El frío apareció sin aviso.
No fue el clima, ni una corriente de aire mal cerrada, ni el cambio de estación. Lina lo sintió mientras caminaba por el pasillo del ala vieja del colegio, ese que casi nadie usaba porque llevaba a aulas vacías y depósitos cerrados con candado.
Al principio fue apenas un escalofrío leve, una incomodidad en la nuca. Siguió caminando sin darle importancia, ajustándose el saco del uniforme, pensando que tal vez no había dormido bien o que el cansancio empezaba a notarse más de lo que quería admitir.
Pero a cada paso, el frío se hacía más preciso.
No la rodeaba por completo, no era general. Estaba concentrado. Como si alguien hubiera bajado la temperatura solo en ese tramo del pasillo.
Lina se detuvo, miró alrededor.
Las luces del techo parpadeaban con suavidad, sin llegar a apagarse. Las paredes tenían ese color amarillento viejo que parecía absorber los sonidos. No se escuchaban voces, ni pasos, ni risas lejanas. Solo el eco apagado de su propia respiración.
Sintió frío en las manos, después en los brazos.
Avanzó unos metros más, con una incomodidad creciente en el pecho. No era miedo exactamente, sino una sensación parecida a la de entrar en una habitación donde alguien había estado hacía muy poco tiempo.
-No seas ridícula -murmuró para sí misma.
Aun así, algo la hizo levantar la vista.
Al final del pasillo, cerca de una puerta que nunca había visto abierta, había alguien.
Un chico.
Estaba de pie, quieto, con la espalda apoyada contra la pared. No llevaba mochila ni parecía apurado, como el resto de los estudiantes a esa hora. Su uniforme estaba prolijo, demasiado, como si no hubiera pasado la mañana corriendo de un aula a otra.
Lina se quedó inmóvil.
No lo reconocía.
Y eso era raro, porque el colegio no era tan grande. Después de semanas ahí, ya sabía identificar caras, incluso nombres sueltos. Pero a él no lo había visto nunca.
El chico levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron.
No sonrió. No habló. No hizo el mínimo gesto de acercarse.
Solo la observó.
El frío se intensificó de golpe, como si alguien hubiera abierto una puerta invisible detrás de ella. Lina sintió el estómago encogerse, una presión suave pero constante en el pecho.
Intentó convencerse de que era solo una coincidencia, de que su mente estaba exagerando todo desde la muerte de su abuela. Pensó en el cansancio, en las noches largas, en los recuerdos que se colaban sin permiso.
Aun así, no podía moverse.
Había algo en la forma en que él la miraba que no se parecía a nada conocido. No era curiosidad ni interés. Era una atención quieta, profunda, como si estuviera esperando algo que solo ella pudiera hacer.
El timbre sonó de repente, rompiendo el silencio como un golpe.
Cuando volvió a mirar hacia el fondo del pasillo, el chico ya no estaba.
La puerta seguía cerrada, el pasillo, vacío.
El frío, sin embargo, tardó en irse.
Durante la clase siguiente no logró concentrarse. Sentía todavía esa sensación extraña en la piel, como un recuerdo físico que se negaba a desaparecer. Se tocó los brazos varias veces, intentando entrar en calor, aunque el aula estaba templada.
-¿Te sentís bien? -le preguntó Mila en voz baja.
-Sí... creo.
Pero no estaba segura.
Porque cada vez que cerraba los ojos, veía esos ojos desconocidos mirándola desde la distancia, sin urgencia, sin intención de acercarse.
Como si supiera que el momento todavía no había llegado.
En los días siguientes, el frío volvió.
No siempre en el mismo lugar, pero siempre en espacios similares: pasillos vacíos, escaleras poco usadas, rincones donde el ruido del colegio parecía apagarse de golpe.
Nunca era intenso. Nunca duraba demasiado.
Pero estaba.
Como una señal.
Lina empezó a evitarlos sin darse cuenta. Caminaba por los sectores más concurridos, buscaba el murmullo constante de otros estudiantes, el ruido que la hacía sentir anclada. Aun así, a veces el frío la alcanzaba igual, breve, puntual, como un roce.
No volvió a ver al chico.
Eso, de alguna manera, la inquietaba más.
Una tarde, mientras ordenaba sus cuadernos, escuchó sin querer una conversación detrás.
-¿Quién es Ezra? -preguntó una chica.
-Ni idea -respondió otra-. Ese nombre no figura en ningún curso.
Lina levantó la cabeza de golpe.
-¿Ezra? -repitió, sin poder evitarlo.
Las dos la miraron confundidas.
-Sí... creo que así se llamaba un chico que mencionaron el año pasado -dijo una de ellas-. Pero nadie sabe bien. Medio raro todo.
-¿Raro cómo?
-No sé -se encogió de hombros-. Como si hubiera estado y no.
La respuesta le dejó un nudo en la garganta.
•
Esa noche, en su habitación, Lina pensó en el pasillo, en el frío, en esa mirada silenciosa. Pensó también en su abuela, en cómo solía decirle que algunas presencias no venían a asustar, sino a recordar.
No sabía qué significaba eso ahora.
Solo sabía que algo se había movido.
Y que, aunque no lo entendiera todavía, el colegio ya no era solo un lugar de paso.
Era un punto de encuentro.
Con cosas que no pedían permiso para existir.
El nombre no la dejó en paz.
Ezra.
Lo repitió mentalmente mientras se lavaba los dientes, mientras apagaba la luz, mientras se acomodaba bajo las sábanas. No tenía sentido que algo tan simple le generara esa incomodidad, pero aun así le apretaba el pecho.
Ezra.
No recordaba haberlo escuchado antes, y sin embargo, la forma en que había reaccionado al oírlo no había sido normal. No fue curiosidad. Fue reconocimiento.
Como si su cuerpo hubiera entendido algo antes que ella.
Esa noche soñó de nuevo.
No con el instituto, ni con relojes, ni con pasillos interminables.
Soñó con un campo abierto, cubierto de neblina. El aire era frío, pero distinto, más limpio. No dolía. Caminaba descalza sobre el pasto húmedo, sin saber hacia dónde iba, guiada solo por una sensación suave en el pecho.