Lina pasó toda la mañana repitiéndose lo mismo, casi como un mantra silencioso que intentaba sostenerla para no dejar que los pensamientos se le desordenaran otra vez. Había sido el cansancio, nada más que eso. Una ciudad nueva, una casa que todavía no sentía propia, noches durmiendo mal y una tristeza que no se acomodaba del todo. Era lógico que su cabeza mezclara recuerdos, miedos, palabras sueltas. Los sueños hacían eso, aparecían cuando uno estaba frágil, cuando el cuerpo seguía adelante pero la mente se quedaba un poco atrás.
Esa fragilidad se le notaba en los detalles más simples. En cómo se olvidaba de atarse bien las zapatillas. En cómo tardaba unos segundos de más en reaccionar cuando alguien le hablaba. En la forma en que se detenía frente al espejo sin reconocerse del todo.
Había días en los que sentía que su reflejo pertenecía a otra persona. Una versión de ella que había quedado atrapada en la casa de su abuela, en el olor a lavanda, en la radio encendida a bajo volumen. Como si su cuerpo hubiera seguido avanzando, pero algo esencial se hubiera quedado atrás.
Tal vez por eso los sueños volvían.
No eran pesadillas. No gritaba ni despertaba agitada. Eran imágenes sueltas, voces sin rostro, una sensación constante de estar llegando tarde a algo que no sabía nombrar. Siempre despertaba con el corazón acelerado y una pregunta clavada en el pecho.
¿Tarde para qué?
Se decía que era parte del duelo. Que el dolor buscaba salida cuando el silencio era demasiado grande. Nadie le había enseñado cómo seguir viviendo cuando la persona que te sostenía desaparecía de un día para el otro.
Así que seguía caminando.
Aunque no supiera bien hacia dónde.
Lo pensó mientras caminaba hacia el instituto, mientras cruzaba el portón entre grupos de estudiantes que hablaban sin parar, e incluso cuando volvió a mirar el reloj del patio y sintió esa presión extraña en el pecho, como si algo se cerrara de golpe por dentro. Aun así, no se detuvo. No quería hacerlo. Detenerse implicaba pensar, y pensar significaba volver a ese lugar del que estaba intentando salir.
En el aula eligió el mismo banco del día anterior, cerca de la ventana. Desde ahí podía ver el cielo apagado y parte del patio, una vista que le permitía fingir que estaba presente aunque su cabeza estuviera en otro lado. Dejó la mochila en el piso y sacó el cuaderno de Lengua sin prestar demasiada atención, moviéndose casi por costumbre.
—¿Dormiste mejor hoy?
La voz la tomó por sorpresa.
La chica del banco de al lado la observaba con una sonrisa tranquila. Tenía el pelo oscuro recogido y unos lentes que le daban un aire amable, como si no supiera enojarse demasiado con el mundo.
—Soy Mila, ¿te acordás? —agregó—. Ayer estabas medio ida.
Lina hizo una sonrisa breve, más automática que sincera.
—Sí… fue un día largo.
—Te entiendo —respondió Mila—. Este lugar a veces abruma al principio, pero después te acostumbrás.
Eso esperaba, pensó Lina, aunque no estaba segura de que algunas cosas realmente se superaran.
Cuando la profesora entró al aula, abrió el cuaderno casi por reflejo. Pasó la primera hoja, luego la segunda, hasta que sus dedos se detuvieron sin que pudiera evitarlo.
En el margen, escrita con una letra que no reconocía, había una fecha.
No era grande, no estaba marcada de ninguna forma especial, ni parecía importante para cualquiera que la mirara. Sin embargo, para Lina el aire se volvió espeso en el mismo instante en que la vio.
Era la misma.
Exactamente la misma que había aparecido esa mañana en la palma de su mano.
Sintió que el pecho se le apretaba y que el corazón comenzaba a latirle con fuerza, como si hubiera corrido sin moverse del lugar. Miró alrededor con rapidez, buscando alguna explicación, algún gesto extraño, algo que le dijera que no estaba pasando de verdad. Pero nadie parecía notar nada. Mila copiaba del pizarrón concentrada, otros hablaban en voz baja, algunos reían.
El mundo seguía funcionando con normalidad, solo que ella no.
Ese fue el pensamiento que más la descolocó.
No el miedo, ni la fecha, ni siquiera el sueño.
Era esa certeza amarga de que nadie notaba lo que a ella le estaba pasando. El timbre sonó puntual. Los profesores continuaron explicando. Las risas cruzaron el aula como siempre.
Nada se detuvo.
Y eso la hizo sentir todavía más sola.
Pensó en su abuela. En cómo, incluso sin decir una palabra, parecía darse cuenta cuando algo no estaba bien. En cómo le alcanzaba una taza de té sin preguntar nada, como si supiera que no hacía falta explicar.
Ahí, en cambio, todo exigía normalidad.
Ser la chica nueva. Copiar del pizarrón. Prestar atención. Sonreír cuando correspondía.
Lina apretó los dedos debajo del banco hasta que le dolieron, intentando anclarse al presente. Necesitaba creer que todavía tenía control sobre algo, aunque fuera sobre su propio cuerpo.
Pero la fecha seguía latiendo en su cabeza.
Como si el tiempo, de pronto, hubiera empezado a mirarla.
Cerró el cuaderno de golpe y se quedó mirando al frente sin escuchar una sola palabra de la clase. Intentó convencerse de que debía haber sido ella misma, que tal vez lo había escrito sin darse cuenta, medio dormida, distraída, con la cabeza en cualquier lado. Después de una pérdida, la mente hacía cosas raras. Eso lo había leído en algún lugar.
Volvió a abrir el cuaderno.
La fecha seguía ahí.
Más nítida, más real.
Durante el recreo trató de ignorarlo. Caminó con Mila hasta el patio, escuchó cómo hablaba de los profesores, de los exámenes, de lo insoportable que podía volverse Ravenswood algunos días. Lina asentía cuando correspondía, sonreía cuando debía hacerlo, pero cada vez que bajaba la mirada sentía que algo dentro suyo se tensaba, como una cuerda demasiado estirada.
—¿Estás segura de que estás bien? —preguntó Mila de pronto.