Antes de que el mundo sangre

El sabor del escape

El motor de la motocicleta de Nickolai rugió como una bestia enjaulada, cortando el aire impregnado de humo y pánico.

Ilia iba aferrado a la cintura del Alfa con tanta fuerza que sentía los músculos tensos de la espalda de Nickolai trabajar con cada maniobra. El campus universitario se había convertido en un laberinto de autos chocados, estudiantes corriendo sin rumbo y esas cosas persiguiéndolos con una velocidad espantosa. Nickolai esquivó un sedán en llamas y aceleró a fondo, subiéndose a la acera para esquivar a un grupo de tres infectados que intentaron abalanzarse sobre la llanta delantera.

¡Sujetate bien! —bramó Nickolai por encima del estruendo del motor, golpeando con el codo a un infectado que se acercó demasiado antes de enfilar la moto hacia la autopista principal.

Detrás de ellos, la silueta de la universidad se desvanecía entre columnas de humo negro. Las calles de la ciudad no estaban mejor: los semáforos parpadeaban en amarillo, las alarmas de los locales comerciales sonaban al unísono y el tráfico comenzaba a colapsar. Nickolai condujo con una precisión casi quirúrgica, metiéndose entre los espacios de los autos detenidos hasta que finalmente lograron llegar a una antigua zona industrial abandonada en las afueras, un lugar que Nickolai usaba a menudo como taller improvisado para su moto.

Cuando el motor por fin se apagó dentro del oscuro almacén de ladrillos, el silencio resultante fue ensordecedor.

Ilia se bajó de la motocicleta con las piernas temblándole como gelatina. Se quitó el casco con torpeza y se apoyó contra una mesa de trabajo llena de herramientas, tratando de regular su respiración. El pecho le subía y bajaba con violencia.

Nickolai se bajó de la moto con calma, pero no bajó la guardia. Dejó la llave inglesa sobre el asiento y caminó lentamente hacia Ilia. Sus ojos oscuros, fijos y calculadores, no se apartaron de él ni un segundo.

¿Estás herido? —preguntó Nickolai, con su voz volviendo a ese tono bajo y peligrosamente protector.

No, no... estoy bien. Solo... asustado —logró decir Ilia, pasándose una mano por el cabello sudado.

Nickolai dio un paso más, invadiendo el espacio personal de Ilia. Había algo diferente en el aire del almacén. El esfuerzo físico, el pánico de la huida y el sudor estaban haciendo que los supresores de Ilia flaquearan sutilmente. Una nota extremadamente leve, casi imperceptible, de vainilla dulce y lirios comenzó a filtrarse a través del penetrante olor a gasolina y óxido.

Nickolai inclinó la cabeza hacia un lado, contrayendo levemente las fosas nasales. Sus ojos se entrecerraron.

Es extraño —comentó Nickolai con una tranquilidad que contrastaba brutalmente con el fin del mundo que ocurría afuera. Se apoyó con una mano en la mesa, justo al lado de la cadera de Ilia, atrapándolo sutilmente—. Esas cosas afuera... los infectados. Estaban cazando a cualquiera que se moviera. Alfas, Betas... a todos.

Sí, Nick. Es un virus. Ataca a cualquiera —dijo Ilia, intentando disimular su nerviosismo y dando un paso lateral, pero Nickolai lo siguió con la mirada, bloqueándole el escape de forma sutil.

Ya lo sé. Pero cuando caíste en el pasillo, tres de esos malditos pasaron de largo a tu lado para atacar al Alfa que te empujó. Fue como si por un segundo... no te vieran. O no les interesaras —Nickolai estiró una mano y rozó suavemente el cuello de Ilia, justo sobre la glándula donde los Omegas suelen llevar su aroma. Ilia se tensó por completo—. Y ahora que nos detuvimos... hueles diferente, Ilia. Los Betas no huelen así cuando tienen miedo. Los Betas huelen a sudor agrio. Tú hueles a algo que me dan ganas de destrozar a cualquiera que entre por esa puerta.

A Ilia se le congeló la sangre. Nickolai era demasiado inteligente. No estaba presionando de golpe, estaba soltando pistas, analizando sus reacciones como el depredador que era.

Es el perfume que compré la semana pasada, Nick —mintió Ilia, tratando de mantener la voz firme mientras apartaba la mano del Alfa de su cuello—. Y respecto a los infectados... supongo que tuve suerte. El otro tipo hacía más ruido.

Nickolai esbozó una sonrisa de lado, una mueca fría que no llegó a sus ojos. Dio un paso atrás, dándole un respiro a Ilia, pero la intensidad de su mirada no disminuyó. Sabía que su amigo estaba escondiendo algo, y en este nuevo mundo sin leyes, los secretos podían costar la vida.

Suerte, claro —murmuró Nickolai, volviendo a tomar su llave inglesa de metal—. Vamos a bloquear la entrada principal. Si esa "suerte" tuya se termina, voy a necesitar que me digas la verdad, Ilia. Porque afuera las cosas van a ponerse peor, y necesito saber exactamente qué es lo que estoy protegiendo del resto del mundo.

Ilia tragó saliva, mirando la espalda de su amigo mientras caminaba hacia las puertas del almacén. Los supresores no iban a durar otra semana, y el instinto de Nickolai solo se volvería más fuerte a medida que el caos aumentara.




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