El olor a café cargado y tierra mojada siempre sería el aroma de la normalidad para Ilia.
O al menos, de lo que le quedaba de ella.
—Si sigues mordiéndote el labio de esa manera, vas a terminar sangrando, Ilia —la voz profunda y ligeramente ronca de Nickolai Kovach resonó en el pasillo de la facultad de ciencias.
Ilia dio un pequeño brinco, apartando la mirada de los apuntes de bioquímica que sostenía entre las manos. Nickolai estaba apoyado contra los casilleros, con los brazos cruzados sobre su pecho robusto y esa clásica expresión indescifrable que ahuyentaba al noventa por ciento de la universidad. Vestía su chaqueta de cuero negro y cargaba una mochila sobre un solo hombro. Para cualquiera en el campus, Nickolai era el Alfa dominante al que era mejor no mirar a los ojos; una fuerza de la naturaleza fría, calculadora y letalmente atractiva.
Para Ilia, sin embargo, Nickolai era simplemente el idiota posesivo que insistía en pasar a buscarlo todos los días después de clases desde que tenían diez años.
—Es el examen final, Nick. Si repruebo esta materia, perderé la beca —replicó Ilia, acomodándose las gafas con nerviosismo. Un mechón de cabello castaño le cayó sobre la frente—. Y tú deberías estar preocupado. El profesor Ivanov no tiene piedad con los Alfas flojos.
Nickolai soltó un bufido despectivo, dando un paso al frente. Al acortar la distancia, Ilia sintió el sutil pero inconfundible golpe de las feromonas de su amigo: un aroma a madera de roble, tormenta y ceniza. Era una fragancia imponente que usualmente hacía que otros Omegas se encogieran o buscaran sumisión. Pero Ilia estaba acostumbrado. Llevaba meses usando supresores de contrabando de la más alta calidad para camuflar su propio aroma dulce y presentarse ante el mundo como un Beta común. No quería que las leyes de castas arruinaran su vida estudiantil... y mucho menos su amistad con Nickolai.
—Ivanov puede decir lo que quiera. Sabes que no me importa —dijo Nickolai, deteniéndose a escasos centímetros de él. Con una lentitud casi deliberada, extendió una de sus manos grandes y callosas, atrapando el mentón de Ilia con suavidad pero con firmeza. Sus ojos oscuros escanearon el rostro del menor—. Estás pálido. ¿Has estado comiendo bien? ¿O pasaste la noche en vela otra vez?
—Comí... una manzana —susurró Ilia, sintiendo un repentino calor en las mejillas. La cercanía de Nickolai siempre provocaba un caos silencioso en su interior, un tironeo biológico que se esforzaba por reprimir.
—Una manzana no es comida, Ilia. Después de esto, iremos a...
Las palabras de Nickolai se congelaron en el aire.
Un grito desgarrador, agudo e inhumano cruzó el patio central del campus, filtrándose por los grandes ventanales del pasillo. No era el grito de una broma universitaria. Era el sonido del terror puro.
Ilia pestañeó, confundido, pero la reacción de Nickolai fue instantánea. Su postura se tensó como la de un depredador en alerta máxima. Sus pupilas se dilataron y sus fosas nasales se contrajeron, captando algo en el ambiente que el olfato humano común no podía percibir.
—Huele a muerto —mutó Nickolai, con la voz volviéndose peligrosamente grave—. Huele a sangre podrida.
De repente, los altavoces del campus cobraron vida con una estática estridente que lastimó los oídos de todos. La voz del decano sonó distorsionada, temblorosa y desesperada:
«Atención a todo el personal y estudiantes. Esto no es un simulacro. Se les ordena evacuar inmediatamente a las zonas de seguridad. No se acerquen a las puertas principales. Repito, no se acerquen a... ¡Ahg! ¡Sáquenlo, sáquenlo de aquí! ¡No, espera, esper—!»
La transmisión se cortó con un crujido seco, seguido de sonidos de forcejeo y mordiscos que helaron la sangre de Ilia.
Segundos después, el caos absoluto se desató. El ventanal del extremo del pasillo estalló en mil pedazos cuando un cuerpo ensangrentado salió disparado contra el vidrio. Era uno de los guardias de seguridad, pero sus ojos estaban completamente inyectados de sangre, la mandíbula desencajada y los dedos rotos mientras intentaba morder el cuello de una estudiante que corría despavorida.
—¡¿Qué demonios es eso?! —exclamó Ilia, dando un paso atrás, con el corazón golpeándole el pecho con violencia.
La universidad se convirtió en un infierno en cuestión de instantes. Estudiantes corriendo en todas direcciones, tropezando, pisoteándose unos a otros mientras figuras grotescas, con ropas rasgadas y movimientos espasmódicos, se abalanzaban sobre ellos con una ferocidad salvaje.
Un Alfa de último año, asustado y cegado por el pánico, empujó con fuerza a Ilia en su intento por huir hacia las escaleras de emergencia. Ilia perdió el equilibrio y cayó al suelo, soltando sus apuntes, los cuales se esparcieron por el piso ahora manchado de sangre. El Alfa fugitivo ni siquiera miró atrás, pero antes de que pudiera dar tres pasos más, la enorme figura de Nickolai lo interceptó, tomándolo de la solapa de la camisa y estampándolo contra la pared con una fuerza bruta que le sacó el aire.
—¡Vuelve a tocarlo y te arranco los malditos dientes! —rugió Nickolai, con la voz impregnada de una orden Alfa tan potente que hizo que varios estudiantes a su alrededor cayeran de rodillas por el puro instinto de sumisión.
Nickolai soltó al tipo y se giró de inmediato hacia Ilia. Se arrodilló frente a él, ignorando por completo el caos que los rodeaba, los cristales rotos y los gritos de muerte. Sus manos tomaron los hombros de Ilia con una posesividad desesperada, obligándolo a mirarlo directamente a los ojos.
—Mírame, Ilia. Mírame a mí —ordenó Nickolai, con los ojos inyectados en una furia protectora—. Olvídate de los papeles. Olvídate de la clase. Nos largamos de aquí ahora mismo.
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Editado: 20.09.2026