Antes de que llegue la fecha

Capítulo 3

La casa de su tía tenía una forma particular de hacer sentir el silencio. No era un silencio absoluto, de esos que asustan, sino uno suave, constante, como si todo estuviera siempre un poco en pausa. El tic tac del reloj del living se escuchaba más de lo normal, y el sonido del viento contra las ventanas parecía amplificarse cuando caía la tarde.

Lina se quedó un rato sentada en el borde de la cama sin hacer nada. No tenía sueño, pero tampoco ganas de levantarse. A veces sentía que si se movía demasiado rápido, algo dentro suyo podía desarmarse.

Desde que había llegado a Eldermoor, las noches eran así, largas, quietas, demasiado parecidas unas a otras.
Cerró los ojos y, sin querer, la imagen de su abuela apareció sola, no como en los últimos días, ni en la cama del hospital, ni rodeada de médicos. La recordó en la cocina, con el delantal viejo que usaba incluso cuando no cocinaba nada, tarareando una canción que Lina nunca supo de dónde salía. Siempre parecía feliz ahí, entre cosas simples, como si la vida no necesitara mucho más.

-No te quedes despierta hasta tarde -le decía a veces-. Mañana va a ser largo.

-Decís eso todos los días -respondía Lina.
-Y todos los días tengo razón.

Sonrió apenas al recordarlo.

Su abuela nunca hablaba de la muerte. Ni siquiera cuando empezó a sentirse mal. Evitaba el tema con una naturalidad que ahora, pensándolo bien, parecía una forma de protección, como si quisiera que Lina no aprendiera a tener miedo todavía.

La casa donde habían vivido juntas era pequeña, pero estaba llena de sonidos. La radio prendida mientras limpiaban, el ruido de las tazas al chocar, los pasos suaves por el pasillo durante la noche. Desde que se había ido, Lina entendió que el verdadero vacío no era la ausencia, sino todo lo que dejaba de suceder.

En la casa de su tía, en cambio, el silencio era distinto. No dolía, pero pesaba.

Su tía Mara hacía lo posible por no invadirla. Cocinaba, preguntaba cómo había ido el día, dejaba la cena lista aunque Lina muchas veces apenas probara bocado. No insistía, no hacía preguntas incómodas. Respetaba ese espacio invisible que Lina necesitaba.
Y aun así, por las noches, la soledad volvía.

No era estar sola físicamente. Había alguien en la casa, luces encendidas, una presencia cercana. Pero era otra cosa lo que faltaba. Algo que no podía explicarse ni reemplazarse.

Lina se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera, las luces de la calle iluminaban apenas la vereda. Todo parecía tranquilo, demasiado normal para el desorden que llevaba por dentro.

Pensó en la fecha.

En el sueño.

En la advertencia.

Y se sorprendió a sí misma al darse cuenta de que no sentía terror.

No de morir. Lo que realmente la apretaba por dentro era otra idea, mucho más simple y mucho más cruel.

Quedarse sola otra vez.

Había aprendido a sobrevivir a la ausencia de sus padres, a sus viajes constantes, a las promesas postergadas. Había aprendido a crecer sin ellos, a no esperar demasiado.

Pero la abuela era distinta. Ella había sido la certeza, la persona que siempre estaba y perderla había dejado un espacio que todavía no sabía cómo llenar.

Lina apoyó la frente contra el vidrio frío y cerró los ojos.

Si el sueño decía la verdad, si realmente alguien destinado a su vida iba a morir... entonces el miedo no era el final.

Era el después.

El silencio que venía cuando todo terminaba.

Esa noche le costó dormir, no porque tuviera pesadillas, ni porque la imagen del aula volviera con fuerza, sino porque los recuerdos aparecían solos.

Momentos pequeños, casi insignificantes, que ahora dolían más que cualquier escena dramática.

La abuela sentada en el sillón tejiendo sin mirar. El olor del jabón con el que lavaba la ropa. La forma en que le acomodaba el pelo cuando Lina estaba distraída.

Se dio vuelta en la cama y abrazó la almohada, como si así pudiera engañar al cuerpo y hacerle creer que no estaba sola.

-No tengas miedo -le decía su abuela cuando era chica-. Mientras haya alguien que te quiera, siempre hay un lugar al que volver.

En ese momento, Lina entendió que no le había tenido miedo a la muerte ni siquiera cuando la vio de cerca. Lo que la había paralizado era la idea de no tener a quién volver.

Abrió los ojos y miró el techo.

Tal vez por eso el sueño la había elegido a ella.

No por ser fuerte.

Sino porque sabía lo que era perder.

Porque entendía el peso de una ausencia.

A la mañana siguiente, la casa volvió a despertarse lentamente. El sonido de la pava, pasos suaves en la cocina, la voz de su tía hablando por teléfono en voz baja. La vida seguía, incluso cuando a uno le costaba hacerlo.

Lina se sentó en la cama y respiró hondo.

Todavía no sabía qué significaba esa fecha, ni por qué había aparecido, ni qué papel tenía ella en todo eso. Pero algo dentro suyo empezaba a acomodarse, como una verdad incómoda que se acepta sin querer.

Si debía enfrentar algo, no era el miedo a morir.

Era el miedo a volver a quedarse sola.

Y quizás, sin darse cuenta, por primera vez desde que había llegado a Eldermoor, deseó no atravesarlo sola.



#5723 en Novela romántica
#2172 en Fantasía

En el texto hay: romance, secretos, slowburn

Editado: 12.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.