Antes de olvidarte

Capítulo 2

Sofía

Siete años. Siete largos años en los que mi mundo se construyó sobre su ausencia.

A veces sentía que el tiempo se había detenido desde aquel accidente, como si mi vida hubiera quedado atrapada en un instante, y todo lo demás no importara. Otras veces, al mirar atrás, me daba cuenta de cuántas cosas habían cambiado, de cuánto había cambiado yo.

Cuando Daniel desapareció, no fue solo su cuerpo lo que se perdió. Fue su risa, sus manos, su olor, la manera en que me miraba como si yo fuera su universo entero. Al principio, creí que podría esperarlo para siempre. Que mientras yo respirara, habría una posibilidad de volver a encontrarnos.

Pero los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses, y los meses en años. Y en esos años, aprendí que la vida no espera a nadie. Que duele, que golpea y que no pide permiso.

Mi primera victoria llegó al abrir la floristería, un pequeño rincón que había soñado durante años. Cada flor, cada aroma, cada color, me recordaba que aún podía crear belleza en un mundo que parecía haber perdido la suya. Trabajar con mis manos, dar vida a arreglos que hablaban más que cualquier palabra, me ayudó a reconstruirme. Pero no podía borrar el vacío que Daniel dejó; solo aprendí a convivir con él.

Clara, mi mejor amiga, estuvo conmigo en cada paso. Siempre me decía:

—No puedes vivir atrapada en la ausencia de alguien que decidió irse… aunque no lo haya hecho conscientemente.

Pero ella no entendía del todo. Porque no era solo ausencia física. Daniel seguía vivo en cada rincón de mi memoria. Cada aroma, cada melodía, cada gesto inesperado me hacía recordar que lo que perdí no se podía reemplazar.

Hubo momentos de felicidad intermitente. Cumpleaños, logros profesionales, viajes con amigas. Pero siempre con ese peso invisible sobre mis hombros. Cada sonrisa era matizada por la sombra de Daniel.

Recuerdo una tarde de otoño, caminando por la playa con Clara, hablando de nuestros sueños. El sol se reflejaba en el mar, y la brisa llevaba consigo un aroma salado que me recordaba a él. Me detuve y susurré su nombre, como si la marea pudiera traérmelo de regreso:

—Daniel…

Clara me miró, con esa mezcla de ternura y paciencia que la hacía parecer más sabia que todos nosotros juntos.

—Sofi… algún día tendrás paz —dijo—. Pero mientras tanto, aprende a vivir con lo que tienes, no con lo que perdiste.

Pasaron los años y la vida continuó, con sus pequeños milagros y sus crueles decepciones. Conocí gente nueva, pero nadie lograba atravesar la barrera invisible que Daniel había dejado. Su recuerdo era un muro que nadie podía derribar, ni siquiera yo misma.

Y entonces llegó Adrián.

Nuevo en mi vida. Un hombre con una sonrisa cálida, ojos que parecían ver más allá de la superficie y un aire de seguridad que contrastaba con mi inseguridad emocional. No sabía de Daniel. No podía saber cuánto aún lo amaba. No podía imaginar que mis emociones se debatían entre el pasado y la posibilidad de algo que todavía no comprendía.

Clara lo presentó una tarde en la cafetería del barrio.

—Sofi, quiero que conozcas a alguien —dijo—. No hay presión. Solo quiero que lo conozcas.

Adrián me sonrió, con esa amabilidad natural que desconcertaba. Traté de corresponder, pero mi corazón se tensó. Cada gesto amable, cada conversación ligera, me recordaba que todavía había un espacio reservado para alguien que no volvería.

Los primeros encuentros con Adrián fueron incómodos. Me encontré comparando su voz con la de Daniel, su risa con la de Daniel, su mirada con la mirada de Daniel. Era injusto. Lo sabía. Pero mi corazón no entendía de justicia; solo entendía de ausencias que dejaban cicatrices profundas.

Aun así, había algo en Adrián que me hacía desear confiar, desear reír, desear sentir. Pero cada intento era como caminar sobre hielo delgado: podía quebrarme en cualquier momento si me permitía avanzar demasiado rápido.

Mi vida profesional se convirtió en un refugio y, a la vez, en un recordatorio constante de lo que había perdido. Cada arreglo que creaba, cada cliente satisfecho, me hacía sentir capaz de algo, aunque siempre con ese hueco donde Daniel solía estar.

Los siete años habían traído cambios

Aprendí a ser independiente, a cuidar de mí misma.

Descubrí mi fortaleza interna, esa que creí perdida cuando lo vi desaparecer

Aprendí a amar la rutina, a valorar cada momento que no podía compartir con él.

Aprendí que el amor puede persistir, incluso cuando el ser amado no está.

Que la ausencia puede ser más dolorosa que la presencia de alguien que lastima.

Que la melancolía puede enseñarte a vivir sin olvidar.

Hubo días en los que sentía que podía continuar sin él. Otros en los que lloraba sin consuelo, preguntándome cómo habría sido mi vida si Daniel hubiera estado allí. Cada decisión que tomaba, cada sonrisa que ofrecía, llevaba consigo una sombra de lo que fuimos.

Y mientras Adrián intentaba acercarse, sentía cómo mi corazón se debatía. No podía olvidarlo. No podía reemplazarlo. Pero también, no podía evitar preguntarme si alguna vez podría volver a confiar en alguien nuevo, si podría amar de nuevo sin que Daniel se convirtiera en una comparación constante.

Una noche, mientras organizaba los pedidos de la semana siguiente, me detuve frente a un ramo que combinaba rosas rojas y blancas. Las mismas que Daniel solía regalarme en ocasiones especiales. Mi mano tembló al tocarlas, y por un momento sentí su presencia, como si pudiera rozar mi piel con sus dedos.

—Sofi… —susurré al vacío, sintiendo cómo la melancolía me envolvía por completo—. Nunca podré olvidarte.

Clara apareció entonces, como siempre, sin interrumpir el silencio. Solo me tomó de la mano y permaneció allí, recordándome que, aunque el dolor me acompañara, no estaba sola.

Adrián me esperaba afuera, paciente, respetuoso. Y aunque me resultaba imposible ignorarlo, mi corazón seguía atado a un pasado que no podía recuperar.




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