Antes de los veinte

CAPITULO DIECISIETE - LA VIDA SERIA DISTINTA

Viernes, 8 de enero del 1988

- ¿Crees que será suficiente que examinen a ciento cincuenta mil prostitutas para evitar el contagio del SIDA en los juegos olímpicos de Seúl? - me pregunta Samuel, cuando nos sentamos en el metro y ve el reportaje del periódico del señor que está sentado en frente nuestro.

- Yo repartiría preservativos gratis a todo el que sea sexualmente activo y obligaría a comprar dos cajas a cualquiera que quiera entrar en el país - le digo levantando los hombros porque, realmente, no estoy seguro si es una buena idea.

- La vida sería muy distinta si todos los que no tuviesen una relación monógama utilizaran preservativos - dice Samuel serio, posiblemente pensando en Gabriel.

- Yo ni siquiera existiría - le digo divertido en cuanto me doy cuenta de que mis padres no me hubiesen concebido si hubiesen utilizado un condón.

- ¡Mierda! Entonces tampoco tendrías ese pedazo de piso - exclama Samuel, que aún está alucinando con el piso que me ha comprado mi padre.

- Sí, eso sí que sería una pena - ironizo, porque me hace gracia que mi amigo solo se acuerde del piso cuando hemos vivido miles de situaciones.

- No me puedes negar, Colacho, que aún no te crees en el lugar en el que vas a vivir el año que viene, hasta Claudia estaría alucinando.

Sé que tiene razón y lo mejor de todo es que está muy bien comunicado, muy cerca del parque del Retiro y a unos veinte minutos en trasporte público o en bicicleta del Instituto de Informática. Además, en el edificio cada planta tiene una vivienda, pero en el tercero, que es donde está la mía, el antiguo propietario dividió los pisos en dos y ahora tengo un piso con cuatro habitaciones y otro con dos. Este último pienso alquilarlo, aunque sea mucho más pequeño que el otro.

- Me da igual el piso, a mí lo que me importa es saber si vas a poder hacer el trabajo que acabamos de ver - le digo, porque realmente quiero ayudar al novio de mi madre, pero sobre todo quiero que Samuel se gane un dinero extra.

- Creo que sí, además, podemos trabajar juntos, tú en Tenerife y yo aquí - responde seguro de sí mismo.

- Vamos a tener que trabajar mucho, no estaba de broma cuando te conté que quiero montar una empresa contigo. Podemos buscar un pequeño local cuando tengamos más trabajos y contratar a alguien. Podríamos incluso montar ordenadores comprando los componentes y no solo prestar servicios a empresas, solo tenemos que comprar los componentes e ir montándolos conforme el cliente quiera o necesite - le recuerdo.

- ¿Y si sale mal? - me pregunta nervioso.

- ¿Y si sale bien? En principio no arriesgaremos nada, solo trabajaremos nosotros dos y no tendremos local, pero debemos ir ampliando horizontes, si la cosa empieza a animarse.

Durante un rato no hablamos ninguno de los dos, imagino que Samuel necesitará pensar tanto como yo. Son muchísimas cosas las que tengo en la cabeza, el trabajo en Madrid, el de Tenerife, la creación de una empresa y todas las posibilidades que tenemos delante de nosotros. Ahora es el momento de apostar por el cambio.

Es la primera vez que salgo de Canarias, pero nada más llegar a Madrid, me he sentido como en casa. Es una gran ciudad y tiene mucho ruido, pero me da la sensación de que pertenezco a este lugar. Quizás después de vivir aquí dos meses me aburra y me quiera volver, pero ahora mismo solo puedo ver las mil y una oportunidades que me ofrece Madrid.

Ayer Samuel me llevó a hacer un poco de turismo para variar. Lo hicimos todo caminando y en metro, porque alquilar un coche en Madrid es una locura. Mi padre me compró también dos plazas de garaje junto con el piso, pero no creo que ningún estudiante tuviese un coche en esta ciudad.

A pesar de que el novio de mi madre no pudo recibirnos en la empresa esta mañana, nos trataron de maravilla. La empresa de la familia de Joaquín es mucho mayor de lo que imaginaba, pero está un poco obsoleta con el tema de las comunicaciones, copias de seguridad, tratamiento de datos y equipos de trabajo, aunque después de cuatro largas horas de trabajo productivo, pudimos hacer un esquema para presentarles la semana que viene nuestra propuesta.

Cuando Joaquín llegó a la reunión ya casi habíamos acabado y nos enseñó la solución que le habían dado en la empresa con la que solían trabajar. No solo no solucionaba prácticamente nada, sino que estaban destinados a hacer una inversión en uno o dos años como muy tarde, porque todas las alternativas estaban anticuadas.

Cuando le hicimos una valoración de la propuesta ya presentada, el gerente de la sucursal en Madrid se quedó muy satisfecho y nos prometió ver con buenos ojos lo que le presentaríamos. El presupuesto del que disponemos me pareció prohibitivo, pero imagino que para empresas así veinte o treinta millones más o menos de pesetas es algo irrelevante.

- Creo que deberías mudarte este fin de semana para poder echarte una mano y ya terminaré yo de convencer a tus padres cuando vuelva a Tenerife para que no se molesten - le digo después de varios minutos sin que ninguno de los dos dijese nada.

- Me parece que es abusar de nuestra confianza y lo que es mucho peor, de nuestra amistad - me contesta mi mejor amigo al ponerse de pie porque, posiblemente, estamos llegando a nuestra parada.

- Si al final conseguimos el trabajo en la empresa de Joaquín, estarás mucho más cerca si te quedas en el piso, además de que podrás trabajar mejor. Dejaré mi habitación abierta y podrás utilizar mi ordenador cuando quieras y será más sencillo conectarte desde aquí. No te olvides que si todo sale bien, tendré que venir al menos una vez al mes a echarte una mano - le recuerdo.

- Sé que no debería, pero también sé que me muero por irme de mi actual habitación y tu piso es la mejor alternativa ahora mismo - me dice por fin Samuel para mi tranquilidad.

- Pero vas a tener que cocinar tú, a mí se me da de pena - le confieso.




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