La lluvia golpeaba los ventanales con tanta fuerza que apenas podía escuchar mis propios pensamientos.
La mansión estaba completamente a oscuras.
Solo unas pocas luces de emergencia permanecían encendidas en los pasillos, proyectando sombras largas sobre las paredes.
Corría.
No sabía cuánto tiempo llevaba haciéndolo.
Solo sabía que tenía que llegar hasta ella.
—¡Elena!
Mi voz se perdió entre el ruido de la tormenta.
Nadie respondió.
Seguí avanzando por el pasillo mientras el agua de la lluvia golpeaba los cristales.
Entonces escuché un ruido detrás de mí.
Me detuve.
Silencio.
Giré lentamente la cabeza.
Nada.
Continué caminando.
Mi mano estaba cubierta de sangre.
No sabía si era mía.
Pero no tenía tiempo para averiguarlo.
Llegué hasta una puerta.
Estaba entreabierta.
La empujé.
—Elena...
Ella estaba allí.
De pie junto a la ventana.
Su vestido estaba completamente empapado y su cabello caía sobre su rostro.
Cuando me vio, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Por qué viniste?
Me acerqué.
—Porque te prometí que siempre te protegería.
Ella negó con la cabeza.
—Ya no puedes hacerlo.
Me detuve.
Había algo en su voz que me hizo sentir un vacío en el pecho.
—¿Qué ocurrió?
Elena bajó la mirada.
—Todo fue por mi culpa.
—No.
—Si nunca me hubiera casado contigo...
—No digas eso.
—Si hubiera confiado en ti desde el principio...
Cerré los ojos durante un instante.
Había esperado escuchar esas palabras durante demasiado tiempo.
Pero ahora ya no significaban lo mismo.
—Elena.
Ella levantó la mirada.
—Yo te amé desde el primer día.
Sus labios temblaron.
—Lo sé.
—No. No lo sabías.
Di un paso hacia ella.
—Y quizá ese fue mi mayor error.
Un fuerte estruendo hizo temblar los ventanales.
Elena retrocedió.
Entonces escuchamos un ruido en el piso inferior.
Alguien había entrado.
Mi expresión cambió.
—Quédate aquí.
—Adrian...
—No salgas de esta habitación.
Ella tomó mi brazo.
—Tengo miedo.
La miré.
Por primera vez, pude ver en sus ojos algo que nunca había visto durante nuestro matrimonio.
Miedo a perderme.
—No te va a pasar nada.
Me aparté lentamente de ella.
Pero antes de salir, escuché su voz.
—Adrian.
Me detuve.
—¿Sí?
Ella respiró profundamente.
—Si algo me sucede... quiero que sepas que...
No terminó la frase.
Una explosión sacudió la mansión.
Las luces se apagaron por completo.
Elena gritó.
Regresé inmediatamente hacia ella.
Pero entonces escuché pasos.
Alguien estaba acercándose.
Rápidamente.
Demasiado rápidamente.
Me coloqué delante de Elena.
La puerta se abrió.
Y durante un instante, nuestras miradas se encontraron.
No reconocí al hombre.
Pero él sí me reconoció a mí.
Sonrió.
—Finalmente.
Mis manos se cerraron en puños.
—¿Quién te envió?
El hombre no respondió.
Solo levantó el arma.
Me lancé sobre Elena.
El disparo atravesó el silencio.
Ella gritó.
Caí de rodillas.
Sentí un dolor intenso en el pecho.
Pero no podía detenerme.
No todavía.
Porque detrás de aquel hombre había algo mucho más grande que un simple intento de asesinato.
Una conspiración.
Una mentira.
Una traición que había comenzado mucho antes de aquella noche.
Y, sin saberlo, Elena y yo habíamos estado caminando directamente hacia ella.
---
Tres años antes...
Nunca imaginé que el día de mi boda comenzaría con una amenaza.