Antes de dejarte ir

Michael Thoma 10

Después de hablar con Ashley, sentí que algo había cambiado.

No era algo enorme.

No habíamos tenido una conversación mágica en la que de repente todo quedara perfectamente definido.

Pero al menos ya no estaba esa tensión rara entre nosotros.

Volvimos a hablar como antes.

O incluso más.

Al día siguiente llegué al salón y ella estaba sentada con sus amigas. Cuando me vio, levantó la mirada y sonrió.

—Buenos días —me dijo.

—Buenos días, rara.

—Ya empezaste.

—¿Qué?

—A decirme rara.

—Es que eres rara.

Me dio un pequeño golpe en el brazo y se rio.

Ahí estaba.

La Ashley de siempre.

Y no sé por qué, pero verla así me hizo sentir tranquilo.

Me senté a su lado.

—¿Dormiste bien?

—Sí. ¿Tú?

—Más o menos.

—¿Por qué?

—Porque estabas enojada conmigo.

Me miró sorprendida.

—¿Todavía estás con eso?

—Un poco.

—Ya te dije que estamos bien.

—Quería asegurarme.

Sonrió.

—Estamos bien.

Y con esas dos palabras sentí que podía dejar de darle vueltas.

Durante la clase estuvimos hablando bajito cada vez que el profesor se daba vuelta. Ashley me enseñaba cosas que había escrito en su cuaderno y yo le hacía comentarios solo para molestarla.

En un momento me mostró un dibujo.

—Mira.

—¿Qué es eso?

—Un gato.

—Parece una rata.

—¡Michael!

Me empezó a pegar con el cuaderno mientras yo me reía.

—¡Es un gato!

—Bueno, un gato raro.

—Te odio.

—No me odias.

—Sí.

—No.

—Sí.

—No.

Terminó riéndose.

Y yo también.

Era increíble cómo podíamos pasar de estar mal a estar así otra vez.

Como si nada hubiera pasado.

Aunque, en el fondo, sabía que sí había pasado algo.

Yo había entendido que para Ashley las cosas significaban más de lo que yo pensaba.

Y también había entendido algo sobre mí.

Me importaba demasiado que ella estuviera bien conmigo.

Ese mismo día, cuando terminó la última clase, salimos juntos.

—¿Vas para tu casa? —pregunté.

—Sí.

—Te acompaño.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—Qué excusa más mala.

—No necesito excusas.

Caminamos juntos mientras hablábamos de cualquier cosa.

De una prueba.

De un profesor.

De una serie que ella estaba mirando.

De los dibujos animados que todavía seguía viendo y que yo todavía no entendía cómo podían gustarle tanto.

—No entiendo cómo puedes mirar eso —le dije.

—Porque me gusta.

—Tienes gustos de niña pequeña.

—Y tú tienes gustos aburridos.

—Mis gustos son mejores.

—Claro, Michael.

—¿Ves? Sabes que tengo razón.

—No.

Llegamos a la esquina donde normalmente nos separábamos.

—Bueno, me voy —dijo.

—Espera.

Se giró.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Entonces para qué me llamaste?

—Quería molestarte una vez más antes de que te fueras.

—Idiota.

Sonrió.

—Nos vemos mañana.

—Nos vemos.

La vi alejarse y me quedé un momento parado.

No sabía por qué no quería irme todavía.

Quizás porque últimamente me estaba acostumbrando demasiado a tenerla cerca.

Esa noche hablamos por WhatsApp.

Ashley: Llegué.

Yo: Bien.

Ashley: ¿Eso era todo?

Yo: Sí.

Ashley: Qué seco.

Yo: Estoy cansado.

Ashley: Mentiroso.

Yo: ¿Cómo sabes?

Ashley: Porque te conozco.

Me quedé mirando ese mensaje.

"Porque te conozco."

No sé por qué me gustó tanto leerlo.

Yo: ¿Y tú qué haces?

Ashley: Mirando dibujitos.

Yo: Obviamente.

Ashley: Cállate.

Yo: Nunca.

Ashley: Te voy a dejar de hablar.

Yo: No puedes.

Ashley: ¿Por qué?

Pensé un segundo antes de responder.

Yo: Porque me necesitas.

Tardó unos segundos.

Ashley: Qué creído eres.

Sonreí.

Yo: Pero no dijiste que no.

No respondió durante un rato.

Después apareció el mensaje.

Ashley: Buenas noches, Michael.

Yo: Buenas noches, rara.

Dejé el teléfono a un lado.

Y fue ahí cuando me di cuenta de algo que no quería admitir todavía.

Ashley se había convertido en una parte importante de mis días.

Si me pasaba algo, quería contárselo.

Si veía algo gracioso, pensaba en mandárselo.

Si llegaba a la escuela y no estaba, la buscaba.

Y si estábamos varios días sin hablar bien, me faltaba algo.

No sabía si eso tenía un nombre.

Y, sinceramente, todavía no quería buscarlo.

Prefería dejar que las cosas siguieran pasando.

Al día siguiente, durante el recreo, Ashley se acercó con una sonrisa.

—Michael.

—¿Qué?

—Ven.

—¿A dónde?

—Solo ven.

La seguí.

—¿Qué quieres?

—Nada.

—Otra vez con el nada.

Se rio.

—Quería estar contigo.

Me quedé callado.

No porque no supiera qué decir.

Sino porque, por alguna razón, esas cuatro palabras me habían gustado demasiado.

—Bueno —dije finalmente—. Quédate.

Y nos sentamos juntos.

Sin hablar demasiado.

Sin necesidad de hacerlo.

Creo que eso era lo que más me gustaba de estar con ella.

No siempre necesitábamos hacer algo.

A veces simplemente estar juntos era suficiente.

Y aunque todavía no sabía qué éramos exactamente, había algo que sí sabía.

No quería que Ashley dejara de formar parte de mi vida.

Al menos no todavía.




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