El cielo estaba gris, pero no de esos grises tristes. Era uno apagado, de esos que hacen que todo se vea un poco más lento, como si la ciudad misma respirara despacio, arrastrando sus calles y edificios detrás.
El auto avanzaba por la avenida Larkspur mientras Lina miraba por la ventanilla sin prestar atención real a nada. Los árboles pasaban uno tras otro, iguales, como si la ciudad entera estuviera hecha de repeticiones. Podía oír el roce del viento contra el vidrio, el rumor lejano de un tranvía, el olor dulce a pan recién horneado que cruzaba la avenida. Todo era familiar y extraño al mismo tiempo.
Eldermoor no se parecía en nada al lugar donde había crecido.
Era más grande.
Más silenciosa.
Más ajena.
-Ya llegamos -dijo su tía Mara, rompiendo el hilo de sus pensamientos.
Lina levantó la vista. El Instituto Ravenswood se alzaba frente a ellas con su fachada de ladrillos oscuros y ventanales largos. No parecía una escuela moderna, pero tampoco daba miedo. Solo tenía ese aire de edificio antiguo que parecía guardar demasiados recuerdos, como si las paredes mismas hubieran visto historias que ella no conocería jamás.
-¿Estás bien? -preguntó su tía.
Lina asintió, aunque no estaba segura de qué significaba "estar bien" últimamente.
Desde que su abuela había muerto, todo parecía fuera de lugar. Ella había sido quien la despertaba cada mañana con un beso en la frente, quien la esperaba con una taza de chocolate caliente y galletas, quien hacía que la casa se sintiera hogar. Ahora, con su tía, la vida seguía, pero el calor de esos recuerdos dolía en silencio.
El timbre sonó fuerte cuando bajaron del auto. El patio estaba lleno de estudiantes hablando, riendo, empujándose. Vida pasando por todos lados. Lina caminó entre ellos sintiéndose invisible, un hilo perdido en la marea de voces y uniformes.
-Te espero a la salida -le dijo su tía, y Lina asintió sin mirarla.
Cruzó el portón con una sensación extraña en el pecho. No era miedo. Era algo más parecido a expectativa, como cuando uno siente que algo está por pasar pero no sabe qué. Por un segundo creyó ver a alguien parado cerca del viejo reloj del patio. Parpadeó. No había nadie.
Siguió su camino hasta el aula de quinto año B. El pasillo estaba silencioso, iluminado por luces blancas que reflejaban los pisos encerados. Empujó la puerta y todas las miradas se giraron hacia ella.
-Chicos, tenemos una alumna nueva -anunció la profesora-. ¿Querés presentarte?
-Soy Lina -dijo, lo más firme que pudo.
Nada más.
Se sentó en el banco que le indicaron, cerca de la ventana. Desde ahí podía ver el cielo gris, siempre igual, y cómo los árboles se movían lentamente, como si el tiempo también se estirara afuera. El murmullo de la clase la envolvió poco a poco, hasta que las voces comenzaron a mezclarse en un sonido uniforme que parecía amortiguar el mundo.
Apoyó el codo sobre el banco. Solo un segundo.
El cansancio la venció sin que se diera cuenta.
Cuando volvió a abrir los ojos, el aula estaba en silencio. No un silencio incómodo, sino uno extraño, como si el tiempo se hubiera detenido. Nadie se movía. Nadie hablaba. Frente al pizarrón había una figura que no estaba antes.
-No deberías quedarte dormida -dijo con una voz tranquila-. Pero era la única forma de que me escucharas.
Lina se quedó quieta, sintiendo un escalofrío que no podía explicar.
-¿Quién sos? -preguntó.
La figura la miró con algo parecido a la tristeza.
-Alguien que viene a advertirte.
El mundo parecía lejano.
-En una fecha que todavía no comprendés, una persona destinada a tu vida va a morir.
Hizo una pausa, dejando que las palabras flotaran en el aire como hojas al viento.
-O vos.
El corazón de Lina se aceleró.
-¿Quién? ¿Por qué yo?
-Eso todavía no podés saber.
Quiso decir algo más, pero el sonido del timbre la sacudió de golpe. El aula volvió. Las voces. Los movimientos. La profesora escribiendo en el pizarrón.
Lina se incorporó sobresaltada. Había sido un sueño, eso pensó. Pero cuando miró la hora, el reloj marcaba exactamente el momento en el que la figura había hablado. Y esa sensación en el pecho seguía ahí, como si el sueño no hubiese terminado del todo.
Eldermoor no era solo una nueva ciudad. Era el inicio de algo que todavía no entendía.
•
Esa tarde, al volver de la escuela, la casa estaba en silencio. Era silenciosa incluso cuando había gente, demasiado grande para tan pocas voces. Lina dejó la mochila junto a la puerta y caminó hasta la cocina sin encender la luz. Afuera todavía era de día, pero adentro parecía siempre la misma hora.
Sobre la mesa había un papel doblado:
"Vuelvo tarde. Hay comida en la heladera."
La letra de su tía era prolija, ordenada. Lina apoyó el papel de nuevo en su lugar, casi sin ganas.
Abrió la heladera sin hambre. La cerró enseguida. Terminó yendo a su habitación, el único lugar que todavía sentía un poco suyo. La valija con la que había llegado a Eldermoor seguía apoyada contra la pared, como si una parte de ella creyera que esto también era temporal.
Se sentó en la cama y miró el techo, recordando a su abuela. Recordó cómo solía decirle que los sueños no aparecían porque sí. Que a veces eran mensajes, otras veces recuerdos, y otras... advertencias.
Sacó el celular. Tenía un mensaje nuevo.
Papá: "¿Cómo te fue hoy?"
Lina leyó la pregunta varias veces. No sabía qué responder. No había forma de explicar que había llegado bien, que había conocido gente nueva, que se había quedado dormida en clase... y que alguien le había hablado desde un lugar que no existía diciendo que podía morir.
Terminó escribiendo: "Bien."
Desde que sus papás viajaban más seguido por trabajo, los mensajes eran breves, apurados, llenos de promesas que siempre quedaban flotando en el aire. Nunca los veía.