12 de noviembre de 2021
- No entiendo por qué siempre haces esto.
Solté el cinturón de seguridad lentamente y giré la cabeza hacia Ethan.
- ¿Hacer qué?
El auto seguía encendido frente a mi casa. Las luces de la sala estaban prendidas y podía ver sombras moviéndose detrás de las cortinas. Mi familia todavía me esperaba para celebrar mi cumpleaños número veintiuno como tradicionalmente celebramos todos juntos.
Y yo solo quería entrar.
Estaba cansada.
Ethan apoyó una mano sobre el volante y soltó una risa seca.
- Arruinar el momento.
Apreté los ojos y miré por la ventana.
Toda la tarde había intentado convencerme de que el día había sido bonito. El museo realmente me encantó. La cena también. Por unas horas vi al Ethan que conocí en la universidad; el muchacho amable que se sentaba a mi lado en clases, el que me llevaba café cuando me quedaba estudiando hasta tarde y escuchaba mis conversaciones sobre arte e historia como si fueran interesantes.
Pero ese Ethan aparecía cada vez menos.
- No estoy arruinando nada. — Dije, agotada. — Desde que me invitaste a salir te dije que tenía que llegar temprano.
- Sí, porque "tu familia te espera". — hizo comillas con los dedos recordando mis palabras. — Ade, tienes veintiún años, no doce.
Suspiré despacio.
Debí quedarme callada.
Pero últimamente guardar silencio me estaba cansando más que discutir.
- No se trata de eso.
- Entonces explícame de qué se trata.
Lo miré finalmente.
- De que ya te dije que no quiero ir contigo a otro lugar esta noche.
El silencio dentro del auto se volvió incómodo.
Ethan soltó una carcajada incrédula y negó con la cabeza.
- Increíble, te llevo al museo que querías, te invito a cenar, paso todo el día contigo... y ni siquiera puedes darme un rato a solas.
Ahí estaba otra vez.
La culpa.
Siempre encontraba la forma de hacerme sentir culpable.
Tragué grueso.
- No te debo nada por salir conmigo.
La expresión de Ethan cambió al instante.
- ¿Ahora soy el malo?
- No dije eso.
- Pero lo piensas.
Apoyé la cabeza contra el asiento, soltando un suspiro de exasperación.
Últimamente todas nuestras conversaciones terminan igual. Él tomaba mis palabras y las retorcía hasta hacerme sentir exagerada, egoísta o cruel. Y durante meses pensé que quizá tenía razón.
Porque Ethan sabía ser encantador cuando quería.
La primera vez que me pidió ser su novia, dije que no.
La segunda también.
Para mí solo era un amigo de la universidad. Un compañero insistente, divertido y un poco arrogante que parecía aparecer en todos mis cursos. Pero él siguió intentando. Me escribía todos los días, me esperaba después de clases, me llevaba meriendas cuando olvidaba comer.
Y yo confundí su insistencia con amor. Hasta sentí pena por rechazarlo.
Eso es algo que odio admitir, pero así fue.
- Solo quería pasar más tiempo contigo. — dijo esta vez con voz más suave mientras se acercaba un poco.— Eres mi novia, Adeline. ¿Tan malo es querer estar contigo?
Conocía perfectamente ese tono.
Era la calma antes de hacerme sentir culpable otra vez.
- Ethan...
- No, de verdad explícame por qué honestamente no entiendo. — Me miró fijamente.— ¿Tiene algo de malo querer intimidad con mi novia?
Bajé la mirada hacia mis manos.
- Sabes lo que pienso sobre eso.
Él soltó una risa burlona.
- Ah, claro. La religión.
Sentí algo incómodo apretarme el pecho.
Odiaba cuando decía esa palabra así.
Como si mi fe fuera una estupidez.
- No hables así.
- ¿Así cómo? — Se encogió de hombros. — Ade, tú eres demasiado inteligente para vivir encerrada en reglas absurdas.
Cerré los ojos un segundo.
No era solo esa noche.
Nunca había sido solo esa noche.
Ethan miraba a otras mujeres aunque estuviera conmigo, incluso supe que era adicto a contenidos inapropiados en la web. Se molestaba si tardaba en responder mensajes. Hacía comentarios sobre mi ropa. Se burlaba cuando hablaba de Dios o de la iglesia. Me hacía sentir anticuada por querer poner límites.
Y aún así yo seguía ahí.
Tal vez porque tengo miedo a soltar esta relación.
- No son reglas absurdas para mí. — susurré.
Él dejó caer la cabeza contra el asiento con frustración.
- Siempre es lo mismo contigo.
- Sí, lo es.
Ethan giró hacia mí de inmediato.
- ¿Qué significa eso?
Lo miré fijamente.
Y por primera vez en meses decidí no suavizar lo que sentía.
- Que estoy cansada, Ethan.
Frunció el ceño.
- ¿Cansada de qué exactamente?
Sentí un nudo en la garganta.
- De sentir que tengo que traicionar lo que creo para que tú estés satisfecho.
Su expresión cambió apenas. Orgullo herido.
Molestia.
- Dramática.
El silencio volvió a caer entre nosotros.
Pero esta vez se sintió diferente.
Más frío.
Más distante.
Desde mi casa llegaban risas y música suave, luces cálidas. Seguridad.
Ethan tamborileó los dedos contra el volante y luego me miró.
- A veces siento que amas más a tu Dios que a mí.
Obviamente.
Sentí algo romperse lentamente dentro de mí.
Porque entendí que esa nunca debió ser una competencia.
Abrí la puerta del auto.
- Buenas noches, Ethan.
- ¿Eso es todo?
El aire fresco de la noche golpeó mi rostro.
Y por primera vez en todo el día pude respirar bien.
- Mi convicción no cambiará por nadie.
Entonces cerré la puerta.
Sin saber que esa tarde había sido el comienzo del final.
…
- Feliz cumpleaños, mi niña. — Mamá me abrazó con fuerza.
Sonreí cansadamente mientras dejaba mi bolso sobre una silla. Intentaba disfrutar el momento, aunque la discusión con Ethan seguía dando vueltas en mi cabeza.
Editado: 19.06.2026