿Estás celosa?

—No.

Me miró con una expresión que prácticamente decía que no me creía.

—Bueno… sí.

Bajé la mirada.

—Pero sé que no tengo derecho a reclamarte nada.

—¿Por qué dices eso?

—Porque no somos novios.

Lo dije y sentí algo raro.

Porque era verdad.

Todos lo decían.

Nuestros compañeros lo decían.

Él lo decía.

Yo lo decía.

Pero después él me llamaba "mi novia", me buscaba para estar juntos, me escribía todos los días y hacía que todo pareciera exactamente lo contrario.

—Michael, tú eres el que empezó con lo de "mi novia" —le dije—. Y yo al principio pensaba que era una broma. Pero después empezaste a decirlo tanto que… no sé.

—¿Qué?

—Que empecé a creerlo.

Se quedó mirándome.

—Ashley…

—Y después apareció ella y yo quedé como una tonta porque ni siquiera sabía qué éramos.

No estaba llorando ni nada. Solo estaba cansada de pensar tanto en lo mismo.

—No quería decirte nada porque pensé que ibas a pensar que estaba exagerando.

Michael negó con la cabeza.

—No pienso eso.

—Pues yo sí siento que estoy exagerando.

—No.

Me quedé callada.

—Yo hablo con Valentina —dijo—, sí. Ella me escribió y empezamos a hablar. Pero eso no significa que tú me importes menos.

—¿Entonces por qué conmigo estás tan raro?

—Porque tú estás rara conmigo.

Solté una pequeña risa.

—Eso no responde nada.

—Ya sé.

Se quedó pensando un momento.

—Creo que los dos hicimos lo mismo.

—¿Qué?

—Actuamos como si fuéramos algo, pero nunca hablamos de qué éramos.

Tenía razón.

Y eso era justamente lo que más me molestaba.

—Yo sí sé lo que quiero —dije.

—¿Qué quieres?

Lo miré.

—Quiero que si me vas a llamar "tu novia", no sea solamente una broma.

Michael sonrió un poco.

—Entonces no quiero que sea una broma.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué significa eso?

—Que me gustas, Ashley.

Sentí que se me calentaba la cara.

—Ya lo sabía.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué estabas tan enojada?

—Porque tú eres un idiota.

Se rio.

—Eso no tiene sentido.

—Sí tiene.

—No.

—Sí.

Por primera vez en varios días, los dos nos reímos juntos.

La tensión que había estado entre nosotros parecía desaparecer poquito a poco.

—Entonces, ¿estamos bien? —preguntó.

—Creo.

—¿Solo creo?

—Sí.

—Qué exigente.

—Cállate.

Sonrió.

Después me dio un pequeño abrazo.

No necesitábamos decir demasiado.

Quizás seguíamos sin tener todo perfectamente claro, pero por lo menos ya habíamos hablado.

Y para mí eso era suficiente.

Ese día, cuando volvimos al salón, uno de nuestros compañeros nos miró y dijo:

—¿Ya se reconciliaron los novios?

Michael me miró.

Yo intenté aguantarme la sonrisa.

—No somos novios —dije.

Michael se rio.

—Todavía.

Lo miré sorprendida.

—¿Todavía?

—¿Qué?

—Nada.

Me senté tratando de esconder la sonrisa.

Esa tarde, cuando llegué a casa, me llegó un mensaje.

Michael: ¿Llegaste?

Yo: Sí.

Michael: Bien.

Yo: Gracias.

Michael: Buenas noches, mi novia.

Me quedé mirando el mensaje.

Esta vez no sentí dudas.

Sonreí y respondí.

Yo: Buenas noches, idiota.

Y por un momento pensé que quizás todo iba a estar bien.




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