Antes de olvidarte

Capítulo 1

El día que desperté , ella no estaba conmigo.

Eso es lo único que recuerdo con claridad.

No el sonido del metal retorciéndose.

No los gritos.

No el impacto brutal que partió mi mundo en dos.

Recuerdo su ausencia.

Y esa ausencia fue lo que más me dolió cuando desperté tres años después.

Dicen que cuando estás en coma no sientes nada.

Que es como dormir profundamente.

Que el cerebro se desconecta y el tiempo deja de existir.

Mienten.

Yo escuchaba voces.

Lejanas, distorsionadas, como si vinieran desde el fondo de un túnel interminable.

Algunas eran familiares. Otras no.

Pero nunca escuché la suya.

Y eso me destrozó incluso antes de abrir los ojos.

Porque Sofía no era el tipo de mujer que se rinde.

Sofía luchaba.

Sofía gritaba.

Sofía amaba con una intensidad que quemaba.

Nos amábamos así.

Como si el mundo pudiera acabarse mañana.

Como si cada beso fuera el último.

Como si cada discusión fuera una guerra que terminaba inevitablemente en reconciliación salvaje.

Éramos fuego.

Y el fuego no se apaga fácilmente.

Por eso, cuando desperté y ella no estaba… entendí algo.

Me había dejado ir.

Abrí los ojos en una habitación blanca.

Luz fría.

Olor a antiséptico.

Un pitido constante marcando el ritmo de mi corazón.

Intenté moverme.

No pude.

Mi cuerpo no me respondía.

Era como si no me perteneciera.

Como si alguien lo hubiera usado durante años sin preguntarme.

—Daniel… —escuché una voz quebrarse.

Mi madre.

Lloraba.

Y detrás de ese llanto había algo más.

Culpa.

Miedo.

Algo que no supe identificar en ese momento.

Quise hablar.

No salió nada.

Quise preguntar por Sofía.

No pude.

Pero ella tampoco estaba ahí.

Tres años.

Tres años en los que mi mundo avanzó sin mí.

Tres años en los que Sofía no estuvo.

Y nadie quiso decirme nada claro.

—Es mejor que descanses.

—Ahora lo importante es tu recuperación.

—No te alteres.

No me alterara.

¿Cómo no iba a alterarme?

Lo primero que hice cuando pude articular palabras fue preguntar su nombre.

—¿Sofía?

Silencio.

Ese tipo de silencio que pesa.

Ese que no trae respuestas, sino verdades que nadie quiere pronunciar.

—Daniel… —mi padre evitó mirarme— ahora debes concentrarte en ti.

En mí.

Claro.

Porque aparentemente yo era el único que importaba.

Pero ella era mi vida.

Y si no estaba allí después de tres años… solo había una explicación.

Se fue.

La rehabilitación fue un infierno.

Aprender a caminar otra vez.

A sostener una taza.

A coordinar movimientos simples.

Cada paso era humillante.

Cada caída me recordaba que era débil.

Y mientras mi cuerpo intentaba reconstruirse, mi mente hacía algo mucho más peligroso: llenaba los espacios en blanco.

Porque nadie me dio detalles.

Nadie explicó por qué Sofía no apareció ni una vez.

Nadie mencionó si llamó.

Si preguntó.

Si lloró.

Nada.

Y el silencio es el terreno perfecto para que crezca la sospecha.

Comencé a imaginar escenarios.

Ella cansándose de esperar.

Ella creyendo que no despertaría.

Ella reconstruyendo su vida.

Ella eligiendo no estar cuando más la necesitaba.

La idea me carcomía.

Porque Sofía prometió que nunca se iría.

Recuerdo claramente la última discusión antes del accidente.

Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.

Su voz temblaba, pero no de miedo… sino de orgullo.

—No puedes decidir por mí, Daniel. Yo elijo quedarme.

Y yo creí en eso.

Maldita sea, cómo creí.

Cuatro años más.

Cuatro años fuera del país.

Mi padre tomó la decisión de enviarme lejos para completar mi recuperación.

—Aquí todo te recordará el accidente.

No discutí.

En realidad, necesitaba distancia.

Pero la distancia no cura cuando el dolor viaja contigo.

En otro país, lejos de todo, me convertí en alguien distinto.

Más silencioso.

Más observador.

Menos impulsivo.

Aprendí a entrenar mi cuerpo hasta el límite.

A fortalecer cada músculo como si la disciplina pudiera reparar lo que el amor rompió.

Y mientras mi cuerpo se hacía más fuerte, mi corazón se volvía más frío.

Empecé a investigar.

Porque algo no cuadraba.

Tres años en coma.

Cuatro años fuera.

Siete años en total.

Y en esos siete años, Sofía desapareció de mi historia como si nunca hubiera existido.

¿Tan fácil se borra el amor?

Nosotros no éramos una historia tibia.

Éramos intensidad pura.

Nos conocimos jóvenes, sí.

Pero lo nuestro no era capricho.

Era decisión.

Era elegirnos incluso cuando discutíamos.

Era reconciliarnos como si el mundo dependiera de eso.

Y sin embargo… no estuvo.

Eso solo podía significar una cosa.

Traición.

La primera vez que vi una fotografía reciente de ella sentí algo que no esperaba.

No era solo rabia.

Era dolor.

Seguía siendo ella.

Su sonrisa intacta.

Sus ojos grandes, luminosos.

Más madura, quizás.

Más mujer.

Pero sin mí.

La imagen me golpeó como el accidente no lo hizo.

Porque entendí que su vida continuó.

Y yo fui el único que se quedó detenido.

Me pregunté si alguna vez fue al hospital.

Si la dejaron entrar.

Si la alejaron.

Pero mi familia evitaba el tema.

Demasiado.

Y cuando alguien evita tanto una verdad, es porque hay algo que no quiere que descubras.

Con el tiempo, la rabia se convirtió en propósito.

No iba a confrontarla llorando.

No iba a buscar explicaciones como un hombre herido.

Si ella me abandonó cuando estaba más vulnerable… entonces iba a conocer al hombre que surgió de esa vulnerabilidad.




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