Antes de que llegue la fecha

Capítulo 4

El lunes llegó con una calma que a Lina le resultó sospechosa.

No había soñado nada esa noche, o al menos nada que pudiera recordar al despertar, y aun así sentía el cuerpo pesado, como si hubiera pasado horas pensando sin darse cuenta. Se levantó despacio, tratando de no hacer ruido, aunque la casa ya estaba despierta. Su tía Mara hablaba por teléfono en la cocina, con ese tono apurado que usaba antes de salir al trabajo.

Lina se preparó sin decir demasiado. Un saludo rápido, una taza de té que apenas tocó, la mochila colgándole de un hombro mientras salía. Afuera, el aire estaba frío y el cielo tenía ese color opaco que parecía no decidirse entre nublarse del todo o despejar.

Mientras caminaba hacia el instituto, pensó en su abuela sin querer hacerlo. En cómo, antes, las mañanas tenían otro ritmo. Una voz suave preguntándole si había dormido bien, una mano apoyada en su espalda mientras buscaba las llaves. Ahora todo ocurría más rápido, más mecánico, como si el mundo siguiera avanzando sin esperar a que ella se acomodara.

El Instituto Ravenswood estaba lleno cuando llegó. Grupos de estudiantes ocupaban los pasillos, hablando fuerte, riendo, quejándose de las pruebas. Lina atravesó ese ruido con la sensación de estar mirando desde afuera, como si perteneciera solo a medias.

Entró al aula y fue directo al banco de siempre, cerca de la ventana. Le gustaba ese lugar porque se sentía menos asfixiada mirando hacia afuera. Podía mirar el cielo, fingir atención, desaparecer un poco.

Estaba acomodando la mochila cuando escuchó un golpe seco detrás.

-¿Siempre te sentás ahí?

La voz la hizo girarse.

Era él.

El chico del patio. El que había chocado con ella días atrás. El de la mirada cansada y la expresión seria, como si estuviera permanentemente concentrado en algo que los demás no veían.

-Sí -respondió Lina-. ¿Por?

-Nada -dijo, encogiéndose de hombros-. Solo preguntaba.

No sonó amable, pero tampoco agresivo. Era un tono plano, indiferente, y aun así le resultó incómodo.

Lina volvió a mirar al frente, dispuesta a ignorarlo, cuando él agregó:

-Desde ahí se ve perfecto el reloj del patio.

Sintió un nudo en el estómago.

-¿Y qué tiene que ver eso conmigo? -preguntó, girándose de nuevo.

Él la observó unos segundos, con la cabeza levemente ladeada, como si analizara algo que no terminaba de cerrar.

-Nada -repitió-. Me pareció curioso.

-¿Curioso qué?

-Que siempre mires la hora.

Lina frunció el ceño.

-No te estaba mirando a vos.

-No dije eso.

La respuesta la descolocó.

Hubo un silencio incómodo entre los dos, espeso, como si ninguno supiera bien cómo había llegado hasta ahí. No era una pelea real, ni siquiera una conversación. Era una fricción invisible, una tensión sin explicación.

-¿Tenés algún problema conmigo? -preguntó ella finalmente, sin saber por qué necesitaba decirlo en voz alta.

-No -contestó él-. Pero parecés nerviosa desde que llegaste.

-No me conocés.

-Por eso mismo.

Antes de que pudiera responder, la profesora entró al aula y el murmullo general los obligó a callar. Él se recostó en su silla, cruzó los brazos y dejó de mirarla, como si la charla nunca hubiera existido.

Pero Lina no logró concentrarse.

Durante la clase sentía su presencia atrás, constante, silenciosa. No hablaba, no se movía demasiado, pero estaba ahí, ocupando un espacio que le resultaba imposible ignorar.

Cuando levantó la vista hacia la ventana, el reflejo del vidrio le devolvió algo inesperado.

Sus ojos se miraron apenas un segundo.

Fue suficiente.

No hubo desafío, ni sonrisa, ni gesto alguno. Solo una sensación extraña, parecida al reconocimiento, como si se hubieran encontrado en el momento equivocado.

Y eso la inquietó más que cualquier discusión.

En el recreo, Mila apareció a su lado casi de inmediato.

-Tenés cara de querer desaparecer -comentó, mordiéndose la punta del lápiz-. ¿Todo bien?

-Supongo -respondió Lina.

Mila siguió su mirada hasta el fondo del patio, donde el chico estaba apoyado contra una columna, mirando el celular con expresión ausente.

-¿Fue por él?

-No -dijo Lina rápido-. Solo... hablamos.

-Ajá -sonrió Mila-. Y claramente no fue una charla sobre el clima.

Lina no contestó, porque ni ella sabía bien qué había sido eso. No podía llamarlo pelea, pero tampoco conversación. Había algo incómodo, algo que había quedado flotando sin resolverse.

Cuando volvió a sonar el timbre, regresaron al aula. Lina caminó unos pasos adelante, intentando no pensar en nada, hasta que lo sintió pasar cerca.

-Elian -dijo él, casi en un murmullo.
Ella se giró.

-¿Qué?

-Mi nombre -aclaró-. Para que no sigamos discutiendo sin saber quién es quién.

Lina dudó apenas un segundo.

-Lina.

Él asintió, como si esa información tuviera un peso especial, aunque no lo demostrara.

-Nos vemos, entonces.

No sonó a despedida, tampoco a promesa. Solo a algo pendiente.

Durante el resto del día, Lina no dejó de pensar en ese cruce. En la forma en que él la había mirado, en cómo había mencionado el reloj, en esa sensación absurda que le había quedado en el pecho.

No era interés, no era atracción, era algo más sutil, como si su presencia hubiera tocado una parte de ella que todavía no entendía.

Al salir del colegio, volvió a mirar el reloj del patio sin saber por qué. El segundero avanzaba con normalidad, marcando el tiempo como siempre, y aun así, Lina tuvo la impresión de que algo ya había empezado a contar.

Esa noche, al acostarse, pensó en su abuela, en la fecha, en el sueño que parecía negarse a desaparecer. Pensó también en Elian, en sus ojos, en su forma de hablar como si siempre estuviera llegando tarde a algo.

Y por primera vez desde que había llegado a Eldermoor, sintió que no estaba sola en esa sensación extraña.



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En el texto hay: romance, secretos, slowburn

Editado: 12.02.2026

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