Antes de los veinte

CAPITULO DOS - EMPEZAR A VIVIR

 Martes, 15 de septiembre del 1987

Hace cuatro días que mi amigo me abandonó y aún estoy enfadado con el mundo. No sé para qué sigo con esta estúpida lista. Sí, le di mi palabra de que intentaría por todos los medios hacer todo lo que está en esa lista antes de cumplir los veinte años, pero él también me prometió que lucharía hasta el final y soy de la opinión de que podría haber intentado aguantar un poco más.

Me habían dicho algunos contactos norteamericanos que desde marzo había un fármaco contra el VIH aprobado en su país y, aunque muchos son cautelosos a la hora de alabar los beneficios y en Europa aún no se ha aprobado su utilización, intenté de todas las maneras posibles que Gabriel se lo tomara.

Los médicos le recomendaron a él y a su familia que no usaran el fármaco, ya que el estado de la enfermedad estaba muy avanzado y se desconocía realmente sus beneficios. No sé cómo pueden decir algo así, cómo podían resignarse de esa forma. Yo solo quería luchar por la vida de mi amigo y agarrarme a cualquier esperanza.

Tres días después de que mi mejor amigo me obligase a hacerle aquella promesa, le tuve que contar a mi abuela todo lo que estaba sucediendo y le enseñé la lista. En cuanto empecé a correr antes de ir al hospital, mi abuela comenzó a preocuparse. No me había visto haciendo deporte en la vida, aunque ahora tengo que darle las gracias a mi amigo. Correr por las mañanas alivia mi frustración considerablemente y hacerlo antes de ir al instituto ayuda muchísimo a no explotar cuando oigo un comentario de algún idiota en clase.

Me pasé todo el verano yendo por las mañanas al hospital sin faltar un día y, en cuanto empezaron las clases, la semana pasada, lo hacía por las tardes. Ahora siento que me falta una parte de mi vida y no solo echo de menos a mi mejor amigo y hablar con él. También añoro el ir a ese horrible lugar y saludar a las enfermeras y hablar con ellas cuando me sacaban de la habitación porque le tenían que hacer algo a mi amigo.

Todos los que conocíamos a Gabriel nos hemos quedado destrozados con la noticia, incluyendo a los padres que no permitían que sus hijos visitaran a mi amigo. Me parece muy hipócrita por su parte, pero la familia de mi amigo no quiso hacer comentarios al respecto, yo los hubiese echado del entierro.

Su hermana está destrozada. El domingo por la noche, después del entierro, me trajo la bicicleta de Gabriel, algunos libros y el cuadro que le regalé unos días antes de su muerte. 

Burlándonos de la suma astronómica que pagaron por "Los girasoles" de Van Gogh, un amigo francés me envió una foto del cuadro para que lo imprimiera, lo encuaderné y se lo regalé a Gabriel. Nosotros pusimos nuestras firmas en la parte trasera de la foto, al igual que Samuel, que ese día estaba en una de sus visitas clandestinas.

Lo echo de menos, tanto que a veces me duele el pecho. Correr alivia mucho, aunque cuando me da por llorar, no veo nada y ayer me choqué contra una farola.

Otras veces sonrío sin razón, me acuerdo de cómo me decía que tenía que empezar a vivir y se inventaba anécdotas de cosas que me tocaría vivir. También recuerdo lo que me dijo unas horas antes de que su corazón dejase de latir: "Colacho, tuve mucha suerte cuando me tiraste el aguacate cuando éramos unos renacuajos. Te estaré esperando, pero no tengas prisa. Nos vemos en la otra vida". Esa última frase se me ha quedado grabada.

Gabriel, Samuel y yo no somos amigos desde siempre ni nos conocimos en el colegio. Gabriel vivía cerca de casa, por lo que nuestras familias se conocen, como todo el mundo aquí. Pero para venir a mi casa, Samuel tiene que hacerlo en bicicleta si el padre no lo trae, porque caminando tardaría una hora.

Lo del aguacate no es mentira y la primera vez que hablé con Gabriel, fue para pedirle disculpas porque le había lanzado un aguacate podrido a la espalda. No lo vi, iba despistado, encontré un aguacate que se me había quedado olvidado en la mochila hacía días y lo tiré sin darme cuenta de que él pasaba delante de la trayectoria del aguacate.

Al final, lo invité a casa y mi abuela le dejó una camiseta limpia, porque tenía restos de la fruta por toda la espalda, a pesar de que yo había intentado limpiarlo. Así fue el comienzo de nuestra amistad. Fue tan embarazoso que después de eso pocas cosas me daban vergüenza delante de mi nuevo amigo.

A pesar de ser un año mayor que yo, siempre nos llevamos muy bien y así fue como conocí a Samuel, un compañero de clase de Gabriel con el que nos pasábamos las tardes en casa. Según ellos, la merienda de mi abuela siempre era la mejor, además de que desde que mi padre me envió el primer ordenador personal, siempre estábamos haciendo de las nuestras en mi habitación.

Sí, los tres éramos muy diferentes, pero compartíamos el amor a la informática y a todo un mundo de posibilidades que se nos abría gracias a ella.

Gabriel era el guapo del grupo y siempre presumía que, a pesar de ser unos meses menor que Samuel, fue el primero en besar a una chica y el único de los tres que no era virgen, aunque hacía unos meses que Samuel se había estrenado.

Siempre que quería molestarnos, nos daba consejos de cómo intimar con una chica. Él había tenido dos novias serias, aunque no le habían durado más de dos o tres meses, y más de una docena de conquistas.

A veces pensaba que las chicas lo conquistaban a él. Era alto, tenía las espaldas anchas, practicaba toda clase de deportes, siempre estaba moreno y, aunque no se preocupaba mucho por su vestimenta, parecía que daba igual lo que se pusiese, él siempre iba a la moda. Además, era el más listo de la clase, si no hubiese sido porque el destino jugó con él, hubiese empezado ayer a estudiar en la politécnica de Madrid, junto con Samuel, que ha retrasado el viaje porque no quería irse mientras nuestro amigo estuviese en el hospital.

Samuel, al lado de Gabriel, no tenía nada que hacer con las chicas, ni lo miraban, a excepción de su novia Carolina, por supuesto. Samuel no es feo, pero parece una chica, tiene los hombros estrechos, las manos delicadas y hace tanto deporte como yo hace unas semanas, lo único que lo mantiene en forma es el surf.




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