Antes de que llegue la fecha

Capítulo 8

Lina empezó a notar a Elian incluso cuando intentaba no hacerlo.

No era algo consciente, ni romántico, ni mucho menos deseado. Simplemente… estaba ahí. En el aula, en los pasillos, en el patio. Como una presencia que se colaba sin pedir permiso, del mismo modo en que ciertos pensamientos regresan aunque uno intente empujarlos lejos.

Esa mañana, la profesora de Historia anunció un trabajo grupal.

—Quiero que se junten de a cuatro. Lo van a presentar la semana que viene.

El murmullo fue inmediato. Bancos que se arrastraban, risas, nombres que se llamaban de un lado al otro del aula. Lina giró apenas la cabeza hacia Mila, ya resignada a que trabajarían juntas.

—Obvio que con vos —dijo ella sin dudar—. Después vemos a quién más sumamos.

Lina asintió, agradecida.

Pero antes de que pudiera decir algo más, una voz interrumpió desde atrás.

—Nos falta una.

Lina se tensó incluso antes de darse vuelta.

Elian estaba parado detrás de su banco, con las manos en los bolsillos y esa expresión neutra que nunca dejaba ver del todo qué estaba pensando.

—Ya estamos —respondió Mila rápido.

—Son cuatro —insistió él.

—Entonces buscá otro grupo.

Elian ladeó la cabeza, miró alrededor del aula y volvió a clavar los ojos en Lina.

—La profesora dijo que nadie podía quedar solo. Y yo ya hablé con Tomás y Eric.

Lina frunció el ceño.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—Que vos sos la cuarta.

No fue una pregunta.

—No, no soy.

—Sí, lo sos.

—No me anoté.

—No hacía falta.

Mila abrió la boca, lista para intervenir, pero Lina se le adelantó.

—No tengo ganas de trabajar con vos.

—Tranquila —respondió Elian—. Yo tampoco.

Se miraron unos segundos, tensos, como si ninguno estuviera dispuesto a ceder.

—Perfecto —dijo Lina—. Entonces buscate otra.

—No puedo.

—Ese no es mi problema.

Elian suspiró, como si la paciencia se le estuviera agotando.

—Mirá, no me caés mal…

—Mentira.

—Bueno, no me caés bien, pero tampoco es para hacerlo tan complicado.

—Para mí sí.

La profesora golpeó las manos.

—¿Ya están los grupos?

Elian levantó la mano sin esperar consenso.

—Sí.

Lina lo miró con indignación.

—¿Vos estás loco?

—Después me agradecés.

—Jamás.

Pero ya era tarde.

Terminaron sentados juntos, con hojas en blanco sobre el banco y una incomodidad que se podía cortar en el aire.

Durante los primeros minutos nadie habló.

Mila intentaba romper el silencio haciendo comentarios prácticos, mientras los otros dos chicos discutían el tema. Lina miraba el cuaderno, fingiendo concentración, aunque sentía la presencia de Elian demasiado cerca.

—¿Podés dejar de mover la pierna? —le dijo sin mirarlo.

—¿Podés dejar de suspirar cada dos segundos?

—No estoy suspirando.

—Sí, lo estás.

—No.

—Sí.

Lina levantó la vista.

—¿Siempre sos así de insoportable o es solo conmigo?

Elian la observó unos segundos.

—Solo con vos.

—Qué alivio —respondió irónica.

Pero, contra toda lógica, algo en ese intercambio no la hizo enojar del todo. Era una sensación extraña, una mezcla de fastidio y… atención. Como si cada palabra dicha tuviera más peso del que debería.

Cuando se inclinó para alcanzar una hoja, sus manos se rozaron.

Fue apenas un segundo.

Pero Lina retiró la suya de inmediato, con el corazón latiéndole más rápido de lo normal.

Elian también se quedó quieto.

No dijeron nada.

Siguieron trabajando, aunque algo había cambiado. El aire parecía distinto, más denso, más cargado.

—No muerdo —dijo él al rato.

—No hablaba de eso.

—Claro que sí.

—No todo gira alrededor tuyo.

—Menos mal —respondió—, porque si no sería agotador.

Lina soltó una risa sin querer, corta e inesperada.

Se odió un poco por eso.

Durante el resto de la clase discutieron, se interrumpieron, se llevaron la contra, pero también avanzaron más de lo que Lina habría imaginado. Cuando sonó el timbre, el trabajo estaba casi armado.

—Mañana seguimos —dijo Mila.

Elian asintió.

—Sí. Mañana.

Cuando se levantó, pasó cerca de Lina y murmuró:

—No sos tan terrible como parecés.
Ella lo miró, molesta.

—Vos sí.

Pero mientras él se alejaba, Lina tuvo una certeza incómoda.

Lo que sentía no era solo enojo.

Y eso la ponía en peligro.



El resto del día transcurrió con una normalidad engañosa.

Lina caminó por los pasillos con la sensación constante de que algo se había movido de lugar, como cuando una puerta queda apenas entreabierta y uno no puede dejar de mirarla.

No era que pensara en Elian todo el tiempo.

Era peor.

Pensaba en él sin querer.

En la forma en que la había mirado cuando discutían, en el silencio incómodo después del roce de manos, en esa media sonrisa que parecía aparecer solo para provocarla.

Intentó evitarlo en el recreo. Se quedó con Mila, habló de cualquier cosa, fingió atención. Aun así, cuando levantó la vista, lo vio del otro lado del patio.

Elian no la miraba.

Y, sin embargo, Lina sintió la certeza absurda de que sabía exactamente dónde estaba.

—Te peleaste con él —dijo Mila esa tarde, mientras salían del colegio.

—No fue una pelea.

—Claro que sí.

—Fue… una conversación intensa.

Mila se rió.

—Ajá. Y yo soy la reina de Eldermoor.

Lina negó con la cabeza.

—No me gusta.

—Eso dicen todas —respondió Mila—. Justo antes de que les empiece a importar.

—No me importa.

Pero la frase sonó hueca incluso para ella.

Esa noche, al acostarse, intentó pensar en otra cosa. En su abuela. En la casa de su tía. En la fecha que todavía no entendía.

Pero la imagen de Elian volvía, mezclándose con todo lo demás.



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En el texto hay: romance, secretos, slowburn

Editado: 12.02.2026

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