Antes de que llegue la fecha

Capítulo 7

Lina empezó a notar a Mila en los detalles pequeños, en esas cosas que no suelen llamar la atención pero que, sin embargo, sostienen los días. No era solo la forma en que le hablaba en el aula o cómo la esperaba antes de entrar, sino esa naturalidad con la que parecía asumir que ahora eran amigas, sin pedir permiso ni explicaciones.

A la mañana, Mila la saludaba como si se conocieran desde siempre.

—¿Dormiste algo mejor hoy? —le preguntó mientras caminaban por el pasillo principal, esquivando alumnos que iban y venían con el ruido típico del comienzo de clases.

—Más o menos —respondió Lina—. Me desperté varias veces.

—Bueno, eso ya es un avance —dijo ella, sonriendo—. Yo si duermo ocho horas seguidas me siento una persona nueva.

Lina sonrió apenas. Le gustaba escucharla hablar, aunque no siempre tuviera ganas de responder. Mila llenaba los silencios sin que pesaran, como si entendiera intuitivamente cuándo era mejor no preguntar demasiado.

Durante la clase de Historia, compartieron el libro porque Lina todavía no tenía el suyo. Mila señalaba las hojas, murmuraba comentarios al margen y se reía sola de cosas que solo ella encontraba graciosas. Lina la observaba de reojo, pensando en lo fácil que parecía todo para ella, como si la vida tuviera una lógica clara que solo algunos lograban entender.

En el recreo se sentaron bajo el árbol del patio, el mismo de siempre. Mila sacó una galletita de su mochila y la partió a la mitad sin siquiera preguntar.

—Tomá —dijo—. Compartir comida genera confianza, lo leí en algún lado. O lo inventé. No estoy segura.

—Gracias —respondió Lina, sorprendida.

—Igual no te preocupes, no soy intensa… bueno, sí, un poco, pero se me pasa.

Lina soltó una risa real, de esas que no se forzan. Y por un momento, apenas un momento, sintió que el nudo constante en el pecho aflojaba.

Hablaron de cosas simples. De profesores estrictos, de materias aburridas, de lo injusto que era tener pruebas sorpresa. Mila contaba anécdotas exagerando gestos y voces, y Lina la escuchaba, agradecida de no tener que explicar nada de sí misma.

—¿Te gusta vivir acá? —preguntó Mila de pronto, como quien lanza una pregunta sin demasiada intención.

Lina dudó.

—Todavía no lo sé —respondió con honestidad—. Es todo muy nuevo.

—Tiene sus cosas —admitió—. A veces es aburrido, pero… se puede respirar. Eso me gusta.

Lina asintió, aunque no estaba segura de sentir lo mismo. Para ella, el aire todavía pesaba, como si cada lugar estuviera cargado de recuerdos que no eran propios.

Mientras Mila hablaba, Lina pensó en su abuela. En cómo se sentaban juntas en la cocina, compartiendo silencios parecidos a ese. En cómo la normalidad podía ser algo tan frágil, tan fácil de romper.

Mila seguía riendo, contando algo sobre una compañera que se había equivocado de aula, y Lina la miraba pensando que esa chica, sin saberlo, se estaba convirtiendo en un ancla. Algo que la mantenía conectada a la superficie, incluso cuando por dentro sentía que se hundía.

Cuando sonó el timbre, Mila se levantó de un salto.

—Vamos, que si llegamos tarde la profe nos mira con cara de “ustedes ya están en la lista negra”.

Caminaron juntas hasta el aula. Lina la siguió, sintiendo ese contraste incómodo entre lo que pasaba afuera y lo que llevaba adentro. Afuera, risas, voces, pasos. Adentro, una inquietud que no se iba.

Porque aunque todo parecía normal, Lina sabía que esa sensación no la abandonaba. Esa certeza muda de que algo la estaba esperando, paciente, invisible.

Y no importaba cuántas veces se riera con Mila.

El vacío seguía ahí.



Esa tarde, al volver a la casa de su tía, Lina dejó la mochila junto a la puerta y se quedó quieta unos segundos, escuchando el silencio. La casa era cálida, ordenada, demasiado prolija, como si todo estuviera siempre en su lugar correcto.

Su tía le preguntó cómo le había ido en el colegio mientras revolvía una olla en la cocina.

—Bien —respondió Lina—. Creo que hice una amiga.

—¿En serio? —dijo ella, girándose con una sonrisa sincera—. Me alegra mucho, corazón.

Lina asintió, aunque no supo cómo explicarle que esa alegría no alcanzaba para tapar lo otro.

Se encerró en su habitación y se dejó caer sobre la cama. Miró el techo largo rato, pensando en las risas del día, en la forma despreocupada de Mila, en cómo hablaba del futuro como si fuera algo garantizado.

Ella no podía hacer eso.

No desde la muerte de su abuela.
No desde la fecha.

Pensó en cómo, incluso en los momentos lindos, algo dentro suyo se mantenía alerta, como si no se permitiera bajar la guardia. No era miedo a morir, lo entendía cada vez con más claridad.

Era miedo a quedarse sola otra vez, a perder a alguien cuando recién empezaba a importarle.

A acostumbrarse y que después todo desapareciera.

Se giró hacia la pared, abrazando la almohada. Por primera vez desde que había llegado a esa ciudad, deseó quedarse. No huir, no encerrarse, no mirar todo desde afuera.

Deseó pertenecer.

Pero el pensamiento vino acompañado de otro, más oscuro, más honesto.

¿Qué pasaba si el destino no se lo permitía?

Esa noche, antes de dormirse, recordó la risa de Mila en el patio, el gesto espontáneo al compartir la galletita, la forma natural en que la había elegido sin saber nada de su historia.

Y eso la hizo sentir algo nuevo.

Una mezcla de alivio y temor.

Porque cuando alguien empieza a importarte, también empieza a doler la posibilidad de perderlo.

Lina cerró los ojos sabiendo que, aunque el mundo siguiera pareciendo normal, algo ya se había movido.

Y esta vez, no estaba segura de poder ignorarlo.



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En el texto hay: romance, secretos, slowburn

Editado: 12.02.2026

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