Antes de que el mundo sangre

La verdad detrás del aroma

Los golpes en la puerta principal se habían transformado en un rasguño constante y sordo. Los infectados seguían afuera, pero el estante de hierro sostenía el peso del mundo exterior. Adentro, sin embargo, el espacio entre Nickolai e Ilia se sentía más estrecho que nunca.

Ilia mantuvo la mirada fija en sus tenis sucios, jugando con un hilo suelto de su chaqueta de mezclilla. La valentía irónica de hace unos minutos se había evaporado, dejando al descubierto el agotamiento físico y el miedo real.

No quería que cambiaras conmigo —soltó Ilia en un susurro, tan bajo que casi se pierde en la penumbra del almacén.

Nickolai, que había estado limpiando el sudor de su frente con el dorso de la mano, se detuvo en seco. La expresión burlona desapareció por completo de sus facciones, reemplazada por una seriedad absoluta. Dio dos pasos lentos y se sentó en el suelo de concreto, justo frente a la caja de madera donde Ilia estaba encogido. A esa distancia, sus rodillas casi se tocaban.

¿De qué estás hablando, Ilia? —preguntó Nickolai, con la voz desprovista de cualquier rastro de burla.

De nosotros, Nick —Ilia finalmente levantó la vista, revelando unos ojos brillantes y cristalinos detrás de sus gafas—. De las castas. De lo que la sociedad espera de un Alfa dominante y un Omega. Vi lo que pasó con mi hermano mayor cuando se presentó. Su mejor amigo de la infancia era un Alfa; jugaban fútbol, compartían ropa, eran inseparables. Pero en cuanto el lazo biológico y las feromonas entraron en juego, la amistad murió. Se convirtió en posesividad, en dinámicas de poder, en sumisión obligatoria. El Alfa dejó de verlo como a un igual y empezó a verlo como una propiedad.

Nickolai escuchaba en silencio, con la mandíbula tensa, pero sin interrumpir.

Yo no quería eso para nosotros —continuó Ilia, con la voz temblándole sutilmente mientras una solitaria nota de vainilla pura se escapaba en el aire—. Eres mi mejor amigo, Nick. El único que estuvo ahí cuando todos los demás me daban la espalda. Tenía terror de que, si descubrías que era un Omega, empezaras a mirarme de otra forma. Que me trataras como a alguien débil que necesita ser reclamado, en lugar de... en lugar de Ilia, el chico tonto con el que creciste. Por eso compré los supresores. Por eso mentí.

Un silencio espeso cayó entre los dos. Afuera, un zombi emitió un alarido seco, pero adentro el tiempo parecía haberse detenido.

Nickolai exhaló un suspiro largo por la nariz. Extendió su mano grande y, con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la violencia con la que había peleado esa misma mañana, colocó sus dedos sobre la mejilla de Ilia, obligándolo a sostenerle la mirada. Su pulgar rozó suavemente el pómulo del menor.

Eres un idiota, Ilia —dijo Nickolai, pero el insulto sonó casi como una caricia—. Un idiota muy inteligente, pero un idiota al fin y al cabo.

Ilia pestañeó, confundido por la falta de enojo en el Alfa.

¿De verdad pensaste tan poco de mí? —continuó Nickolai, y por primera vez, una pizca de vulnerabilidad brilló en sus ojos oscuros—. Llevo diez años cuidándote las espaldas no porque la biología me lo ordene, sino porque eres tú. Me importa un demonio si eres un Beta, un Omega o un maldito zombi de los de afuera. Eres Ilia. Mi prioridad siempre has sido tú, y eso no va a cambiar porque tu cuerpo huela a dulce.

El corazón de Ilia dio un vuelco violento dentro de su pecho. El calor de la mano de Nickolai se extendía por su piel, provocando que su instinto de Omega, tanto tiempo reprimido, diera un ronroneo silencioso de alivio al sentirse a salvo.

Pero hay un problema —añadió Nickolai, suavizando su tono mientras dejaba caer su mano hacia el cuello de Ilia, rozando sutilmente la glándula de aroma que ahora latía con fuerza—. Esos supresores están perdiendo efecto por el estrés. Tu aroma está inundando el taller, Ilia. Y si nosotros logramos olerlo, otros Alfas allá afuera también lo harán. En este maldito fin del mundo, ya no hay leyes que los detengan.

Ilia tragó saliva, consciente de la alarmante verdad en las palabras de su amigo.

¿Qué se supone que haga entonces? —preguntó Ilia, con los ojos fijos en los labios del Alfa.

Nickolai se acercó un centímetro más, permitiendo que su aroma a madera y tormenta envolviera por completo a Ilia, camuflándolo del exterior.

Vas a tener que dejar que te proteja de verdad. Sin secretos. Sin mentiras —sentenció Nickolai, con una mirada fija y posesiva que hizo temblar las piernas de Ilia—. Porque la próxima vez que un Alfa intente olfatearte como lo hicieron en el supermercado, no me voy a limitar a romperles una pierna. Los voy a matar.




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