El día transcurrió con una calma que a Lina le resultó extraña.
Después de lo ocurrido en los pasillos, del frío persistente y del nombre que había escuchado casi por casualidad, esperaba que algo más sucediera. Un ruido, una sensación, una señal mínima que confirmara que no estaba exagerando.
Pero nada pasó.
Las clases siguieron su ritmo habitual. Los profesores explicaron contenidos que parecían no tener relación con nada importante. Los estudiantes rieron, se quejaron de tareas, hablaron de exámenes próximos. Incluso Liam estuvo ahí, sentado a unos bancos de distancia, sin mirarla más de lo necesario.
Esa normalidad la inquietaba más que el frío.
Sentía que el silencio estaba cargado, como si algo se hubiera acomodado a su alrededor esperando el momento justo para romperse.
Fue al final de la jornada cuando volvió a sentirlo.
No el frío esta vez, sino una presión suave en la espalda, una sensación clara de no estar sola.
Giró antes de pensarlo.
Ezra estaba detrás de ella.
No supo cómo había llegado ahí. Un segundo antes el pasillo estaba vacío, y al siguiente él ocupaba ese espacio, quieto, con la misma expresión serena que había visto la primera vez.
El ruido del colegio parecía haberse alejado, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
-No deberías estar acá sola -dijo.
Su voz era baja, pero firme. No sonaba amenazante, ni urgente. Era una advertencia dicha sin dramatismo, como quien menciona algo evidente.
Lina sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
-¿Quién sos? -preguntó.
Ezra la observó unos segundos más, como si evaluara si valía la pena responder.
-No importa eso.
-Sí importa -dijo ella, intentando que no se notara el temblor-. Me mirás como si me conocieras.
Él negó apenas con la cabeza.
-No te conozco -respondió-. Pero sé lo que viene.
El pasillo se volvió más frío.
Lina apretó los dedos contra las correas de la mochila.
-¿Qué viene?
Ezra dio un paso hacia atrás, marcando distancia.
-Cuando empieces a reconocer la fecha sin verla, ya va a ser tarde.
El silencio que siguió fue espeso.
-¿Qué fecha? -preguntó ella, aunque la respuesta ya le ardía en el pecho.
Ezra no contestó.
Sus ojos se posaron en ella por última vez, con una mezcla extraña de preocupación y resignación.
-No intentes cambiar lo que todavía no entendés.
Y entonces se dio vuelta y se fue.
No desapareció, no se desvaneció. Caminó por el pasillo con naturalidad y dobló la esquina, como cualquier estudiante más.
Pero el frío quedó.
Lina tardó varios segundos en poder moverse. Cuando finalmente lo hizo, sus piernas temblaban.
Esa noche, la casa de su tía le resultó más silenciosa que de costumbre. El tic tac del reloj del living se escuchaba demasiado fuerte. Las sombras parecían alargarse más de lo normal.
Cenó sin hambre, respondió con monosílabos, subió temprano a su habitación.
•
Se acostó con la luz apagada, mirando el techo.
Intentó convencerse de que Ezra solo había dicho frases sin sentido, que su mente estaba buscando significados donde no los había.
Pero algo dentro suyo sabía que no era así.
El sueño llegó despacio, pesado.
Y cuando cerró los ojos, volvió a caer.
El aula estaba vacía.
Lina reconoció el lugar enseguida, aunque sabía que no era real. Las ventanas dejaban entrar una luz grisácea, inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido.
El reloj colgaba sobre el pizarrón.
Marcaba una hora imposible.
El segundero no se movía, pero aun así ella sentía que el tiempo avanzaba.
Miró sus manos.
La fecha apareció lentamente, como si se escribiera sola sobre su piel. No dolía, pero quemaba desde adentro.
Intentó borrarla, frotarla, taparla.
No desaparecía.
-No es el día -susurró una voz detrás suyo-. Es el momento.
Lina se dio vuelta.
No vio a nadie.
-¿El momento de qué? -preguntó.
El aula empezó a desdibujarse, como si la estuvieran sumergiendo en agua.
-De elegir -respondió la voz.
El reloj comenzó a latir.
No a sonar.
A latir.
Cada pulso coincidía con el suyo.
Cuando despertó, estaba sentada en la cama, jadeando. La habitación estaba oscura, y la casa completamente en silencio.
Miró sus manos de inmediato.
No había nada.
Pero el recuerdo seguía ahí, tan nítido que le costó volver a respirar con normalidad.
Lina se levantó y caminó hasta la ventana.
Corrió apenas la cortina y miró hacia la calle vacía.
Las luces de los postes parpadeaban con lentitud, una a una, como si siguieran un ritmo que ella no podía escuchar.
Entonces lo sintió.
No era frío, tampoco miedo.
Era presencia.
Como si alguien, en algún lugar, hubiera marcado el inicio.
Lina apoyó la frente contra el vidrio.
No sabía cuánto tiempo tenía.
Solo sabía que el reloj ya no estaba contando horas.
Estaba contando decisiones.
Antes de volver a acostarse, Lina miró el reloj de su celular.
02:17.
Lo bloqueó.
Un segundo después, la pantalla volvió a encenderse sola.
02:17.
El número no parpadeaba. No avanzaba.
-Basta... -murmuró, más como súplica que como orden.
Dejó el celular boca abajo sobre la mesa de luz y se metió bajo las sábanas, con el corazón latiéndole demasiado fuerte.
Cuando cerró los ojos, no soñó.
Pero tampoco durmió.
Porque en algún punto de la madrugada, entre la vigilia y el cansancio, tuvo la certeza de que alguien estaba despierto al mismo tiempo que ella.
Esperando.
Ezra había dicho una sola frase.
Y ahora entendía algo que la hizo estremecer.
La fecha no era solo una advertencia.
Era una cuenta regresiva.