Antes de que el mundo se apague

La canción que no quería escuchar

Iași, Rumanía — Otoño de 1938

La irritación no había empezado esa mañana; llevaba horas anidando bajo su piel, impregnada en su ropa con el olor a humo de la noche anterior.

La comunidad se había reunido alrededor de la fogata, como lo hacían tantas veces. Violines al viento, palmas rítmicas, niños zigzagueando entre las faldas de las mujeres y el resplandor de las brasas recortándose contra el cielo negro de Iași. Era una noche de celebración. Una noche de los suyos. Y Sorina, sentada al margen, sintió por primera vez que el pecho se le asfixiaba.

Había escuchado aquella canción. La melodía alegre y frenética que siempre levantaba a todos del suelo, la misma que su madre le cantaba de niña. Pero anoche, el compás solo le había dado vergüenza. Vergüenza de los murmullos desde las sombras. Vergüenza de la gente del pueblo que cruzaba la calle de enfrente alargando el cuello para mirar el fuego, pronunciando la palabra *gitana* como si escupieran un hueso.

Y ahora, a la mañana siguiente, la canción la había seguido hasta la cocina.

—Sa o rat, sa o zor, khele, khele...

La voz de su madre llenó la pequeña estancia. Mara cortaba cebollas y removía la vieja olla con una cuchara de madera, ajena al mundo. No cantaba para nadie; cantaba porque respirar y cantar, para ella, eran casi lo mismo.

Sorina apretó los puños. Las pulseras de sus muñecas, esas que la marcaban, que anunciaban quién era antes de que pudiera decir su nombre, tintinearon sobre la mesa.

—¿Puedes dejar de cantar eso?

Mara siguió removiendo el caldo de pimentón.

—¿Qué?

—Eso.

Mara se volvió lentamente hacia ella. La luz gris del otoño se filtraba por la ventana, resaltando las finas pecas esparcidas por las mejillas pálidas de Sorina, casi translúcidas, y esa melena oscura, abundante y rebelde que nunca obedecía del todo a las pañoletas. Una belleza salvaje y ruidosa en una época donde llamar la atención era un peligro mortal.

—Es una canción, Sorina.

—Ya sé que es una canción.

—Entonces no entiendo el problema.

Sorina apartó la silla de golpe.

—Te estoy pidiendo que pares.

Mara la observó unos segundos. No parecía enfadada, y eso fue exactamente lo que hizo que la sangre de Sorina hirviera.

—Sorina...

—¡Te dije que pares!

El silencio cayó sobre la cocina con el peso del plomo. Mara dejó la cuchara de madera sobre el borde de la olla.

—Es solo una canción.

—¡Es *esa* canción! —estalló, sintiendo la rabia trepándole desde el estómago hasta la garganta, quemándola—. La cantan a gritos como si no pasara nada. Como si no importara cómo nos mira la gente allá afuera. ¡Como si no fuéramos el circo de la ciudad cada vez que hacemos una fiesta!

Mara no respondió. Solo la miraba.

—Estoy cansada —continuó Sorina, y la voz se le quebró de pura impotencia—. Cansada de las miradas de asco. De que las madres aparten a sus hijas cuando paso. Cansada de que sepan quiénes somos antes de saber cómo nos llamamos.

—Somos romaníes, hija.

—¡Ya lo sé!

—Entonces no entiendo de qué te avergüenzas.

Sorina sintió que algo se fracturaba en su pecho. El dique que había contenido la tormenta durante años terminó de ceder.

—¡De todo! —gritó—. Estoy harta del humo, de las fiestas, de estas faldas, de las pañoletas, de estas malditas pulseras —se sacudió las muñecas, llenando la cocina con el ruido de los metales—. ¡De todo esto!

Mara bajó la mirada hacia los brazos de su hija.

—Y de la canción —susurró la mujer.

—Sí.

—¿También de mí?

Sorina abrió la boca. El aire desapareció. No respondió, y ese silencio fue más cruel que cualquier grito. Mara asintió lentamente.

—Entiendo.

—Mamá...

—No. —Su voz seguía siendo dolorosamente tranquila—. Déjalo.

Sorina apretó la mandíbula, negándose a dejar que las lágrimas que le pinchaban los ojos se derramaran.

—Solo quiero ser normal.

La palabra cayó sobre la mesa de madera como un plato roto. *Normal.* Mara la miró como si le acabara de clavar un cuchillo en las costillas. Sorina vio el dolor cruzando el rostro de la mujer que le había dado la vida e, instintivamente, quiso recoger la palabra. Volver el tiempo atrás. Pero el orgullo juvenil fue más rápido.

Dio media vuelta y salió corriendo de la casa. No esperó a que su madre la llamara. No esperó nada.

El aire helado le golpeó la cara. Atravesó las calles empedradas de Iași, sorteando el barro húmedo que le salpicaba los tobillos. El olor del mercado —pan recién hecho, tierra mojada, carbón y estiércol de caballo— se mezclaba con el de sus propias lágrimas de rabia. Corrió hasta quedarse sin aliento, buscando el único lugar donde nadie la juzgaría.

Se dejó caer sobre unas piedras húmedas al borde del río. Ocultó el rostro entre las manos y, por fin, lloró. Lloró con la boca abierta y los hombros temblando, vaciándose.

—Soy una idiota —sollozó para sí misma.

Pensó en su madre. En las manos ásperas que guardaban para ella la mejor costra del pan caliente. Y recordó la expresión de Mara cuando pronunció aquella estúpida y cobarde palabra: *normal*.

El viento de la mañana levantó algunos mechones de su cabello. Sobre el agua turbia del río navegaban hojas amarillas y marrones, arrancadas del otoño. Sorina siguió una con la mirada mientras daba vueltas en la corriente. Por un instante, deseó desesperadamente ser así. Una hoja. Sin apellido. Sin sangre esclava. Sin nadie que le dijera a quién debía honrar y de quién debía defenderse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.