Iași, Rumanía — Otoño de 1938
El puesto del abuelo Toma olía a tierra mojada, raíces y pimiento asado.
Sorina lo amaba por eso.
Era un olor honesto. Rotundo. De esos que no intentaban disfrazarse de otra cosa.
Exactamente igual que su abuelo.
Toma llevaba casi cincuenta años vendiendo verduras en el mismo rincón del mercado de Iași sin pedirle permiso a nadie y, mucho menos, disculpas por existir.
Tenía las manos grandes, curtidas por décadas de trabajo, y una manera de clavar los ojos en las personas que hacía sentir que podía leerles hasta los pensamientos.
Aunque rara vez decía en voz alta lo que veía.
—Más despacio con las cebollas —gruñó sin mirarla, mientras acomodaba unos tomates maduros—. Las estás apilando como si te persiguiera el diablo.
—Es que tengo prisa.
—Siempre tienes prisa.
Toma levantó una ceja.
—¿Adónde va una muchacha de diecisiete años con tanta prisa?
Sorina se limpió las manos en el delantal y le dedicó una sonrisa resplandeciente.
—A cambiar el mundo, abuelo.
Toma soltó un resoplido.
—Primero aprende a no aplastar las cebollas.
Sorina soltó una carcajada.
—También puedo cambiar el mundo y acomodar cebollas.
—Eso dicen todos los que no saben acomodar cebollas.
Ella le dio un pequeño empujón con el hombro al pasar.
Toma fingió que no lo había notado.
Pero los bordes de sus ojos se arrugaron con una sonrisa que intentó esconder dándole la espalda.
Esa era Sorina.
Una tormenta perpetua.
La chica que apilaba cebollas a la velocidad del rayo porque sabía que, antes de que cayera el sol, todavía tenía que cruzar el mercado para llevarle un encargo a la señora Florica, barrer el puesto y ayudar a la vecina del fondo a cargar los baldes de agua.
No lo hacía para que la vieran.
Tampoco para ganarse favores.
Simplemente había algo palpitando justo debajo de su esternón que se encendía cada vez que veía el dolor ajeno.
Una pregunta que no la dejaba tranquila:
¿Y si nadie más lo hace?
El abuelo decía que ese fuego lo había heredado de su bisabuela.
Que las mujeres de su sangre nacían con un corazón demasiado grande para el cuerpo que las albergaba.
Sorina todavía no sabía si aquello era una bendición o una condena.
Pero lo cargaba consigo.
Llegó al colegio con dos minutos de sobra, la respiración agitada y el cabello más indomable de lo habitual.
Se sentó en su pupitre de siempre, al fondo, junto a la ventana.
El cristal era lo más parecido a la libertad que podía encontrar dentro de aquellas cuatro paredes de yeso y disciplina.
Sacó sus cuadernos.
Alineó la pluma.
Y esperó.
Amaba estudiar.
No era algo que admitiera en voz alta, porque en la Rumanía de 1938 el mundo tenía formas muy crueles de reaccionar ante una chica romaní que prefería los libros al silencio.
Pero cada página que leía era una puerta que se abría en su mente.
Cada concepto aprendido era una herramienta nueva.
No sabía todavía cómo iba a utilizarlas.
Tenía un sueño enorme y difuso de dejar una huella, de conseguir que las cosas fueran un poco menos crueles.
Solo que todavía no tenía un camino para llegar hasta allí.
Así que devoraba libros en silencio.
Alimentaba la llama.
El problema era que sus maestros también la veían.
Y no todos estaban dispuestos a dejarla brillar.
Había perdido la cuenta de cuántas veces había entregado exámenes perfectos.
No se limitaba a responder lo que le pedían.
Llenaba los márgenes con datos de libros que nadie le había exigido leer.
Aun así, los papeles solían regresar manchados con un cinco.
Un seis.
Un siete, en el mejor de los casos.
Sin correcciones en tinta roja.
Sin explicaciones.
Porque muchas veces no había errores.
Y Sorina sabía perfectamente cuál era el verdadero problema.
Su sangre.
Su apellido.
El sonido de sus pulseras al levantar la mano.
El profesor Aldea comenzó a devolver los exámenes de historia.
Caminaba entre los pupitres con su habitual porte rígido, dejando los papeles sobre las mesas de los alumnos rumanos con pequeños asentimientos de aprobación.
Cuando llegó a la fila de Sorina, su expresión cambió apenas.
No la miró a los ojos.
Dejó caer la hoja boca abajo sobre su mesa y siguió caminando.
Sorina no tocó el papel inmediatamente.
Esperó.
Uno.
Dos.
Tres segundos.
Cuando estuvo segura de que el profesor se había alejado, le dio la vuelta.
Se quedó inmóvil.
Diez sobre diez.
Miró la cifra.
Un uno y un cero trazados con tinta firme.
Volvió a revisar las respuestas, buscando algún error.
Alguna trampa.
Algo que explicara aquello.
Nada.
Entonces sus ojos se detuvieron en la firma del profesor Aldea.
Era solo tinta sobre papel.
Pero para Sorina pesaba más que una montaña.
El primero de su vida.
El primer diez que el sistema se había visto obligado a concederle.
Una sonrisa quiso escapársele.
La contuvo.
Había aprendido por las malas que las victorias de los marginados se celebraban en silencio.
La luz atraía a los lobos.
Dobló el examen con cuidado y lo escondió dentro de su libro.
No levantó la barbilla.
No presumió.
No dijo nada.
Pero por dentro, en aquel rincón exacto donde ardía su promesa de cambiar el mundo, algo rugió.
Y esta vez no pensaba apagarlo.
La euforia le duró hasta que llegó a la calle de su mejor amiga.
Encontró a Ileana sentada en el escalón de piedra de su puerta.
Eran inseparables desde los seis años, unidas por la muerte trágica de un gato callejero y miles de secretos que ninguna de las dos pensaba confesar jamás.