Antes de que llegue la fecha

Prólogo

Lina siempre había pensado que las despedidas eran algo momentáneo.

Un abrazo rápido, una promesa de volver pronto, una valija apoyada junto a la puerta.

Durante años, su vida estuvo llena de esas escenas repetidas. Sus papás viajaban constantemente por trabajo y aprendieron a vivir lejos sin darse cuenta de cuánto la alejaban también a ella. Las llamadas desde aeropuertos, los mensajes apurados, las promesas que empezaban con cuando volvamos se volvieron parte de la rutina.

Con el tiempo, Lina dejó de esperar demasiado.

A veces, cuando la casa quedaba en silencio, Lina se sentaba en el borde de la cama y pensaba en lo extraño que era acostumbrarse a la ausencia. No dolía como una herida abierta, sino como algo que se iba asentando despacio, ocupando espacios sin pedir permiso.

Había aprendido a no preguntar cuándo volvían sus padres, porque la respuesta casi nunca era clara. Había aprendido a no contar los días, porque siempre terminaban siendo más de los prometidos. Y, sin darse cuenta, también había aprendido a guardarse cosas.

Cuando tenía una buena nota, cuando algo le daba miedo, cuando se sentía sola en el recreo, muchas veces no lo decía. No porque no quisiera compartirlo, sino porque no sabía si habría alguien del otro lado para escuchar.

La abuela, en cambio, estaba siempre.
No hacía falta avisarle nada. Parecía saber cuándo Lina necesitaba hablar y cuándo solo necesitaba compañía. A veces se sentaban juntas sin decir una palabra durante horas, y aun así, Lina sentía que no estaba sola.

Era una presencia firme, tranquila, como si el mundo pudiera desordenarse afuera sin tocar ese pequeño espacio que compartían.

Quien nunca se fue fue su abuela.

Vivían juntas desde que ella era chica, y ese vínculo se formó sin esfuerzo, como si siempre hubiera sido así.

No hacía falta explicarlo.

La abuela estaba en lo cotidiano, en el té caliente por la mañana, en la radio bajita mientras cocinaba, en la forma en que doblaba la ropa y la dejaba prolija sobre la cama.

La casa era pequeña, pero siempre parecía suficiente.

A Lina le gustaba sentarse con ella en la cocina cuando atardecia. A veces hablaban de cosas importantes; otras, de absolutamente nada.

—¿Sabés qué soñé hoy? —decía Lina apoyando la espalda en la silla.

—Los sueños siempre dicen más de lo que parece —respondía su abuela, sin dejar de revolver la olla.

—¿Y si no significan nada?

Ella sonreía.

—Entonces igual sirven para acompañarnos un rato.

Había silencios que no incomodaban. Silencios que se sentían llenos.

En esas tardes lentas, la abuela solía contarle historias que no parecían tener principio ni final. No hablaba de grandes hazañas ni de momentos importantes, sino de personas que había conocido, de decisiones pequeñas que habían cambiado caminos sin que nadie lo notara.

—La vida no avisa —decía a veces—. Solo sigue.

Lina no entendía del todo esas frases, pero le gustaba escucharlas. Había algo en la voz de su abuela que la calmaba, como si cada palabra estuviera puesta en el lugar justo.

Una tarde, mientras miraban cómo el cielo se volvía naranja detrás de la ventana, Lina le preguntó si alguna vez había tenido miedo.

La abuela tardó en responder.

—Sí —dijo al final—. Pero aprendí que el miedo no siempre es una señal para huir. A veces es solo una forma de recordarnos que algo importa.

Lina se quedó pensando en eso mucho tiempo después.

No sabía por qué, pero esas palabras se le quedaron grabadas, como si algún día fueran a volver a aparecer cuando más las necesitara.

Cuando Lina volvía del colegio, sabía que alguien iba a estar esperándola.

—¿Cómo te fue hoy? —preguntaba siempre su abuela.

Aunque la respuesta fuera corta o fuera la misma de todos los días, escuchaba igual, como si cada palabra importara.

Por las noches, antes de dormir, pasaba por su habitación y acomodaba la frazada aunque no hiciera frío. Dejaba la luz del pasillo encendida.

—Por si te despertás —decía.

Lina nunca le preguntó por qué. Solo sabía que así dormía mejor.

Por eso, cuando empezó a sentirse mal, nadie pensó que fuera algo grave.

Al principio fueron pequeños olvidos. Un cansancio que no se iba. Consultas médicas que terminaban con explicaciones vagas y sonrisas tranquilizadoras. Lina la acompañaba creyendo que todavía había tiempo.

Siempre parecía haberlo... pero no lo hubo.

La enfermedad avanzó rápido, demasiado rápido, y en pocas semanas la casa se llenó de murmullos, llamadas y palabras que Lina escuchaba desde su habitación sin animarse a intervenir. En el hospital, el aire era distinto, pesado, como si incluso respirar costara un poco más.

El último día, su abuela le tomó la mano.
No dijo nada extraordinario.

No hubo despedidas largas ni frases memorables.

Solo apretó sus dedos con suavidad.

—No tengas miedo, Lina —susurró—. A veces las cosas cambian… pero no se van del todo.

Lina no entendió.

Solo asintió, con un nudo en la garganta que todavía no sabía nombrar.

Después de eso, el mundo siguió avanzando sin pedir permiso.

El silencio que quedó tras la muerte de su abuela no se parecía a nada que Lina hubiera sentido antes. No era solo la falta de ruido, sino la ausencia de gestos pequeños, de rutinas que sostenían los días sin que ella lo notara.

Ya no había radio prendida por la mañana.

No había una taza esperándola en la mesa.

No había una voz que preguntara cómo había dormido.

Todo seguía en su lugar, pero al mismo tiempo, nada lo estaba.

Durante un tiempo, Lina caminó por la casa como si esperara encontrarla en cualquier momento. Abriendo una puerta. Apareciendo desde la cocina. Diciendo su nombre con ese tono suave que siempre usaba.

A veces incluso hablaba en voz alta, sin darse cuenta.

Recién después comprendía que no habría respuesta.



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En el texto hay: romance, secretos, slowburn

Editado: 27.01.2026

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