Antes de que el mundo sangre

Prioridades en el fin del mundo

Los golpes violentos contra la gran puerta de metal del almacén hicieron retumbar las paredes de ladrillo. Afuera, los gorgoteos y los rasguños desesperados indicaban que los infectados del supermercado los habían seguido.

Sin embargo, adentro, la atmósfera no estaba más pacífica.

¡Que no soy un Omega, Kovach! ¡Te digo que tengo un problema hormonal severo y ya está! —exclamó Ilia, cruzándose de brazos y desviando la mirada con indignación infantil, ignorando olímpicamente el hecho de que las ventanas superiores estaban vibrando por los zombis.

¿Un problema hormonal? —Nickolai soltó una risa seca, irónica, dando un paso al frente mientras sostenía el tubo de metal en una mano—. Vaya, no sabía que los desajustes hormonales venían con olor a vainilla de repostería francesa e incitaban a tres cavernícolas a querer secuestrarte. Qué científico de tu parte, Ilia. Deberías escribir una tesis sobre eso si salimos vivos de aquí.

¡Es un perfume caro, idiota! ¡Pero claro, como tú solo hueles a perro mojado y a leña quemada, no sabes de marcas! —replicó Ilia, señalándolo con un dedo acusador, con las mejillas encendidas por el enojo y el pánico combinado.

Un golpe brutal hizo ceder unos centímetros la tranca de madera de la entrada principal. Un gemido espeluznante se coló por la rendija.

¿Perro mojado? —Nickolai entrecerró los ojos, visiblemente ofendido en su orgullo de Alfa—. Te recuerdo que este "perro mojado" acaba de romperle la rodilla a un tipo para que no te llevaran a su cueva, falso Beta. Además, si fueras un Beta, no te habrías puesto a temblar como un cachorrito cuando usé mi voz de mando en el pasillo. Siempre haces ese tic con la nariz cuando mis feromonas te molestan. Te conozco desde los diez años, Ilia. Sé cuándo mientes.

¡No hago ningún tic! —Ilia se arrugó la nariz de inmediato, dándole la razón sin querer. Al darse cuenta, bufó con frustración—. ¡Y no me digas qué hacer! ¡Hay como veinte monstruos intentando tirar la puerta abajo y tú estás aquí jugando al detective privado! ¿No se supone que los Alfas tienen un instinto de preservación o algo así? ¡Muévete y ponle más peso a esa puerta!

Oh, disculpa. No sabía que el señorito "aroma a pastel" ahora daba las órdenes de estrategia militar —ironizó Nickolai, aunque no tardó ni un segundo en caminar hacia un pesado estante de herramientas de hierro.

Con un gruñido de esfuerzo que hizo que las venas de sus brazos se marcaran brutalmente, Nickolai empujó el mueble, arrastrándolo por el suelo de concreto hasta sellar por completo el portón principal. La estructura vibró cuando dos infectados chocaron del otro lado, pero la barricada resistió.

Ilia soltó un suspiro de alivio, dejándose caer sobre una caja de madera. Sin embargo, la tregua duró poco. Nickolai se limpió el polvo de las manos en los pantalones, se giró lentamente y volvió a clavarle esa mirada insistente y burlona.

Listo. Puerta asegurada —dijo Nickolai, caminando de regreso hacia él con paso lento—. Ahora, volviendo a tu increíble y muy creíble "problema hormonal"... ¿Vas a decirme la verdad o tengo que esperar a que te dé tu primer celo para que dejes de actuar como un niño testarudo?

Ilia se encogió en su lugar, agarrando los bordes de la caja de madera. La ironía de Nickolai se había desvanecido un poco, dejando espacio a esa persistente y cálida preocupación que siempre lo caracterizaba cuando se trataba de él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.