Antes de Olvidarte
El viento golpeaba el rostro de Daniel mientras aceleraba por la carretera que lo conducía hacia la vida que había estado imaginando durante semanas. Cada semáforo, cada curva, cada luz que pasaba frente a él parecía un latido que marcaba la intensidad de su emoción. Iba a encontrarse con Sofía. Con la mujer que había cambiado su mundo de maneras que ni siquiera había sabido nombrar.
El aire frío de diciembre entraba por la ventanilla y le revolvía el cabello. Pensó en cómo sonreiría ella al verlo. Cómo sus ojos se abrirían amplios, cómo esa mezcla de sorpresa y ternura le haría perder la respiración. Todo en Daniel estaba encendido: corazón, mente y nervios, vibrando con la anticipación de un encuentro que podría definir su futuro.
Y entonces, un instante: un destello de luces, un frenazo imposible de calcular. El mundo se partió en mil fragmentos. El sonido del metal retorcido y la explosión de vidrios perforaron la realidad como una ráfaga de locura.
El dolor lo envolvió todo. Una presión en el pecho que no podía controlar. La sensación de caer, de hundirse en un vacío infinito donde los gritos eran solo ecos que no llegaban a él. Intentó gritar, pero no había aire. Intentó moverse, pero cada fibra de su ser parecía detenerse.
Y luego… la oscuridad.
Se despertó a intervalos. A veces veía luces borrosas, a veces sentía manos que lo tocaban con suavidad que no reconocía. Había voces alrededor, fragmentos de palabras que su mente no lograba reconstruir.
“Se despertó… lentamente… coma… cuatro meses…”
Su conciencia flotaba entre lo real y lo imaginario. Intentó recordar. Intentó reconstruir su vida. Pero cada intento se desvanecía en la nada.
No recordaba nada desde diciembre del 2018. Nada de los tres años que habían seguido al día en que montó su estudio de arquitectura. No recordaba los éxitos, no recordaba las risas, no recordaba el amor… no recordaba a Sofía.
Lo único firme eran sus padres, su hogar, y la sensación confusa de que algo había desaparecido. Una presencia invisible lo había abandonado sin aviso, pero su pecho reaccionaba como si hubiera estado esperando a alguien que él no podía nombrar.
Mientras su cuerpo descansaba en la habitación de hospital, su mente luchaba por recordar un mundo que no estaba allí. Y en algún lugar, alguien le susurraba una historia que no era cierta: que Sofía lo había traicionado. Que había sido su culpa. Que él había sido dejado solo, sin amor, cuando más lo necesitaba.
Sofía vivía en silencio su dolor. Cada día la floristería se llenaba de colores, aromas y vida, pero su corazón permanecía en penumbra. Subía las escaleras hacia su pequeño apartamento sobre La Vida en Flor, y cada noche, mientras ordenaba flores y acomodaba arreglos, se preguntaba cómo era posible que la vida le hubiera arrebatado a Daniel tan cruelmente.
Visitar su tumba era su ritual secreto. Tres años llevaba allí, hablando con él como si pudiera escucharla, llorando en silencio, recordando cada instante, cada sonrisa, cada caricia que él le había dado antes de desaparecer de su vida.
Y aún así, seguía adelante.
A pesar del dolor.
A pesar del vacío.
A pesar de todo.
El mundo le había enseñado a sobrevivir sin él, pero nunca a olvidarlo.
Cuando finalmente abrió los ojos después de cuatro meses, el mundo estaba irreconocible. Las voces que lo rodeaban le hablaban de personas, de fechas, de eventos que no podía ubicar en su memoria. Vio a su madre, a su padre, a sus hermanos, y cada uno le parecía familiar, pero extraño. Todo encajaba y a la vez estaba roto.
—Daniel… despierta —susurró alguien.
El sonido era familiar. Confortante. Y sin embargo… nada le decía quién era la mujer que alguna vez había sido el centro de su mundo.
Sus días se llenaron de confusión. Lucrecia, con su control silencioso, velaba por cada palabra que él escuchaba. Cada detalle que podía recordarle a Sofía estaba cuidadosamente bloqueado, borrado, escondido. Y aún así… su corazón reaccionaba. Cada vez que la sombra de una mujer aparecía en sus sueños, un dolor sordo le atravesaba el pecho, despertando algo que su memoria no podía explicar.
Fragmentos de momentos aparecían en sueños: un aroma a flores, un abrazo que lo desarmaba, un llanto silencioso que lo llamaba desde el vacío. Y él no sabía quién era ella, pero algo en su cuerpo recordaba…
Nunca hubo confrontación directa, solo insinuaciones. Pequeñas frases sembradas por Lucrecia y otros alrededor:
—Ella no estaba a tu lado cuando más lo necesitabas.
—No confíes en ella.
—Se fue y te dejó solo.
Y Daniel, confundido y vulnerable, absorbía cada palabra como si fuera verdad absoluta. Su mente vacía completaba la historia con el odio que nunca sintió, y el corazón, aunque quebrado, no entendía por qué reaccionaba con dolor cuando escuchaba su nombre en sus sueños.
¿Podrá Daniel recordar lo que su corazón nunca olvidó?
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Editado: 26.02.2026