Antes de julio

La última carta

Antes de cerrar estas páginas…

No sé muy bien cómo empezar esta carta, y quizá sea porque, aunque he escrito tantas cosas sobre ti, todavía hay sentimientos que no sé cómo explicar con palabras.

Parece irónico, ¿no? Haber llenado tantas páginas hablando de alguien y aun así sentir que me faltan palabras para despedirme.

Supongo que nunca imaginé que llegaría hasta aquí. Que un día estaría escribiendo las últimas páginas de un libro que comenzó con una mirada, con pequeñas coincidencias, con momentos que probablemente para ti no significaron demasiado, pero que para mí terminaron convirtiéndose en recuerdos que quería conservar.

No sé en qué momento comenzaste a gustarme tanto. No sé cuándo tus ojos dejaron de ser simplemente unos ojos bonitos y se convirtieron en una de mis cosas favoritas de contemplar. Tampoco sé cuándo tu sonrisa comenzó a quedarse en mi cabeza más tiempo del que debería, cuándo tu voz se volvió algo que buscaba entre el ruido de los demás o cuándo tus bromas, incluso las más absurdas, adquirieron la capacidad de mejorar mis días.

Solo sé que, cuando quise darme cuenta, ya había demasiadas cosas tuyas que me gustaban.

Me gustaba observarte sin que lo notaras, escuchar cuando hablabas, prestar atención a tus gestos y encontrar motivos para recordar momentos que quizá tú olvidabas apenas terminaban. Me gustaba coincidir contigo, aunque fuera por unos minutos, y descubrir que a veces bastaba muy poco para hacer que un día cualquiera se volviera especial.

Y quizá esa sea una de las cosas más extrañas de todo esto: nunca necesité que sucediera algo extraordinario para sentirme feliz. A veces bastaba un saludo, una conversación, una broma sin sentido o una de esas miradas que probablemente no significaban para ti lo mismo que para mí.

No sé si alguna vez te diste cuenta de algo. No sé si llegaste a sospechar que detrás de mis silencios había tantas palabras, que detrás de mis miradas había tantas preguntas o que detrás de cada poema existía una parte de mí que encontraba en ti una razón para escribir.

Tal vez nunca lo imaginaste. Tal vez para ti todo fue mucho más sencillo, mientras que yo encontraba en los detalles más pequeños motivos para llenar páginas enteras.

Y no te culpo por eso. Nunca fue tu responsabilidad sentir lo mismo, corresponder a mis sentimientos ni convertirte en la historia que tantas veces imaginé. Lo que sentí fue mío, y también lo fueron todas esas ilusiones que construí en silencio. Tú no tenías por qué saberlas ni mucho menos cumplirlas.

Pero quiero que sepas, aunque probablemente nunca leas estas palabras, que lo que sentí fue sincero.

Me gustaste de esa manera tan inesperada en la que alguien comienza a ocupar un lugar en tus pensamientos sin haberlo pedido. Me gustaste en los días buenos y también en aquellos en los que verte era una pequeña alegría que no sabía cómo explicar. Me gustaste incluso cuando intentaba convencerme de que no debía darle tanta importancia a las cosas, porque mi corazón, al parecer, nunca fue demasiado bueno siguiendo instrucciones.

Y entonces llegó el momento de aceptar que nuestros caminos podían separarse, que la vida seguiría avanzando y que aquellas coincidencias que tanto disfrutaba quizá dejarían de formar parte de mis días.

No voy a mentir diciendo que fue sencillo.

Me habría gustado tener más tiempo. Más conversaciones, más oportunidades para escucharte, más momentos que guardar en mi memoria. Me habría gustado atreverme a decir algunas cosas, hacer preguntas que nunca hice y encontrar el valor que tantas veces me faltó cuando estabas cerca.

Pero no todo sucede como lo imaginamos, y hay despedidas que llegan sin preguntarnos si estamos preparados para ellas.

Por eso, cuando supe que aquella vez sería la última, intenté guardar todo lo que pude. Tus ojos, tus pestañas, tu sonrisa traviesa, tu espalda, tu voz y esa risa que terminó convirtiéndose en una de mis melodías favoritas. Quise memorizar cada detalle porque sabía que después tendría que conformarme con recordarlo.

Y quizá nunca entiendas lo mucho que significó para mí aquel último encuentro. Quizá jamás sepas que, mientras tú simplemente vivías ese momento, yo intentaba conservarlo como quien guarda algo que sabe que no podrá recuperar.

Pero lo hice.

Te guardé en mis recuerdos y, de alguna manera, también en estas páginas.

Porque llegaste a mi vida sin saber que terminarías convirtiéndote en poesía. Porque, sin proponértelo, despertaste en mí las ganas de escribir sobre cosas que a veces ni yo misma sabía que sentía. Porque hubo emociones que no supe expresar cuando estabas delante de mí, pero que encontraron su lugar entre versos, rimas y palabras que escribí pensando en ti.

Y ahora que estoy aquí, a punto de cerrar este libro, hay algo que debo confesarte: no sé cuántos poemas más voy a escribirte.

No sé si este será el último, si dentro de unos meses volveré a encontrar una razón para dedicarte unos versos o si algún día una canción, un recuerdo o una coincidencia hará que vuelva a tomar papel y pluma para escribir sobre ti. No sé cuánto tiempo más seguirás apareciendo en mis pensamientos ni cuándo dejarás de hacerlo con tanta frecuencia.

No tengo una respuesta para eso.

Quizá todavía me queden palabras que no he encontrado, sentimientos que no he terminado de comprender o recuerdos que algún día necesitaré convertir en poesía. Quizá todavía haya versos esperándome, aunque por ahora no sepa cuáles serán ni cuándo llegarán.

Lo único que sé es que no quiero obligarme a escribir una despedida definitiva cuando ni siquiera sé si estoy preparada para escribirla.

Por eso, no voy a prometerte que estas serán las últimas palabras que te dedique. Tampoco voy a prometer que seguiré escribiéndote para siempre. No sé qué hará el tiempo con mis recuerdos ni qué lugar ocuparás en mi vida cuando hayan pasado los meses y los años.




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