El silencio de la mañana siguiente era irreal. El almacén industrial había servido de refugio temporal, pero el estómago de Ilia rugiendo delató la cruda realidad: no tenían provisiones. El agua se agotaría pronto y la adrenalina del día anterior les había cobrado una factura muy alta en energía.
—Nos moveremos a pie —sentenció Nickolai, ajustándose una mochila vacía y asegurando la llave inglesa en su cinturón. Había sumado a su arsenal un tubo de metal afilado que encontró en el taller—. La moto hace demasiado ruido y no sabemos cuántas de esas cosas hay en las avenidas principales. Hay un supermercado exprés a cuatro calles de aquí. Entramos, tomamos lo necesario y regresamos.
Ilia asintió en silencio, acomodando la desgastada chaqueta de mezclilla que llevaba. El olor a vainilla de su aroma seguía contenido a duras penas por la última dosis de supresores que le quedaba en el sistema, pero el sudor frío y la tensión constante no ayudaban a ocultarlo.
Caminar por las calles vacías se sentía como avanzar por un cementerio de concreto. Autos abandonados con las puertas abiertas, pertenencias tiradas en el suelo y manchas de sangre seca decoraban las aceras. En dos ocasiones tuvieron que esconderse detrás de contenedores de basura mientras un infectado pasaba arrastrando los pies, emitiendo un gorgoteo gutural que erizaba la piel.
Cuando llegaron al supermercado, la puerta de cristal corrediza estaba parcialmente rota. El interior estaba a oscuras y reinaba un desorden absoluto: estantes derribados, comida esparcida y un espeso olor a descomposición.
—Quédate cerca de mí —susurró Nickolai, con los ojos brillando en la penumbra.
Avanzaron con cautela por el pasillo de los enlatados. Ilia comenzó a meter rápidamente latas de atún, frijoles y un par de botellas de agua en su mochila. El crujido de una bolsa de plástico al fondo del pasillo los obligó a congelarse.
Nickolai levantó el tubo de metal de inmediato, colocándose frente a Ilia en una postura puramente defensiva. Sin embargo, de la oscuridad no salió un zombi, sino tres hombres armados con bates de béisbol y cuchillos de caza. Sus ropas estaban sucias y sus expresiones reflejaban una desesperación salvaje.
El hombre del centro, un Alfa robusto y con una cicatriz en la mejilla, soltó una risa seca al verlos.
—Vaya, vaya... miren lo que encontramos. Más bocas que alimentar intentando robarnos la comida —dijo el sujeto, dando un paso al frente. De repente, su nariz se contrajo en el aire y una sonrisa lasciva apareció en su rostro—. Esperen un momento... ¿Qué es este olor? No es un Beta común. Tienes un Omega contigo, muchacho.
Ilia sintió que el corazón se le detenía. El estrés del encuentro había provocado un pico en sus hormonas, haciendo que las notas dulces de su aroma traspasaran la barrera de los supresores.
—Da un paso más y será el último —advirtió Nickolai. Su voz no fue un susurro; fue un gruñido sordo que vibró en las paredes del lugar. Sus feromonas de Alfa dominante estallaron con una violencia territorial tan aplastante que el almacén pareció enfriarse de golpe.
—Somos tres y ustedes son dos niños. Déjanos al Omega y tal vez te permitamos llevarte un par de latas, idiota —amenazó el segundo hombre, levantando el bate.
No hubo más advertencias. Nickolai se movió con una velocidad inhumana. Antes de que el líder pudiera reaccionar, Nickolai acortó la distancia y clavó el tubo de metal directamente en el hombro del hombre, derribándolo contra un estante. El estruendo de los productos cayendo desató el caos.
El segundo sujeto intentó golpear a Nickolai por el costado, pero este esquivó el impacto con reflejos militares, le arrebató el bate de un tirón y lo usó para golpearlo con una fuerza brutal en la rodilla, rompiéndola al instante. El hombre cayó al suelo gritando de dolor. El tercero, al ver a sus dos compañeros neutralizados en menos de diez segundos por un solo Alfa furioso, dejó caer su cuchillo y retrocedió con las manos en alto, temblando.
—¡Espera, espera! ¡no nos hagas nada! —suplicó el superviviente, con los ojos fijos en la mirada inyectada en sangre de Nickolai.
Nickolai respiraba agitadamente, con la mandíbula apretada y los nudillos ensangrentados. Se acercó al hombre que temblaba, deteniéndose a centímetros de su rostro.
—Si vuelvo a ver sus caras cerca de este sector, no los dejaré tirados en el suelo. Los usaré como cebo para los muertos —dijo Nickolai con una frialdad que heló la sangre de Ilia—. Largo. Ahora.
El sujeto herido de la pierna fue arrastrado por su compañero ileso mientras huían despavoridos por la salida trasera, dejando un rastro de quejidos.
Nickolai se giró lentamente hacia Ilia. Su mirada seguía siendo la de un depredador salvaje, con las pupilas dilatadas por el instinto de combate. Sin embargo, al ver a Ilia temblando contra el estante, la rigidez de su cuerpo disminuyó un poco. Caminó hacia él y lo tomó del brazo, obligándolo a caminar hacia la salida.
—Nos vamos. El ruido va a atraer a los infectados —dijo Nickolai, arrastrándolo fuera del supermercado.
Una vez que regresaron a la relativa seguridad del almacén industrial y trancaron la puerta, Nickolai soltó a Ilia. Se dio la vuelta, cruzándose de brazos, bloqueando la única salida del taller. Su mirada ya no era de furia hacia un enemigo, sino de una profunda y sutil exigencia hacia su amigo.
—El perfume de la semana pasada no atrae a los Alfas de esa manera, Ilia —soltó Nickolai, dando un paso lento pero firme hacia él. El aroma a vainilla en el almacén era ahora innegable—. Esos malditos te identificaron al segundo. No eres un Beta. Jamás lo has sido. ¿Por qué te estás escondiendo de mí?
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Editado: 20.09.2026