Sofía no durmió esa noche.
Lo intentó.
Se acostó, cerró los ojos, respiró profundo… pero cada vez que lo hacía, la misma imagen volvía una y otra vez.
Daniel.
De pie frente a ella.
Vivo.
Frío.
Distante.
Como si los siete años que ella había pasado llorándolo no significaran nada.
Se giró en la cama por tercera vez.
Miró el reloj.
6:12 a.m.
Se sentó de golpe.
No podía quedarse así.
No podía seguir imaginando respuestas.
Necesitaba verlo.
Necesitaba entender.
Aunque no supiera exactamente qué iba a decirle.
Se levantó, se vistió con rapidez y, sin pensarlo demasiado, tomó su bolso.
Clara aún dormía en el sofá.
Sofía la observó unos segundos.
—Lo siento… —susurró— pero tengo que hacerlo.
Y salió.
El edificio de Aureo Studio Arquitectura lucía distinto bajo la luz de la mañana.
Más sobrio.
Más imponente.
Menos festivo que la noche anterior.
Sofía se detuvo frente a la entrada unos segundos.
Sintió ese mismo nudo en el pecho.
Esa mezcla de ansiedad y miedo.
Pero esta vez no retrocedió.
Entró.
El interior era elegante, minimalista. Espacios abiertos, líneas limpias, vidrio, acero y madera en tonos neutros.
Todo tenía el sello de alguien que controlaba cada detalle.
Como Daniel.
—Buenos días —la saludó la recepcionista con una sonrisa profesional—. ¿En qué puedo ayudarte?
Sofía dudó apenas un segundo.
—Busco a Daniel de la Rivas.
La recepcionista revisó rápidamente en su computadora.
—¿Tiene cita?
Sofía negó.
—No… pero es importante.
La mujer levantó la mirada, evaluándola.
Tal vez fue la forma en que Sofía sostenía la mirada.
O la tensión evidente en su expresión.
—Un momento —dijo finalmente.
Tomó el teléfono.
—Señor de la Rivas, hay alguien preguntando por usted.
Pausa.
La recepcionista miró nuevamente a Sofía.
—Dice que es Sofía.
Silencio.
Sofía sintió cómo su corazón se aceleraba.
La mujer asintió levemente.
—Sí, señor.
Colgó.
—Puede pasar.
El pasillo parecía más largo de lo que realmente era.
Cada paso se sentía pesado.
Como si caminara hacia algo que no podía detener.
La puerta al final estaba entreabierta.
Sofía respiró profundo.
Y empujó suavemente.
Daniel estaba de pie frente a una mesa amplia de trabajo, revisando unos planos.
La luz de la mañana entraba por los ventanales, iluminando parcialmente su figura.
Llevaba una camisa blanca, las mangas ligeramente recogidas hasta los antebrazos, dejando ver la tensión en sus músculos. El pantalón oscuro y el reloj elegante completaban una imagen impecable.
Pero no era eso lo que imponía.
Era él.
La forma en que se mantenía erguido.
La seguridad en sus movimientos.
Y esa frialdad que parecía envolverlo.
No levantó la mirada de inmediato.
—Pensé que tardarías más.
La voz de Daniel fue baja.
Controlada.
Sofía se quedó quieta.
—¿Sabías que vendría?
Daniel levantó la vista lentamente.
Y cuando sus ojos se encontraron…
El aire volvió a desaparecer.
—Sí.
Sofía dio un paso hacia adelante.
—¿Cómo?
Daniel dejó el plano sobre la mesa.
—Porque no eres de las que se quedan con dudas.
Sofía frunció ligeramente el ceño.
—No.
Hizo una pausa.
—No lo soy.
El silencio se instaló entre ellos.
Pesado.
Denso.
Sofía lo miraba con una mezcla de emociones que no podía ordenar.
Alegría.
Dolor.
Confusión.
—Daniel… —comenzó— yo…
Pero no supo cómo seguir.
Porque había demasiadas preguntas.
Demasiadas cosas sin sentido.
Daniel caminó lentamente alrededor de la mesa.
Cada paso medido.
Cada movimiento calculado.
Se detuvo a unos pasos de ella.
—¿Viniste a decir algo en específico?
El tono era neutro.
Pero distante.
Como si hablara con una conocida.
No con alguien que había sido su mundo.
Sofía tragó saliva.
—Quería saber por qué.
Daniel levantó ligeramente una ceja.
—¿Por qué qué?
—Por qué estás así conmigo.
Ahí estaba.
Directo.
Honesto.
Daniel la observó unos segundos.
Demasiados.
Como si evaluara cada palabra antes de responder.
—No entiendo a qué te refieres.
Sofía sintió un pequeño golpe en el pecho.
—Sí entiendes.
Su voz tembló apenas.
—Anoche… la forma en que me hablaste… la forma en que me miraste…
Daniel sostuvo su mirada.
—No veo el problema.
Eso dolió.
Más de lo que esperaba.
—Daniel… —su voz bajó— yo pensé que estabas muerto.
El silencio se hizo más pesado.
Por un segundo…
solo un segundo…
algo se movió en la mirada de Daniel.
Pero desapareció.
—Eso no cambia nada.
Sofía frunció el ceño.
—¿Cómo que no cambia nada?
Daniel dio un paso más cerca.
Su presencia era abrumadora.
—Las cosas cambian con el tiempo.
Su voz fue firme.
—Las personas también.
Sofía negó con la cabeza.
—No así.
Lo miró directamente.
—No después de lo que fuimos.
Daniel apretó ligeramente la mandíbula.
Ahí estaba.
El error.
Porque esas palabras removieron algo.
Algo que él había enterrado.
Pero no lo mostró.
No podía.
No quería.
—Eso ya no importa.
Sofía sintió como si le quitaran el aire.
—Para mí sí.
El silencio volvió.
Daniel la observó.
Más tiempo del necesario.
Y por primera vez…
no fue completamente indiferente.
Pero lo ocultó.
—Entonces ese es tu problema.
Las palabras fueron frías.
Cortantes.
Sofía retrocedió medio paso.
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Editado: 18.03.2026